Cuando las palabras fallan

Cuando las palabras fallan, la música habla.

H. C. Andersen

I

Una veinteañera en su patineta cantando “El día que me quieras”; un cuarentón caminando diligentemente al ritmo de “Bitter Sweet Symphony”, sintiéndose invencible; un adulto mayor tocando un teclado imaginario mientras en un puesto de periódicos se escucha a todo volumen a The Doors; una mujer a punto de llorar con la cabeza recargada en el vidrio del vagón del metro con sus audífonos desbordados de sonido.

Cada tanto tenemos la suerte de asomarnos al mundo privado de un perfecto desconocido. Muchas veces estos momentos únicos son desatados por alguna melodía que deja a flor de piel sus cuitas e ilusiones. La música nos desinhibe en nuestro trajín diario, hace que olvidemos la mirada escrutadora de quienes nos rodean. La música también tiene el poder de sacudirnos, revelarnos nuestros propios sentimientos y abrir algo en nosotros que ni siquiera sabíamos que estaba ahí. Un par de auriculares y un poco de música es todo lo que se requiere para construir un mundo privado en medio de la muchedumbre.

II

Una de las grandes ventajas de ser la hija menor es que uno agarra más cansados a sus padres y la atención brindada es más escasa a la que goza un primogénito. Esta libertad relativa me sirvió para entregarme de lleno a mi carácter taciturno y, así, gran parte de mi pubertad la pasé recostada en el piso de mi habitación escuchando música. Miraba el techo hasta que llegaba la noche y el único destello era aquel del estéreo. En esa habitación llena de música yo no existía, desaparecía para sólo dejar espacio a la melodía, las voces y a esa vibración que produce el sonido. La música sacudía el polvo de la vida diaria, ponía en pausa el drama familiar y me invitaba a soñar con lo que la vida adulta podría ser.

No sé cómo hubiese sobrevivido mi juventud sin la música. Sin ella hubiese sido tortuoso cruzar ese pasaje de la adolescencia a la adultez, ese lapso insoportablemente lento en el que acariciamos las promesas de libertad, amor y emancipación. Un tramo de la vida en el que nos decepcionamos de los adultos tan sólo para seguir cargando con el peso de sus expectativas. La música es el mejor mecanismo de defensa para todo adolescente, pues ahoga el sonido de aquello que nos afecta y daña.

II

Quienes crecimos en un mundo sin internet experimentamos una forma distinta, ni mejor ni peor, de escuchar música. Teníamos que cazar en la radio las canciones que nos gustaban para grabarlas en un casete con todo y anuncios o comentarios anodinos del locutor en turno. Si acaso teníamos la fortuna de ser dueños de casetes o discos, los escuchábamos completos, una y otra vez.

En tiempos de música on demand echo de menos esa costumbre, o mejor dicho, ese ritual de sentarse a escuchar los álbumes de un jalón. Poner sólo los éxitos o sencillos era para mi yo adolescente una falta de respeto a la lógica con la que se había estructurado el disco. Era imperativo escuchar en orden las canciones, hipotetizar sobre las razones por la que una iba antes o después de otra, descifrar los cambios de humor en la banda o solista, buscar pistas ocultas en las imágenes de las portadas, estudiar la tipografía usada y memorizar las letras sin importar mis escasos conocimientos del inglés.

Todos los discos, buenos, malos y pésimos que escuché durante mi pubertad, me los sé al dedillo. Las letras, el orden de las canciones, los colores de la portada, las disqueras, los años de lanzamiento. Son parte de mí, y aunque muchos ya no los escucho, los recuerdo con cariño porque me permitieron expresar emociones cuando sentía que no tenía voz, me dieron esperanza y la llave de un refugio propio. Gracias Chris Cornell, Korn, Alanis Morrissette, The Cranberries, Zurdok Movimiento, Jumbo, The Wallflowers, Blur, Oasis, The Beatles, Eagle-Eye Cherry y Elvis.

III

La música es un gatillo, desencadena emociones, golpea con sus letras o melodías, evoca recuerdos, lugares, personas y momentos específicos de nuestra vida. Las canciones no actúan únicamente como música, son también signos de memoria y sentimientos. “La música es la abreviatura de la emoción”, escribió Tolstoi.

Ira, euforia, abandono, amor, dolor, enamoramiento, nostalgia, deseo, desengaño, alegría… La música está ahí para ayudarnos cuando se nos agotan las palabras, cuando la capacidad de expresarnos llega a su límite. De ahí la utilidad de las serenatas, las “dedicatorias” o la artesanal hechura de una lista de canciones (ya sea digital, cd o casete). No hay nada más íntimo que compartir la música que nos gusta, es un gesto de fraternidad, confianza y amor. La música nos conmueve y conecta, con nosotros mismos y con los demás, sin importar si estamos en un estadio, en un mercado comiendo quesadillas o en un deprimente bar de Sanborns.

IV

Hasta el día de hoy uso la música como armadura. Ésta sigue conservando su belleza terapéutica. Me centra, une las piezas que están fuera de lugar, me deshace para más tarde volverme a unir. En este sentido poco he cambiado, sigo tumbándome en el piso para escuchar música. Aunque a mis 35 años se han hecho imprescindibles los audífonos (por aquello de no perturbar a los vecinos), así como una almohadita para no lastimarme las lumbares y terminar en el quiropráctico.

Acá dejo una playlist de algunas canciones que traía en la mente mientras escribía estas notas:

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