Vuelve al inicio: repensando nuestro lugar

Un sentimiento común que reconocemos, un lazo invisible que nos une y nos da a entender que sólo somos peces amarrados de la cola a otros peces.

Nona Fernández

I

Los óvulos anticonceptivos disminuyen la probabilidad de embarazo de un 80% a un 90% si se combinan con otros métodos de prevención. Si bien no es una protección comparable a la de un preservativo, durante ocho años había sido un método efectivo para mi madre. Vaya sorpresa que se llevó al percatarse de que se encontraba, una vez más, embarazada. La vida de mi familia en 1986 transitaba un placentero momento de tranquilidad. Mis hermanos abandonaban la infancia para llegar a la pubertad, mi madre perseguía sus proyectos profesionales y mi padre tenía un empleo en el Politécnico que pagaba poco, pero lo hacía feliz. La inesperada noticia de mi madre interrumpiría esa armonía porque, además de las implicaciones obvias de un embarazo no planeado, éste era riesgoso e incluso desaconsejado por los médicos. Pese a todo mal augurio, mi mamá decidió apostar por mí, un “algo” que crecía en sus entrañas contra todo pronóstico.

Nací el Día de los Niños Héroes de 1986. Mi madre y yo apenas resistimos la cesárea. Pasé mis primeras semanas en una incubadora rodeada de médicos que no paraban de recordarles a mis padres todas las posibilidades de que no “saliera adelante”. Y peor aún, auguraban que en caso de sobrevivir tendría graves problemas psicomotrices. Las semanas se convirtieron en meses de preocupación, sin embargo, el tiempo haría evidente que los doctores no atinaban a encontrar ni su estetoscopio, aunque colgara éste de su cuello.

Mi papá dejó su empleo soñado para irse a un lugar donde podría ganar más dinero, mi mamá abandonó su trabajo y mis hermanos vieron invadido su “reino”. Pese a que mi llegada implicó que las atenciones y cariños se tendrían que dividir entre más personas, mis hermanos ansiaban conocerme. Cuando salí del hospital, mi hermano David estaba embelesado con su frágil hermana menor. Me llevaba de arriba abajo con el rostro iluminado por la alegría y el orgullo, un amor documentado en las fotos que se conservan de ese año.

No hay duda de que tuve la fortuna de llegar a un hogar lleno de amor. Mi hermano Rogelio recuerda que mi mamá pasaba las tardes bailando conmigo en brazos, cantándome Niña de agua. ¿Quién si no Patricia Almanza entregaría todo su corazón a una bebé enferma? Esta balada interpretada por Ana Belén dice: “No es que los días no estuvieran llenos/Para la ternura siempre hay tiempo/Ya está el rompecabezas amarrado/Fue la pieza que andábamos buscando”. Así, con esa naturalidad reflejada en la letra de la canción, mi madre me ofreció todo sin reparos.

Por su parte, mi papá salía de trabajar desde muy temprano y regresaba a una hora en la que yo ya estaba preparada para dormir. Empero, cada noche esperaba con las luces apagadas su llegada, espiando la luz que se filtraba por el rellano de la puerta hasta que por fin él entraba sigilosamente para darme las buenas noches y preguntarme: “¿Hasta dónde me quieres? ¿De aquí al cielo?”. “Más”, decía yo. “¿De aquí a la Luna?”, insistía él. “Mucho más”, era mi respuesta. Esta pregunta lanzada varias veces era el pretexto para que juntos imagináramos planetas, galaxias y universos cada vez más lejanos. No sé cuántos minutos dedicaba mi papá a este ritual, sólo sé que para mí era justo lo que necesitaba para dormir cada noche con la seguridad de que él siempre estaría ahí para protegerme.

II

Pese a que el departamento en el que vivíamos era independiente de la casa de mi abuela Cleofas, podíamos disfrutar de las visitas que le hacían los fines de semana mi alegre y cariñosa Tía Lourdes, así como mi Tío David, quien me hipnotizaba con sus historias de viaje a lugares que yo sólo había visto en un globo terráqueo. No obstante, la presencia permanente era la de mi abuela. Tuve el privilegio de pasar tardes enteras en su estudio admirando sus repisas repletas de fotografías, recuerdos y otros tesoros mientras ella pintaba al óleo y miraba de reojo a Bob Ross en la televisión. No recuerdo que habláramos mucho durante esas horas, ni hacía falta, a su manera mi abuela me hacía un huequito en su espacio más querido, aquel en el que bajaba la guardia.

En esos días de niñez tampoco podía faltar mi Tío Sergio, quien pese a tener fama de enojón, jugaba conmigo durante horas y me compartía su amor por los libros y la serie de Arsène Lupin que se transmitía en esos años en la televisión pública. El universo de mi tío no se parecía al de nadie más: su tablero de ajedrez contrastaba con el enorme poster de la despampanante Marilyn Monroe, sus novelas sobre jóvenes rebeldes en Estados Unidos convivían sin problemas con revistas sobre la Unión Soviética, la traducción Reina Valera de la Biblia y uno que otro manual de física. Gracias a él crecería en mí el amor por los idiomas y un asombro no intelectualizado por la música clásica.

La buena fortuna de crecer en una casa llena de vidas, ideas y trayectorias tan disímiles sólo es comparable con la suerte de crecer en La Portales. Acompañar a mi madre a hacer algún mandado conllevaba saludar a los vecinos, detenernos a platicar con el Sr. Marino (el carnicero), Alejandro (el vendedor de frutas) o Carmelita (la señora que vendía huevos). Salir a comprar algo en esas calles era una aventura que bien podía terminar con nosotras sentadas en la sala de la Sra. Celia Cisneros o en la de la Sra. Juanita Sánchez. Esas calles, sentí desde entonces, eran una prolongación del hogar, estaban habitadas por personas que se convirtieron de alguna forma en familia, en parte de mi cotidianidad.

III

La primera comunión, esa sensación de formar parte de algo más grande que uno, fue una revelación que no experimenté ni entonando el himno nacional en el patio de la Primaria “Silvestre Revueltas”, ni tampoco al escuchar los sermones dominicales de la iglesia bautista de Avenida Plutarco Elías Calles. La primera vez que sentí que existía algo así como una familia ampliada, eso que ahora llamo “comunidad”, fue en la posada que organizaron los vecinos Lulú y Paco Guerrero, dueños de la papelería Yuye´s, el 18 de diciembre de 1994.

Ese día las puertas de todas las casas se abrieron de par en par, todos contribuyeron para llevar a cabo la mejor que posada que pueda recordar. Mi hermano David fungió de soldado romano, enfundado en una armadura ingeniosamente construida con pedazos de cartón, bases para pizza y aerosol plateado. Rogelio, mi hermano mayor, tocó con su banda Estigia en la tarima que se montó en la glorieta de la calle Presidentes, un escenario que a mis ojos era majestuoso. Y yo, sin saber cuál fue el proceso de selección, terminé representando a la Virgen María con todo y un burrito de carne y hueso.

Excavando en mi memoria, pienso que esa noche fue en la que descubrí el sentido de la identidad comunitaria, el agradecimiento a los vecinos y un gran amor por La Portales. Si bien en ese entonces tan sólo era una niña con calzoncillos largos decorados con holanes, siempre estaré agradecida con la familia Guerrero y con todas esas personas que sin saberlo forman parte de uno de los momentos más entrañables de mi vida.

IV

Una fracción sustancial de mi infancia la gasté en el asiento trasero del coche que compartían mis hermanos adolescentes. Como su hermana menor, tenían que llevarme con ellos a todos lados y cuidarme cuando mis papás estaban ocupados. Desde mi asiento pasaba desapercibida, los veía crecer sin comprender del todo los cambios que vivían, registrando esas tan distintas formas de ser que más de una vez dieron lugar a trifulcas absurdas. David era estudioso, disciplinado, confiado, el rompecorazones de las cuadras circundantes y un asistente regular del gimnasio Body Motion de la calle Emperadores. Sin duda fue él quien fomentó mi obsesión con el cine. Recuerdo que me llevaba seguido al hoy extinto local de renta de películas que estaba en Municipio Libre y Rumania para que escogiéramos los estrenos que devoraríamos esa semana. Años después descubrí que por esas épocas, en la que David y yo nos alimentábamos de las imágenes contenidas en Beta y VHS, Baz Luhrmann filmó en uno de los puentes elevados de la colonia alguna escena de la película: Romeo + Julieta (1996).

Rogelio, en cambio, era desenfadado, amiguero, creativo, de risa fácil y cariñoso. Con él pasaba el tiempo disfrazándome de Robert Smith, el vocalista de The Cure, o “versionando” la canción Money de Pink Floyd con ayuda de mi maquinita de escribir de juguete y un botecito lleno de monedas. No puedo borrar de mi mente esos ratos en los que mis juegos infantiles se veían interrumpidos por el sonido de su guitarra. La música se escapaba por la ventana de su habitación y mágicamente ponía en pausa el mundo. Más de una vez la belleza de Samba pa ti de Santana me estremeció sin que pudiera entender la razón. Aún ahora cuando escucho esta canción sólo puedo pensar en esa ventana abierta, en la desconcertante hermosura de la música y en el viento que agitaba las buganvilias.

En esa etapa era habitual que todo tipo de personas desfilaran por la casa a todas horas, desde compañeros del CCH o novias de David, hasta la pandilla completa de Rogelio. Entrar a casa y escuchar el rumor de conversaciones juveniles era lo más normal. Habib, Fabián, Alfredo y Rogelio se refugiaban en una bodega al fondo de la casa para ensayar. Su repertorio incluía Another Brick in the Wall o Fascination Street, canciones que, dicho sea de paso, rara vez llevaban a su fin, pues siempre una explosión de carcajadas o una conversación sobre cómo perfeccionar su sonido, los interrumpía. Con la venia de la familia un día cumplieron la fantasía de tocar en la azotea como si de los Beatles se tratase. No tardaron en llegar las patrullas y algún vecino lanzó una botella vacía de colonia Sanborns para acallarlos.

Crecí escuchando la música de mis hermanos, rodeada de sus casetes, posters, plumillas de guitarra, y chicles Clorets olvidados que seguramente usaban para disimular el olor a cigarro. Dadas estas influencias, no es raro que desde pequeña fantaseara con Dave Gahan, Chris Cornell o Eddie Vedder. Sin embargo, esto nada tenía que ver con enamoramiento, simplemente quería vestirme como ellos, tener la libertad de irradiar mis emociones sin tapujos y hablar de eso que me parecía importante. También soñaba con ser como mis hermanos y sus amigos, ansiaba ser joven, tener voz propia, descubrir quién era, trazar mi camino.

V

El inicio del siglo XXI trastocó la economía familiar y cualquier aspiración pequeñoburguesa nos explotó en la cara. Mis padres tragaron orgullo e hicieron de todo para sacarnos adelante. Mientras yo sobrevivía la preparatoria, mis hermanos comenzaron a trabajar y eventualmente se fueron de casa. Cuando entré a la universidad, la vida en casa seguía inestable, creando tensiones y angustias en cada uno de nosotros. Al poco tiempo decidí irme, si no podía apoyar, al menos no quería ser una carga. Aunque en ese momento creía estar huyendo de mi situación familiar, con el tiempo me percaté de que en realidad tan sólo buscaba convertirme en mi propia persona. Irse de casa no es fácil y jamás es lo que esperamos. Demasiado tarde apreciamos lo que brinda el abrigo familiar: una palabra de aliento o algo caliente que comer. Esos fueron años de extraño tránsito para mí, pero esa otra historia no tiene cabida aquí.

Por ahí del 2012, Víctor Hugo (mi pareja) y yo queríamos dejar de deambular la zona de Copilco y Santo Domingo. Después de explorar varios rincones de la ciudad, decidimos instalarnos por el Eje Central Lázaro Cárdenas, a tan sólo unas cuadras de la colonia San Simón Ticumac, el verdadero lugar de origen de Carlos Monsiváis. Cuando regresé a La Portales fue fácil descubrir que tanto la colonia, como yo, habíamos cambiado. La rapiña inmobiliaria, la escasez del agua y gentrificación eran las marcas más notables. El derrumbe de casas antiguas para crear condominios inaccesibles para los propios habitantes de la colonia anunciaba la muerte de los dueños originales y el traslado de su descendencia a otros puntos de la ciudad o del país.

El panorama sonoro también era otro, el canto de canarios y gallos no era tan constante como antes. Pero con alegría descubrí que ese vacío era sustituido por el chirrido de ardillas que se apropiaban aceleradamente de la colonia. Actualmente no hay nada más común que verlas pasearse a todas horas por los cables de luz como si de una autopista aérea se tratase.

Pese a toda metamorfosis, varias cosas permanecen: el árbol atrás del que se escondían mis hermanos al volver de la tiendita, los helados del tianguis de los sábados, la panadería El Miño, las instalaciones de Teléfonos de México, el restaurante Chon Pac, la mercería La Fama, el grupo tropical y de marimba de la avenida Víctor Hugo, así como el rumor de afiladores, vendedores de obleas y de algún atemporal “sereno” que todavía recorre las calles de la colonia.

 Con algo de paciencia se pueden descubrir traviesos guiños de tiempos pasados en las fachadas que conservan piezas de mosaico similares a las de la casa de mis abuelos, en el olvidado poste del DDF (Departamento del Distrito Federal) que se oculta tras las coloridas letras CDMX (síntoma del chocante place branding) instaladas en una esquina del Parque de Los Venados  o en la cafetería de la calle Rumania en cuya fachada aún está grabada la frase “Servicio postal mexicano”, con todo y la distintiva aguilita de aquel tiempo de lo “Hecho en México”.

VI

En un giro inesperado de estos nuevos tiempos, mis hermanos se instalaron en aquel sitio que tanto odiaba mi abuela: Apizaco, Tlaxcala. La capital no les ofrecía ni un mejor trabajo ni era el lugar idóneo para criar a sus hijos. Contaminación, inseguridad, violencia, sobrepoblación, tráfico… varias eran las razones para irse. Esta “diáspora” no es algo exclusivo de mi familia. En las últimas décadas, la Ciudad de México ha dejado de entrañar ese sueño de progreso, bienestar y oportunidades que fue para la generación de mis abuelos. La sobrepoblación, la delincuencia y la falta de empleos dignos o al menos bien pagados, han orillado a muchas personas a tentar suerte en otros puntos del país o inclusive a que se aventuren a probar la vida en el extranjero, ya sea legal o ilegalmente.

Si a principios del siglo XX “irse a la capital” significó para mis abuelos perseguir la fortuna, a principios del XXI abandonarla parece la mejor opción si se quiere mejorar la calidad de vida. Como si, en una extraña jugada, aquella casilla de inicio de nuestros abuelos se convirtiese en la posible casilla final de los nietos. En mi caso, sin cuestionármelo demasiado, imagino mi vejez rodeada de los cerros y volcanes extintos que atestiguaron la dura infancia de mi abuela materna. Hasta creo anhelarlo, como si con esa decisión de vida pusiera fin a la agitada pero espléndida partida de juego que inició con mis abuelos. Más allá de estas u otras ilusiones, lo que sí tengo claro es el agradecimiento infinito que siento por todas aquellas personas que tejieron mi historia familiar, dándome arraigo, pero también libertad.

* Adenda

Estos fragmentos de mi historia familiar se engarzan con la evolución de la colonia Portales. Ésta ha sido testigo silenciosa de nuestra estancia y alberga las marcas que múltiples generaciones hemos dejado. La Portales ha sido nuestro tablero de juego, siempre en movimiento, con reglas cambiantes y nuevos jugadores. Ha sido, y será, el espacio en el que un sinfín de vidas se erosiona, donde una baraja de historias comienza y termina.

Acá dejo la playlist que cierra este personalísimo proyecto sobre La Portales 🎶🎧

Cuando las palabras fallan

Cuando las palabras fallan, la música habla.

H. C. Andersen

I

Una veinteañera en su patineta cantando “El día que me quieras”; un cuarentón caminando diligentemente al ritmo de “Bitter Sweet Symphony”, sintiéndose invencible; un adulto mayor tocando un teclado imaginario mientras en un puesto de periódicos se escucha a todo volumen a The Doors; una mujer a punto de llorar con la cabeza recargada en el vidrio del vagón del metro con sus audífonos desbordados de sonido.

Cada tanto tenemos la suerte de asomarnos al mundo privado de un perfecto desconocido. Muchas veces estos momentos únicos son desatados por alguna melodía que deja a flor de piel sus cuitas e ilusiones. La música nos desinhibe en nuestro trajín diario, hace que olvidemos la mirada escrutadora de quienes nos rodean. La música también tiene el poder de sacudirnos, revelarnos nuestros propios sentimientos y abrir algo en nosotros que ni siquiera sabíamos que estaba ahí. Un par de auriculares y un poco de música es todo lo que se requiere para construir un mundo privado en medio de la muchedumbre.

II

Una de las grandes ventajas de ser la hija menor es que uno agarra más cansados a sus padres y la atención brindada es más escasa a la que goza un primogénito. Esta libertad relativa me sirvió para entregarme de lleno a mi carácter taciturno y, así, gran parte de mi pubertad la pasé recostada en el piso de mi habitación escuchando música. Miraba el techo hasta que llegaba la noche y el único destello era aquel del estéreo. En esa habitación llena de música yo no existía, desaparecía para sólo dejar espacio a la melodía, las voces y a esa vibración que produce el sonido. La música sacudía el polvo de la vida diaria, ponía en pausa el drama familiar y me invitaba a soñar con lo que la vida adulta podría ser.

No sé cómo hubiese sobrevivido mi juventud sin la música. Sin ella hubiese sido tortuoso cruzar ese pasaje de la adolescencia a la adultez, ese lapso insoportablemente lento en el que acariciamos las promesas de libertad, amor y emancipación. Un tramo de la vida en el que nos decepcionamos de los adultos tan sólo para seguir cargando con el peso de sus expectativas. La música es el mejor mecanismo de defensa para todo adolescente, pues ahoga el sonido de aquello que nos afecta y daña.

II

Quienes crecimos en un mundo sin internet experimentamos una forma distinta, ni mejor ni peor, de escuchar música. Teníamos que cazar en la radio las canciones que nos gustaban para grabarlas en un casete con todo y anuncios o comentarios anodinos del locutor en turno. Si acaso teníamos la fortuna de ser dueños de casetes o discos, los escuchábamos completos, una y otra vez.

En tiempos de música on demand echo de menos esa costumbre, o mejor dicho, ese ritual de sentarse a escuchar los álbumes de un jalón. Poner sólo los éxitos o sencillos era para mi yo adolescente una falta de respeto a la lógica con la que se había estructurado el disco. Era imperativo escuchar en orden las canciones, hipotetizar sobre las razones por la que una iba antes o después de otra, descifrar los cambios de humor en la banda o solista, buscar pistas ocultas en las imágenes de las portadas, estudiar la tipografía usada y memorizar las letras sin importar mis escasos conocimientos del inglés.

Todos los discos, buenos, malos y pésimos que escuché durante mi pubertad, me los sé al dedillo. Las letras, el orden de las canciones, los colores de la portada, las disqueras, los años de lanzamiento. Son parte de mí, y aunque muchos ya no los escucho, los recuerdo con cariño porque me permitieron expresar emociones cuando sentía que no tenía voz, me dieron esperanza y la llave de un refugio propio. Gracias Chris Cornell, Korn, Alanis Morrissette, The Cranberries, Zurdok Movimiento, Jumbo, The Wallflowers, Blur, Oasis, The Beatles, Eagle-Eye Cherry y Elvis.

III

La música es un gatillo, desencadena emociones, golpea con sus letras o melodías, evoca recuerdos, lugares, personas y momentos específicos de nuestra vida. Las canciones no actúan únicamente como música, son también signos de memoria y sentimientos. “La música es la abreviatura de la emoción”, escribió Tolstoi.

Ira, euforia, abandono, amor, dolor, enamoramiento, nostalgia, deseo, desengaño, alegría… La música está ahí para ayudarnos cuando se nos agotan las palabras, cuando la capacidad de expresarnos llega a su límite. De ahí la utilidad de las serenatas, las “dedicatorias” o la artesanal hechura de una lista de canciones (ya sea digital, cd o casete). No hay nada más íntimo que compartir la música que nos gusta, es un gesto de fraternidad, confianza y amor. La música nos conmueve y conecta, con nosotros mismos y con los demás, sin importar si estamos en un estadio, en un mercado comiendo quesadillas o en un deprimente bar de Sanborns.

IV

Hasta el día de hoy uso la música como armadura. Ésta sigue conservando su belleza terapéutica. Me centra, une las piezas que están fuera de lugar, me deshace para más tarde volverme a unir. En este sentido poco he cambiado, sigo tumbándome en el piso para escuchar música. Aunque a mis 35 años se han hecho imprescindibles los audífonos (por aquello de no perturbar a los vecinos), así como una almohadita para no lastimarme las lumbares y terminar en el quiropráctico.

Acá dejo una playlist de algunas canciones que traía en la mente mientras escribía estas notas:

El peligro de estar vivos

I

Me enamoré de Sixto Rodríguez hace casi una década. Como muchas otras personas, descubrí a este músico de ascendencia mexicana gracias al documental Sugar Man (2012). Rodríguez rozó la fama a finales de la década de 1970, época en la que firmó un contrato con la legendaria disquera Motown y realizó un par de giras internacionales. Sin embargo, su éxito fue pasajero y al poco tiempo volvió a su trabajo de obrero en Detroit, esa ciudad de ruinas industriales y cuna de leyendas del rock.

Su desaparición de los escenarios lo convirtió en un mito y por muchos años sus seguidores lo dieron por muerto. La realidad ciertamente era más pedestre, Rodríguez simplemente volvió a trabajar en la construcción, eso sí, sin abandonar una elegancia que nada tenía que ver con la clase social o la riqueza. Su garbo estaba ligado más bien a la esencia del creador, esa cosa indefinible que tienen unos pocos que no necesitan estudiar para hacer obras de arte. Se cuenta que entre sus peculiaridades estaba vestir un traje negro a la Johnny Cash durante sus jornadas como albañil.

Sixto Rodríguez tuvo la habilidad de escuchar las historias que otros pobres diablos como él le contaban. Empatizaba con ellos, los comprendía e intentaba dotar sus vidas de algo de belleza cotidiana. Política, sexo, drogas, amor y precariedad son temas que habitan sus letras, pero siempre están expresados desde la mirada de una persona común y corriente. Quizás esa sea una de sus más grandes virtudes. Rodríguez fue un compositor capaz de conectar emocionalmente con un amplio público y cuyo talento no palidecía frente a un Dylan, un Cohen o un Cave.

Mi atracción por Rodríguez aumentó cuando escuché sus grabaciones en vivo. Los preámbulos a las canciones son inteligentes y un tanto sardónicos. En especial me gustan las palabras que anteceden la interpretación en vivo de una canción menor titulada “I´m Gonna Live Till I Die”. Allí, Rodríguez suelta las siguientes perlas:

Old? I´m not old… I´m ancient.

Aged? There´s only one age. Either you´re alive or you´re not.

I´m not getting old… I´m getting dead.

Desde la primera vez que escuché este preludio trágico-cómico algo hizo eco en mí. Fue uno de esos rarísimos momentos en los que escuchamos en boca de alguien más una idea que nunca habíamos logrado enunciar nosotros mismos. Como si ese pensamiento recurrente sólo pudiera articularse en voz de otro. Las palabras de Rodríguez permitieron que una intuición latente en mí desde hace años cobrara forma. Comprendí, gracias a él, mi propia manera de experimentar el paso del tiempo y esa lenta dosis de muerte que implica vivir.

II

Desde sus orígenes la especie humana ha temido el envejecimiento y la muerte. Dicha preocupación se ha entrecruzado con las búsquedas del más allá y del sentido de la vida. La obsesión con frenar el paso del tiempo nos ha llevado a soñar con fuentes de la juventud, santos griales y resurrecciones. Se sabe que en la China antigua la ingesta del jade era una práctica común para preservar la juventud y famosos son los los baños de leche de Cleopatra o la sangre de jóvenes vírgenes a la que Erzsébet Báthory recurría para conservar su belleza. Hoy nuestros elíxires van desde el ácido hialurónico, pasando por las arcillas del Mar Muerto hasta llegar a la toxina botulínica. Tal parece que a los humanos nos asustan en igual medida la muerte y el envejecimiento.

En lo personal no tengo problemas con envejecer. Considero que el paso del tiempo es una forma de acercarse a nuevas posibilidades y experiencias. Imagino la aparición inminente de canas como una oportunidad para experimentar con tinturas y colores. Y las arrugas no son amenazantes si las pensamos como un sello de nuestras emociones más recurrentes: alegría, miedo, enojo, tristeza. Por su parte, la delgadez, la gordura, la firmeza o su ausencia, así como ese limbo que se conoce como “embarnecimiento” son fases inevitables, así como oportunidades de “vestir” distintos cuerpos a lo largo de la vida. En nuestro afán de permanecer siempre igual o ser siempre nuestra “mejor” versión, no nos percatamos de lo aburrido de ser sólo uno, el mismo, con la misma forma.

Con lo que sí tengo problema es con no llegar a vieja, morir antes pues. En un país como México tan violento e inseguro envejecer se vuelve cada vez más en una proeza. Pero más allá de los miedos colectivos de la época que me ha tocado vivir, desde pequeña he sido susceptible a los susurros del tiempo, la enfermedad y la muerte. Mi historia, incluso desde el recuento que han hecho los otros de mi paso por el útero materno, ha estado llena de recordatorios sobre la fragilidad de la vida y la lucha perpetua contra la muerte. Hemorragias, defectos corporales, órganos deficientes y los típicos accidentes de infancia me convirtieron en una adulta extremadamente sensible a la impronta que deja existir en cada uno de nosotros.

Con el tiempo he aprendido a aceptar mi inescapable vulnerabilidad. La conciencia de que la vida ineludiblemente lleva a la muerte es como una discreta ola de mar ante la cual moverse es inútil. Quedarse quieto, dejarse envolver y aceptar su áspera caricia parece la mejor opción, cualquier intento de escape sólo nos hunde en la arena y paraliza. Lo negativo, la muerte, la enfermedad es parte de nosotros. No es algo que llega o nos invade. No es un enemigo externo, es nuestro cuerpo fallando, conjurando contra nosotros mismos, envejeciendo, quemando etapas. Somos nuestra propia bomba de tiempo, aunque no nos guste recordarlo.

 Quizás para acabar con una nota más alegre, complementaría las sabias palabras de Sixto Rodríguez con las de otro cantautor clave en mi educación sentimental. En una de sus mejores canciones, Fito Paez, arroja lo siguiente:

Si alguna vez me cruzas por la calle

Regálame tu beso y no te aflijas

Si ves que estoy pensando en otra cosa

No es nada malo, es que pasó una brisa

La brisa de la muerte enamorada

Que ronda como un ángel asesino

Mas no te asustes, siempre se me pasa

Es sólo la intuición de mi destino.