Dis(gusto) musical. Notas sobre el pop y la memoria

I.

Cuando no tenía idea de quién quería ser, y mucho menos de quién era realmente, fue en la pantalla de televisión donde encontré un lugar para eludir lo que sí tenía claro que no me gustaba. Básicamente, construí mi personalidad en oposición a una serie de expectativas sociales, me hice adulta en permanente estado de batalla. No es el camino más sabio hacia el autoconocimiento, en todo caso es agotador, pero cuando estamos extraviados lo primero que debemos saber es de qué nos queremos alejar.

De niña sólo escuchaba la música que se oía en mi casa. Durante los fines de semana daba oídos sin reparos a las canciones predilectas de cada uno de los integrantes de mi familia. Una selección que incluía por igual a Trigo Limpio, los Beatles, Juan Gabriel, Metallica, Yanni y los Doors.

Fue hasta la primaria cuando empecé a desarrollar lo que yo llamaría un “disgusto musical” propio. Empecé a reaccionar negativamente a cierta música y recurrir a cualquier cosa distinta a eso que me provocaba repelús. Mi primer “disgusto” fue provocado por el frenesí mediático de las boy bands, simplemente las detestaba. Por suerte, esa misma industria de entrenamiento que hacía que mis coetáneas perdieran la cabeza y sus “domingos”, me brindó una forma de escape: el brit pop.

Mi camino hacia el “pop bueno” (Jarvis Cocker dixit) estuvo plagado de minas explosivas. Primero, llegué a lo más comercial: las Spice Girls y su sencillo If You Wanna Be My Lover. Sin ser mi ideal musical, la actitud de estas inglesas me parecía más atractiva que la de alguien como Fey y mucho menos melosa que cualquier canción de Savage Garden. Nunca tuve un disco de las Spice, supongo que dentro de mí sabía que no eran lo mío, aunque debo confesar que sí obligué a uno de mis hermanos a que me llevara al cine a ver Spice World.

Mi primera estación hacia el pop británico fue vergonzosa, pero pasajera. Muy pronto, gracias a las “listas de éxitos” y “top 10” de videos musicales en MTV, descubrí a Oasis y a Blur. Dos bandas cuya enemistad me provocó varios dolores de cabeza puesto que mi ingenuidad me hacía pensar que tomar partido era necesario, como si mi opinión les importase un comino. Pero bueno, esa es la magia de los fans, nuestra lealtad nos hace sentir parte de “algo”. Durante varios años este tema me obsesionó e iba cada tanto al Sanborns para hojear las revistas Q y Mosca con el objetivo de seguir las trifulcas entre Damon Albarn y “los Gallagher”.

Viví esta rivalidad entre Blur y Oasis con una intensidad tan ridícula como aquella que la generación de mediados de los sesenta experimentó durante la guerra entre las tribus mods y rockers. Aunque hoy admito que Blur es superior musicalmente, en ese momento concluí que Oasis era mejor banda a un nivel emocional y comencé a imitar la vestimenta de Liam Gallagher: rompevientos con cuello Mao, lentes redondos a la Lennon, playera del Manchester (pirata, claro) y botas una o dos tallas más grandes para que se vieran “toscas”. Esta fue la primera de varias metamorfosis musicales que experimenté a lo largo de mi búsqueda por un gusto musical propio.

Mi segundo cambio de piel se dio al inicio de mi adolescencia, etapa en la que necesitaba música para no escuchar a los demás y canciones para ahogar esos pensamientos que me hacían sentir en los márgenes de mi propia vida. Así apareció Korn, una banda de un-metal gringa cuyas letras me eran casi incomprensibles pero que me gustaba porque desconcertaba a los adultos que me rodeaban. No se necesitaba ningún conocimiento del inglés para percibir la violencia y enojo contenido en los alaridos del vocalista. Aunque nunca pude copiar el look de la banda porque parecían salidos de un comercial de la prohibitiva marca Adidas, sí usé pants aguados cuyas deshilachadas bastillas proyectaban una imagen tan desprolija que sacaba úlceras a mis padres.

La ira se sosegó en mi tránsito a la preparatoria y retomé mi marcha hacia el “buen pop”. Empecé a escuchar a Eagle Eye Cherry, los Strokes, Pulp, Stone Roses, Julieta Venegas, Texas y a otras artistas de eso que llamaron el girl power. En esta nueva etapa aparentemente más luminosa de mi vida, intenté degrafilarme el cabello como Björk, me lo pinté color zanahoria como Sheryl Manson (vocalista de Garbage) y abusé del delineador negro en los ojos. Ésta fue mi última mutación musical que pasó por cambiar mi forma de vestir o actuar.

Rememorando parte de mi accidentado camino hacia la adultez y la evolución de mi «disgusto musical», encuentro fascinante la manera en la que vaciamos etapas completas de nuestras vidas en bandas, géneros musicales o canciones que nunca podremos desligar de “ese” momento. La música también es el lugar donde habitan nuestros “yos” del pasado, una dimensión inalterable en la que persiste la memoria.

II.

Es martes por la noche, estoy en mi cafetería favorita y ni el frío me desanima a ocupar la mesa que está en la banqueta. Siempre he venido sola y planeo que siga siendo así, temo que cualquier cambio en mis hábitos trastoque la magia de este rincón. Es mi lugar para leer o escribir porque la selección musical es idónea para estas labores: puro postpunk. Sin embargo, hoy que es un día especial porque estoy a unas páginas de terminar Pop bueno, pop malo de Jarvis Cocker (vocalista de la banda Pulp), la música que sale de la bocina es la de alguna lista de éxitos de los ochenta y noventa: Brian Adams, Tears for Fears, Bananarama, los B52´s y Roxette.

Esta variación en la música me desconcentra, siento la tentación de refugiarme en mis audífonos y reproducir las canciones que he descargado en el celular para casos de emergencia. Pero justo cuando estoy teniendo esta ridícula batalla interna, el semáforo de la esquina más cercena al café cambia a rojo, obligando a un repartidor de Rappi a detener su moto. Inmediatamente reconozco la canción que lo hace menear la cabeza de un lado a otro y lanzar una sonrisa a algo o alguien que los demás no podemos ver. Se trata de Careless Whisper de George Michael, una canción sobre engaño que muchas veces ha pasado por rola romántica. Después de unos minutos, el semáforo pasa a verde y esta persona se aleja alegremente por la avenida. Sin darme cuenta, ahora también yo sonrío.

Me bastó esa brevísima escena para recordar lo importante que es la música con la que crecimos, reímos o lloramos. Ésta, aunque sea por unos minutos, revoca las leyes de gravedad, nos hace flotar por encima de los problemas, regalándonos un momento de consuelo y disfrute.

Guardo mis audífonos y abrazo la idea de escuchar sin muecas estos éxitos del ayer. Aunque no es música que reproduzca por motu proprio, conozco la letra de la mayoría de las canciones y casi todas me recuerdan situaciones, personas y emociones que hoy son parte de mi pasado. Esta música es una especie de banda sonora no autorizada de mi vida.

El libro de Jarvis Cocker me ha hecho recordar que mientras crecemos estamos expuestos a una infinidad de influencias musicales que, nos guste o no, se quedan en nosotros para siempre, nos habitan (¿o las habitamos?) y son parte importantísima del conjunto de accidentes, circunstancias y vivencias que nos forman.

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