El peligro de estar vivos II. Instrucciones para sobrevivir en México

No sabía que a una mujer podían matarla por el sólo hecho de ser mujer,

pero había escuchado historias que, con el tiempo, fui hilvanando.

Selva Almada

I.

Hace tiempo el historiador Jean Delumeau escribió que las colectividades y las civilizaciones mismas están embarcadas en un diálogo permanente con el miedo. Y dicho miedo se conforma por una dimensión individual y una colectiva. Los miedos personales que parecerían apelar sólo a nuestra experiencia se engarzan de formas insospechadas con temores compartidos por generaciones, poblaciones específicas o géneros.

Es quizás en la infancia cuando comenzamos a crear nuestro repertorio de miedos, ya sea esto por vivencias propias, rumores o relatos adultos destinados a servir de advertencia. Buena parte de los miedos infantiles habitan el espacio de lo fantástico, pero también absorbemos, sin desearlo, los miedos que a los adultos se les escapan en esas charlas no aptas para niños. De aquella mezcla de imaginación, vivencias y el mundo adulto estaban hechas mis pesadillas de la infancia:

·         El “mochaorejas”

·         La lluvia radioactiva

·         Los ovnis

·         Los judiciales

·         La crisis y el “nuevo peso”

·         Las jeringas “infectadas” abandonadas en los cines

·         El SIDA, la salmonelosis y el ébola

·         Los temblores

·         Los “narcosatánicos”

·         Mi reflejo en el espejo durante la noche

·         La mirada acusadora y acosadora de Dios

·         Canciones que tocadas al revés tenían mensajes ocultos

A tan corta edad el sentido de los miedos se nos escapa, pero más indescifrables son aquellos que nos inculcan: “No mires a esa persona”, “Evita hablar con tal o cual”, “No dejes que nadie te toque”, “Avisa si te hacen algo raro”, “Cuidado con los señores”. Como niña, todas estas advertencias son bastante confusas. Queda claro que hay que cuidarse de los hombres en la calle, en la casa, en la escuela. Pero toda esa armadura protectora se viene abajo cuando se nos obliga a sonreír a todo extraño o a recibir sin queja alguna el beso de ese tío que te deja la mejilla con restos de pegajosa saliva. Se nos impulsa a desarrollar un sexto sentido contra algo que no logramos entender en la infancia. ¿Cómo nos protege del “mal” sentarnos de cierta manera? ¿Cómo evitamos algo terrible cruzando las piernas o agachándonos “como señoritas”?

Desde muy pronto el mundo adulto nos hace sentir que hay algo en nosotras mismas que nos pone en riesgo. Sin querer podemos provocar la violencia y atención inadecuada de “alguien”. Todas estas extrañas indicaciones comienzan a tener pleno sentido para las mujeres por ahí de la secundaria. La atención indeseada de los hombres, burda y directa, nos aborda de lleno. Hasta la fecha me parece un enigma por qué los hombres, mucho más que las mujeres, tienen esa necesidad de ser vistos, de que alguien atestigüe su paso por el mundo. Más que una muestra de confianza o seguridad, se me antoja una debilidad de carácter, un asfixiante deseo infantil.

A pesar de todas las malas experiencias que como todas he vivido, durante la adolescencia y parte de mi juventud me sentí segura, con el derecho a defenderme ante el acoso masculino. Quienes me conocen, saben que tengo el vocabulario amplio y florido de un camionero sexagenario. Y nunca tuve miedo de hacer uso de él para defenderme. Sarcasmo, groserías, “cortes de manga” y, mi favorito, “la pintada de dedo” fueron durante años mis armas contra el acoso. Di cachetadas, patadas e incluso una vez le lancé un café caliente a un tipo que me molestó camino a la prepa. No obstante el acoso, en ese momento de mi vida no me sentía como si tuviese una diana en la espalda por el simple hecho de ser mujer. Todo parecía simple: defenderse y no “exponerse”.

Hoy las cosas son diferentes. Estamos más conscientes de la violencia de género y estamos más desprotegidas. Tenemos más herramientas para luchar contra el acoso, pero la violencia se intensifica y multiplica.

II.

Tengo una amiga que cada tanto me aconseja cambiar mi forma de vestir. Desde su punto de vista, debería de vestirme para el trabajo que quiero. Básicamente, me dice que me arregle un poco más, que cambie los tenis por zapatos de tacón, que use vestidos y así. El comentario me da algo de bronca a varios niveles. De entrada, no sé qué tipo de trabajo imagina que quiero tener. Pero procuro no engancharme con el tema y asiento con una sonrisa. Lo cierto es que no deseo detenerme a contarle por qué me visto cómo me visto. La verdad, también sea dicha, es que prefiero conservar para mí lo que no quiero recordar. En gran medida me avergüenza que me defina algo que pasó hace ¿10 años? ¿Más años o menos? Ni siquiera eso tengo claro, no quiero pensar.

Es difícil vivir en un país como México y no entrar alguna vez en la categoría de víctimas de alguna de las numerosas violencias que nos rodean. La violencia nos ha arañado a nosotros mismos o ha alcanzado a un ser querido. Independientemente del tipo de violencia que nos toque, ésta siempre deja marca. Y lo peor es que después de la violencia muchas veces llega el remordimiento, la sensación de que pudimos reaccionar con más inteligencia, que pudimos haberlo prevenido, que algún paso en falso nos puso en esa situación. Tampoco falta quien nos diga qué hubiera hecho distinto en nuestro lugar.

Cada quien convive como puede con la violencia y con la sombra que deja en cada uno. Hay algunos cuyos cuerpos los traicionan y desarrollan enfermedades (hipertensión, diabetes, depresión). Otros llevan marcas más imperceptibles, las notamos en su cuerpo, en su manera de caminar por las calles, en el sobresalto inexplicable ante el roce de un extraño, en la contracción del cuerpo ante algo que desate el miedo, en el constante estado de alerta.

En mi caso, nuevos miedos brotaron como de una fuente inagotable. Temores irracionales se multiplicaron de golpe. Empecé a tener miedo a las alturas, dejé de manejar, me hice hermética y rutinaria, empecé a llevar siempre identificación y floreció en mí el trastorno obsesivo-compulsivo. Incluso, cosas tan banales como el calzado adquirieron un sentido totalmente nuevo: ¿serán estos tenis lo suficientemente cómodos para correr si necesito huir de alguien? ¿Podré patear a alguien con estas botas?

III.

Jorge Ibargüengoitia desde finales de los 60 tuvo una columna en el periódico Excélsior que sería la materia prima para el conocido libro Instrucciones para vivir en México. Entre sátiras, reflexiones y tipificaciones, Ibargüengoitia cuenta, desde su experiencia, lo que es vivir en México. En 2019, escritores como Tedi López Mills, Antonio Ortuño, Yuri Herrera y muchos otros se dieron a la tarea de actualizar el proyecto de Ibargüengoitia y publicaron las Nuevas instrucciones para vivir en México. Una de las grandes interrogantes que se detecta en este esfuerzo de renovación es: ¿todavía podemos satirizar y encontrarle un lado humorístico a la violencia en México?

Durante años pensé que la capital mexicana era la mejor escuela para la vida. Sobrevivirla, esquivar sus amenazas diarias e incontables, me parecían un legado no reconocido. ¿Qué miedo nos podría causar viajar al extranjero si usamos diariamente el transporte público chilango? ¿Qué carterista o ladrón de cualquier lugar del mundo nos podría amenazar si en muchas de nuestras interacciones con extraños no sabemos si nos van a asaltar o a vender algo? Pero hoy, cuando te pueden disparar para robarte una mochila con libros o un celular de tres mil pesos, me gustaría que esta ciudad, este país en general, nos preparara menos para la violencia.

Tomar foto de cómo vas vestida antes de salir de casa, compartir tu ubicación en tiempo real, escoger el asiento en el que es más difícil que te manoseen, usar ropa holgada en el transporte público para que no te acosen, ubicar “los senderos seguros”, sacar foto de tus tatuajes o señas particulares para que te encuentren (por si acaso). Desgraciadamente hoy son las mujeres las que se encargan de difundir las instrucciones para sobrevivir en este país. Compartimos nuestras experiencias y consejos con las más jóvenes para que intenten estar más seguras, nos preocupamos por ellas. El paso de toda esta “sabiduría” deja un muy mal sabor de boca. En el fondo sabemos que esto es sólo un paliativo, es demasiado poco lo que a nivel individual puede prevenirse cuando las raíces de la violencia de género son profundas y se aferran a cada recoveco de la sociedad.

IV.

Muchas hemos compartido un café y esa charla en la cocina de alguna de las mujeres de nuestra familia. De manera inesperada la tarde se convierte en un recuento de los agravios sufridos por todas: humillaciones, violaciones, acosos, incesto, golpizas. Estos relatos incluyen a las mujeres de hoy y a las de antes porque la violencia contra las mujeres es ancestral. Sólo ahora empezamos a encontrar las palabras para nombrarla y denunciarla. ¿Será que el miedo colectivo que nos roba la tranquilidad actualmente es la violencia de género? ¿Que sea fácil que nos maten por ser mujeres? ¿Y que de algún modo se diga que fue nuestra culpa?

Es mucho lo que se puede hacer colectivamente, las madres buscadoras y los colectivos feministas son prueba de ello. También sería útil preguntarnos qué podemos hacer a un nivel individual. ¿Participamos de alguna manera de este fenómeno con silencios o complicidades? ¿Condenamos los feminicidios, pero toleramos la violencia doméstica dentro de nuestra propia familia? ¿Sexualizamos la infancia? ¿Reproducimos formas nocivas de la masculinidad? ¿Nos reímos ante el chiste misógino? ¿Repartimos inequitativamente las responsabilidades en la casa? ¿Reforzamos estereotipos tradicionales de la mujer y del hombre? ¿Normalizamos el acoso? Las raíces de la violencia contra las mujeres son extensas y pasan por temas como la sexualidad, las masculinidades, la desigualdad, la impartición de la justicia, la salud reproductiva, las leyes, la corrupción, la religión, las autoridades, el crimen organizado y la familia. Libramos una batalla en dos frentes: el colectivo y el individual. Y si no tomamos acción en estos dos sentidos, las mujeres, en especial las más jóvenes, seguirán sobreviviendo en lugar de vivir.

Arte y Rebeldía. Del astigmatismo al impresionismo

Hay un cuento que he querido rastrear desde hace tiempo, pero no recuerdo ni su título ni quién lo escribió. Quedé prendada de él porque el dilema del protagonista parecía mío. El personaje principal, al igual que yo, no usaba lentes a pesar del astigmatismo. La vida de este hombre era monótona pero disfrutable. Amaba ver la ciudad sumida en esa bruma creada por su mala visión. Sin embargo, un día esta felicidad moderada se trastoca cuando conoce a una hermosa e interesante joven. Charlan, coquetean, se enamoran. Para él, la mujer es perfecta pero una duda lo carcome. ¿Acaso un par de lentes graduados podría potenciar la belleza de su amada? Movido por la ilusión se manda a hacer un par de gafas. Los lectores intuimos que el experimento saldrá mal y no tardamos en comprobarlo. La versión nítida de su enamorada no se compara en nada a la imagen borrosa pero idílica que tenía de ella. La hermosura de la joven es indudable, pero cuando la mira siente que no la conoce, sus gestos le resultan ajenos, su mirada lo desconcierta. La devoción amorosa merma rápidamente. Tampoco le gustará el reflejo fiel que le devuelve el espejo. Le parece que mira a un perfecto extraño con otra piel, otros ojos y otra sonrisa. Sumido en esta desgracia autoinfligida, el hombre se lanza a recorrer la ciudad buscando algo de consuelo. Sin embargo, atraviesa las calles sólo para descubrir que éstas se muestran tal cual son. Sin el filtro del astigmatismo que las reinvente. Todo lo que amaba de su pareja, de sí mismo y del mundo se esfuma al poder verlo claramente. Ante este desastre, el protagonista destruye sus lentes para devolverle a su vida esa pátina que todo lo emborrona.

No me podría ser más familiar la reacción de este joven ante un mundo empobrecido por la nitidez. Me identifico con el personaje porque también creo que usar lentes disminuye mi capacidad de disfrutar lo que me rodea. ¿Cómo explicar el encanto que tiene ver el mundo ligeramente distorsionado? Para empezar, hablaría de tres efectos positivos que tiene en mi experiencia el astigmatismo:

1) No ver bien las cosas que están lejos mientras caminas cansa y, por ello, lo recomendable es bajar la mirada cada tanto para apreciar cosas más próximas. Gracias a esta atención a lo más inmediato uno descubre detalles insignificantes, pero con cierto atractivo: una hoja de árbol que descansa sobre el concreto, el detalle insólito de alguna casa o la textura de la grava. Todas estas pequeñas cosas disparan la imaginación. He llegado incluso a fantasear con que son mensajes que deja la ciudad para que yo los descifre.

2) La magia sucede cuando el ojo abandona la claridad de lo cercano para enriquecer con una niebla todo lo que está a una distancia intermedia. Objetos pedestres como una bolsa de plástico abandonada en la calle se transforman, gracias al astigmatismo, en un sinfín de cosas. Puede ser un gato, una roca, un bolso o, mejor aún, algo inescrutable. Obviamente, las posibilidades del objeto se reducen con cada paso que se toma hacia él y al tenerlo de frente se revela su decepcionante realidad. Este juego de imaginación es todavía más extremo cuando se trata de distinguir personas. Gracias a la mala visión, uno nunca tiene la certeza de haber saludado a lo lejos a un familiar o a un perfecto desconocido.

3) Finalmente, observar el horizonte es la experiencia que más se ve favorecida por el astigmatismo. Después de unos tres o cuatro metros, toda imagen se torna difusa y etérea. De día, se puede alzar la mirada y gozar del manchón azulado del cielo. La bruma del astigmatismo hace que la maraña de cables de luz se confunda con las ramas de los árboles. De noche, hasta el más lánguido destello de luz parece explorar y expandirse horizontalmente en un halo infinito.

Ese puñado de imágenes desenfocadas enaltece nuestra experiencia del mundo, permitiéndonos escapar momentáneamente de la realidad. No faltará quien piense que esta actitud es una pueril evasión. ¿Pero acaso no fue ésta la misma estrategia que utilizó el impresionismo?

La vanguardia impresionista tiene como obra fundacional el cuadro “Impresión, sol naciente” de Claude Monet. Este amanecer pintado a finales del siglo XIX para nada retrata el Puerto de Havre tal y como era. En todo caso, pareciera que el buen Monet tenía serios problemas de visión o estaba un poco ebrio cuando lo pintó. Sin embargo, esas formas contrahechas atravesadas por luz son el encanto mismo del impresionismo. Mirar sin precisión el puerto lo embellece, le da un aire enigmático.

 El juego de luces, la disposición de colores y la inespecificidad de lo que se ve en el cuadro de Monet no fue un ejercicio banal, sino una reacción a la angustia social que crecía conforme se acercaba el siglo XX. La mirada nebulosa del impresionismo bañó de luminiscencia la existencia humana y sirvió de bálsamo en una época de profundo cambio social. Van Gogh incluso pensaba que a través de su obra podría consolar a los pobres, a los analfabetos y a los demás miserables de la sociedad industrial. Por ejemplo, redimió a los sembradores cuando retrató sus monótonas faenas de tal manera que representasen el milagro mismo de la fertilidad, de la inseminación del mundo. Hasta el día de hoy la obra de Van Gogh sigue reconfortándonos. Su mirada distorsionada del mundo sigue suavizando la aspereza de la vida. Conforta a los multimillonarios que admiran los originales en sus colecciones privadas, así como a los más pobres que tienen en su hogar una desgastada reproducción de “La noche estrellada” o “Los girasoles”.

Me gustaría pensar que una visión nublada de lo que nos rodea no sólo es un escape, sino también un estímulo para la imaginación, la esperanza y, por qué no, hasta para la rebeldía. No limitarse a la experiencia de lo existente como hizo el impresionismo, ciertamente es una forma de evasión de una realidad aplastante. Pero esa evasión tiene origen en un rechazo a la imperfección del mundo. Se podría pensar que esta huida a través del arte es un síntoma de nihilismo, y sí, algo hay de ello. Pero también debemos recordar que el arte no es una simple fuga, sino un momento de retirada, partiendo de la decepción de lo real, para imaginar un mundo mejor. En mi experiencia observar el mundo un poco difuminado sirve para no conformarse, para rebelarse ante la realidad y ampliar los límites de lo que creemos posible.

¿Por qué letraherida?

Pronto fue un letraherido, enfermo de literatura,

poseído por la pasión de escribir como enfermedad

y locura sin otro remedio que la escritura misma.

Ángel Basanta

Hace unos años una persona muy querida me preguntó por mis planes a futuro. Recién acababa de cerrar un tortuoso ciclo académico y mi interlocutor se preocupaba porque estuviese harta de pasar mis días con la nariz enterrada entre libros. Respondí su pregunta con mi característico tono, entre eufórico y nervioso, y le hablé de mis lecturas, de cómo éstas generaban obsesiones e inspiraban proyectos. Cuando por fin hice una pausa para escuchar a quien estaba conmigo, éste sólo sonrió y me dijo: “eres una letraherida”. La palabreja me confundió. “¿Letraherida? ¿Qué es eso? Me han llamado de todo, pero nunca así”– pensé. Ante mi desconcierto, llegó la siguiente explicación:

“Letraherida” proviene de “lletraferit”, un antiguo catalanismo usado para referirse a una persona apasionada de los libros. Aunque esta palabra puede utilizarse despectivamente como símil de “sabiondo” o “esnob”, su connotación más generosa es la que hace pensar en un “enfermo de literatura” que no puede parar de leer o escribir.

Al llegar a casa me puse a investigar más sobre el significado de “letraherida”. Me emocionó descubrir que la palabra tiene un antecedente en los célebres ensayos de Montaigne. Para el padre del ensayo, un “letraherido” era un individuo al que las letras le habían asestado un martillazo. Descubrir esta imagen creada por Montaigne me sirvió para reconocer que, en efecto, la literatura, al igual que la música y el cine, ha sido para mí un martillazo en la cabeza. Y la fuerza contenida en ese golpe me ha servido de guardagujas para construir mi vida. Así pues, desde aquella tarde he atesorado el cariñoso mote de “letraherida”, a pesar de que últimamente he dejado de escribir por placer.

Se podría decir que mi reticencia a escribir por gusto tiene una larga historia. Se alimentó por primera vez del miedo adolescente de que mis pensamientos más íntimos quedaran expuestos a la mirada enjuiciadora de los otros. En mi adolescencia, como suele sucedernos a todos, cualquier escrito furibundo o melancólico descubierto por alguna figura de autoridad era una señal de alarma. Y este “foco rojo” ameritaba una larga y confusa charla sobre mi estado mental. No tardé en descubrir el poder de la palabra escrita; en este caso, de la mía. Simultáneamente, advertí la ingrata huella que deja el hecho de que tus palabras sean malinterpretadas. Por tanto, ante el riesgo que conllevaba plasmar en papel mis pensamientos, decidí ensayar textos en mi mente y así no dejar rastro alguno. Ya sé, suena raro eso de escribir en la mente, pero todas las personas lo hacemos. Es como cuando repasamos la lista del súper en nuestra cabeza o cuando imaginamos una conversación con alguien que no está ahí.

Con el tiempo me he vuelto muy hábil para esbozar textos en mi cabeza sin necesidad de papel o computadora. El proceso es algo así: imagino la estructura del texto en la regadera, defino el tema mientras me maquillo, descarto líneas al tomar café, reescribo durante mis caminatas y, cuando por fin estoy satisfecha, “archivo” el texto. Si lo “escrito” es de trabajo, llevo los párrafos al papel. Pero de no ser así, esos borradores mentales se unen a las obsesiones e imágenes que habitan mi cabeza.

Nunca me había molestado dejar de escribir por placer, pero recientemente los textos no escritos vuelven obsesivamente y se han transformado en un molesto zumbido que no da tregua. Por ello, en un esfuerzo de silenciar ese ruido, me daré el tiempo de agotar mis inquietudes, escribirlas y compartirlas. De paso, este ejercicio será una forma de honrar el bello epíteto de “letraherida”.

Sé que llego muy tarde al mundo del blog, pero no tengo problema con ser un tanto anacrónica. De hecho, creo que este espacio me ayudará a rebelarme un poco contra la inmediatez de WhatsApp, el hilo en Twitter o el post en Facebook. Opto por la romántica idea de que alguna persona por casualidad leerá lo que escribo y quizás le haga sentido.

Y por fin, ¿sobre qué va este blog? Básicamente compartiré mi mirada sobre lo que me apasiona: libros, películas, música, series y otras tantas cosas que hacen la vida un poquito más llevadera. Te invito, pues, a leer, comentar y acompañarme en esta especie de exorcismo en verso.

Paola V.A.

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