Cuando las palabras fallan

Cuando las palabras fallan, la música habla.

H. C. Andersen

I

Una veinteañera en su patineta cantando “El día que me quieras”; un cuarentón caminando diligentemente al ritmo de “Bitter Sweet Symphony”, sintiéndose invencible; un adulto mayor tocando un teclado imaginario mientras en un puesto de periódicos se escucha a todo volumen a The Doors; una mujer a punto de llorar con la cabeza recargada en el vidrio del vagón del metro con sus audífonos desbordados de sonido.

Cada tanto tenemos la suerte de asomarnos al mundo privado de un perfecto desconocido. Muchas veces estos momentos únicos son desatados por alguna melodía que deja a flor de piel sus cuitas e ilusiones. La música nos desinhibe en nuestro trajín diario, hace que olvidemos la mirada escrutadora de quienes nos rodean. La música también tiene el poder de sacudirnos, revelarnos nuestros propios sentimientos y abrir algo en nosotros que ni siquiera sabíamos que estaba ahí. Un par de auriculares y un poco de música es todo lo que se requiere para construir un mundo privado en medio de la muchedumbre.

II

Una de las grandes ventajas de ser la hija menor es que uno agarra más cansados a sus padres y la atención brindada es más escasa a la que goza un primogénito. Esta libertad relativa me sirvió para entregarme de lleno a mi carácter taciturno y, así, gran parte de mi pubertad la pasé recostada en el piso de mi habitación escuchando música. Miraba el techo hasta que llegaba la noche y el único destello era aquel del estéreo. En esa habitación llena de música yo no existía, desaparecía para sólo dejar espacio a la melodía, las voces y a esa vibración que produce el sonido. La música sacudía el polvo de la vida diaria, ponía en pausa el drama familiar y me invitaba a soñar con lo que la vida adulta podría ser.

No sé cómo hubiese sobrevivido mi juventud sin la música. Sin ella hubiese sido tortuoso cruzar ese pasaje de la adolescencia a la adultez, ese lapso insoportablemente lento en el que acariciamos las promesas de libertad, amor y emancipación. Un tramo de la vida en el que nos decepcionamos de los adultos tan sólo para seguir cargando con el peso de sus expectativas. La música es el mejor mecanismo de defensa para todo adolescente, pues ahoga el sonido de aquello que nos afecta y daña.

II

Quienes crecimos en un mundo sin internet experimentamos una forma distinta, ni mejor ni peor, de escuchar música. Teníamos que cazar en la radio las canciones que nos gustaban para grabarlas en un casete con todo y anuncios o comentarios anodinos del locutor en turno. Si acaso teníamos la fortuna de ser dueños de casetes o discos, los escuchábamos completos, una y otra vez.

En tiempos de música on demand echo de menos esa costumbre, o mejor dicho, ese ritual de sentarse a escuchar los álbumes de un jalón. Poner sólo los éxitos o sencillos era para mi yo adolescente una falta de respeto a la lógica con la que se había estructurado el disco. Era imperativo escuchar en orden las canciones, hipotetizar sobre las razones por la que una iba antes o después de otra, descifrar los cambios de humor en la banda o solista, buscar pistas ocultas en las imágenes de las portadas, estudiar la tipografía usada y memorizar las letras sin importar mis escasos conocimientos del inglés.

Todos los discos, buenos, malos y pésimos que escuché durante mi pubertad, me los sé al dedillo. Las letras, el orden de las canciones, los colores de la portada, las disqueras, los años de lanzamiento. Son parte de mí, y aunque muchos ya no los escucho, los recuerdo con cariño porque me permitieron expresar emociones cuando sentía que no tenía voz, me dieron esperanza y la llave de un refugio propio. Gracias Chris Cornell, Korn, Alanis Morrissette, The Cranberries, Zurdok Movimiento, Jumbo, The Wallflowers, Blur, Oasis, The Beatles, Eagle-Eye Cherry y Elvis.

III

La música es un gatillo, desencadena emociones, golpea con sus letras o melodías, evoca recuerdos, lugares, personas y momentos específicos de nuestra vida. Las canciones no actúan únicamente como música, son también signos de memoria y sentimientos. “La música es la abreviatura de la emoción”, escribió Tolstoi.

Ira, euforia, abandono, amor, dolor, enamoramiento, nostalgia, deseo, desengaño, alegría… La música está ahí para ayudarnos cuando se nos agotan las palabras, cuando la capacidad de expresarnos llega a su límite. De ahí la utilidad de las serenatas, las “dedicatorias” o la artesanal hechura de una lista de canciones (ya sea digital, cd o casete). No hay nada más íntimo que compartir la música que nos gusta, es un gesto de fraternidad, confianza y amor. La música nos conmueve y conecta, con nosotros mismos y con los demás, sin importar si estamos en un estadio, en un mercado comiendo quesadillas o en un deprimente bar de Sanborns.

IV

Hasta el día de hoy uso la música como armadura. Ésta sigue conservando su belleza terapéutica. Me centra, une las piezas que están fuera de lugar, me deshace para más tarde volverme a unir. En este sentido poco he cambiado, sigo tumbándome en el piso para escuchar música. Aunque a mis 35 años se han hecho imprescindibles los audífonos (por aquello de no perturbar a los vecinos), así como una almohadita para no lastimarme las lumbares y terminar en el quiropráctico.

Acá dejo una playlist de algunas canciones que traía en la mente mientras escribía estas notas:

Pasiones reaccionarias

Las redes sociales son la principal fuente de información de la mayoría de la población mundial con acceso a internet. Éstas delinean la agenda pública, determinan el camino que deben seguir los periodistas y medios de comunicación tradicionales (televisión, radio, periódico). Son benditas como malditas. Catapultan y destruyen reputaciones. Sus contenidos, falsos o no, alimentan nuestros prejuicios y despiertan las pasiones reaccionarias que habitan en cada uno de nosotros. Sin embargo, satanizarlas no es una opción. En todo caso, si queremos ser críticos, toca pensar dos veces en el significado y motivaciones de lo que vemos ahí.

Uno de los fenómenos más llamativos es que las ideas conservadoras están ganando la batalla cultural y cotidiana. Las ultraderechas transnacionales han aprendido a movilizar afectiva y efectivamente a la ciudadanía a través de redes sociales. Para tratar de entender este ascenso acelerado del conservadurismo quiero compartirles algunas claves del más reciente artículo publicado por Paulo Ravecca, Marcela Schenck, Bruno Fonseca y Diego Forteza. Su investigación, centrada en los movimientos de extrema derecha y su presencia en redes sociales, sostiene que la potencia del discurso derechista radica básicamente en su carácter “interseccional” ¿Existe la interseccionalidad de derecha? ¡Sí!

Antes de hablar de “interseccionalidad” de derecha empecemos por lo básico. ¿Qué es la interseccionalidad originalmente? Bueno, este es un enfoque de las ciencias sociales que explora las relaciones de poder y observa cómo influye la raza, etnia, clase, sexualidad y género en los diversos tipos de desigualdad. Esta forma de desmenuzar el poder está en su origen ligado al pensamiento de izquierda, ha sido de las mejores armas de los feminismos negros y latinoamericanos.

La investigación que antes mencioné señala que esta mirada originalmente de izquierda ha sido adoptada por el conservadurismo, pero no para cuestionar las desigualdades, sino para justificar las jerarquías sociales. Este tipo de pensamiento existe, por ejemplo, en la cultura del coaching o en una extraña ética del trabajo que reafirma la idea de que la gente es pobre porque no se “mentaliza” o es floja. Es sorprendente cómo este discurso une mundos tan dispares como el de la socialité Kim Kardashian y el de un padre de familia de clase media baja con tres empleos en cualquier ciudad de América Latina. ¿Cómo pueden compartir la misma idea personas con historias y realidades tan contrastantes? Bueno, esa es justo la interseccionalidad de derecha. La capacidad de difundir un mensaje conservador al más amplio público sin barreras de edad, clase o género.

Ravecca, Schenck y demás autores analizaron los tweets de activistas y políticos en América Latina y comprobaron que en efecto existe una disputa en el terreno del sentido común, pero, sobre todo, en el de los afectos. La capacidad de provocar sentimientos en los usuarios de redes sociales rinde frutos fácilmente puesto que se transforma, no sólo en activismo digital y movilizaciones sociales, también deriva en política electoral. Es decir, influye en cómo votan las personas. En México este fenómeno se ha materializado en movimientos conservadores como el Frente Nacional Ciudadano FRENA, así como en las continuas críticas dentro del espacio público a los feminismos y a la agenda LGBT+. Este ambiente se replica en toda América Latina, obviamente en cada país con sus particularidades.

¿De dónde viene ese impulso de la derecha? El atractivo de las ideas conservadoras presentadas por las derechas consiste en apelar a las emociones, sus llamadas a la acción son simples, reproducen lugares comunes y reviven prejuicios arraigados, creando un entorno de valoraciones negativas y violencia aceptada. La derecha ha comprendido el papel clave de la cultura. Gracias a los algoritmos, segmentaciones y estudios de marketing, conocen y capitalizan nuestros miedos, odios, paranoias, fantasías y rencores. Con un golpe de efecto despiertan los monstruos que siempre han estado a nivel epidérmico en nuestras sociedades.

El logro cultural de las derechas es la polisemia y la vaguedad. Presentan ideas que van del cristianismo al cientificismo y la incoherencia no debilita su discurso, éste pretende abarcar todo y nada a la vez, aunque sus implicaciones políticas son claras. El conservadurismo contemporáneo le huye a la jerga complicada de la izquierda marxista, decolonial o feminista y prefiere ser directa y popular. Hoy la derecha dejó atrás el purismo, abraza cualquier causa con tal de ampliar su público y construir solidaridades fincadas en los resentimientos de la población, presentándose así como antielitista, democrática y defensora de la libertad frente a un Estado autoritario. En este momento la derecha es la que reclama para sí el poder radical y transformador de la política.

Desafortunadamente, la izquierda que se le podría oponer a este conservadurismo al alza sigue siendo una izquierda purista, fragmentada y que le sigue el juego a la ultraderecha en el terreno de los improperios y reduccionismos. Una estrategia claramente estéril. ¿Qué se hace frente el ascenso cultural de la derecha? ¿Despreciar las redes sociales por ser campo de cultivo de ideas reaccionarias? ¿Torturar a la ciudadanía con jerga izquierdista y de paso tirarle al neoliberalismo y la democracia liberal? Schenk, Ravecca y demás investigadores concluyen su artículo con algunas recomendaciones: 1) dejar el odio a la derecha, 2) aceptar que es en vano cualquier intento de educar o aleccionar a la gente y 3) pasar del atrincheramiento, generar solidaridades y empatía para después iniciar una ofensiva cultural.

Esta propuesta suena bien, pero ¿cómo ponerla en marcha? Para mí, un punto clave es suprimir temporalmente nuestros prejuicios y rencores de clase, raza y género entre las líneas de la izquierda. No porque no sean temas cardinales para democratizar a las propias izquierdas, sino porque no hay nada más contraproducente que convertir las diferencias en enemistades. Esta tregua temporal entre izquierdas serviría para recuperar espacios en el terreno cultural, pero no a través de las cada vez más choteadas pullas contra el imperialismo, neoliberalismo o demás adversarios ideológicos. Las peroratas sólo convencen a quienes ya lo están y espantan al resto. En cambio, se debe hablar de estos procesos que empequeñecen nuestras vidas, pero buscando una comunicación afectiva y efectiva.

Hoy en día lo social sólo tiene sentido para muchos de nuestros contemporáneos en referencia a sus propias experiencias personales. Por ello se debe de describir y traducir los fenómenos colectivos y estructurales a escala individual. Mostrando el sello que deja lo social en cada una de nuestras historias. Sólo así se ampliarán los horizontes de la práctica política y de la capacidad de acción de la ciudadanía. Pero si seguimos como vamos, ondulando entre la indiferencia y la indignación, el pensamiento conservador ganará más espacios un tweet o meme a la vez.


Dado que algunas personas me han escrito para consultarle por el artículo que menciono en el post, acá les dejo el link:

https://revistas.upb.edu.co/index.php/analecta/article/view/7364

La herencia

«No hay necesidad de apresurarse.

No hay necesidad de brillar.

No es necesario ser nadie más que uno mismo»

Virginia Woolf

Mi abuela materna falleció a los 98 años. Sus últimos meses los pasó en cama bajo los cuidados de quienes estuvimos dispuestos a permanecer a su lado. Cuidar a alguien que no se puede valer por sí mismo no es sencillo, y todo se complica un poco más si la persona enferma ha pasado décadas enteras empeñada en alejar a la gente que la rodea. Mi abuela ofendió amigos, desdeñaba a extraños y hería a familiares. Incluso siendo una viejecita indefensa era capaz de fulminarte con la mirada.

Nunca fue una persona fácil, sus hermanas dicen que fue problemática desde pequeña. Quienes la quisimos también le teníamos miedo. Sabía qué decir, de qué hilos tirar, qué broma lanzar para hacerte sentir insignificante. La relación con ella, la forma de vivir su amor era de esas cosas que llevan a cualquiera a terapia. O en su defecto, a poner tierra, ciudades y países de por medio. De niña soñaba con tener una abuela de cuento, como aquellas de las que hablaban las canciones de Cri Cri. Cabello rizado, chaleco tejido, sonrisa protectora. Pero a mí me tocó mi abuela, una mujer trabajadora, vanidosa y hostil. Desde pequeños aprendimos a llamarle “Má”, supongo que decirle “abuela” o “abuelita” era para ella una afrenta a su individualidad y juventud.

Incontables veces me pregunté por qué era una mujer a la que parecía costarle poco ser cruel. Sonará a cliché, pero realmente creo que la vida la hizo así. Mi abuela siempre se sintió un estorbo, así que luchó por su lugar en el mundo mientras cargaba un rosario de rencores y reclamos. Su madre no la quiso y la mandó a trabajar con unos familiares. Con ellos conoció una gama de maltratos, la insultaban y la hacían dormir en el piso del baño. En cuanto tuvo la oportunidad, migró al Distrito Federal con sus hermanas que tampoco la estimaban mucho. Se enamoró de mi abuelo y creyó que el matrimonio sería una especie de salvoconducto hacia una mejor vida. Obviamente, las cosas no salieron como esperaba. La persona con la decidió compartir su vida se encargó de hacerla sentir invisible y prescindible desde la luna de miel.

Descartado el amor, su paliativo fue entregarse al trabajo. Se sacrificó por su familia, unía sus zapatos con ligas para que no se deshicieran de lo viejos, guardaba el mejor bocado para su esposo y levantó varios negocios. Sin embargo, nunca cobró un sueldo, ni tomó vacaciones. Esos negocios, que sin ella no hubieran existido, nunca fueron suyos. Primero el “patrón” fue mi abuelo, después los demás varones de la familia. Esos fueron los tiempos que le tocó vivir, esas fueron algunas de las circunstancias que la hicieron una mujer dura, desconfiada y con una forma enrevesada de querer.

Durante años hice la broma de que mi abuela nomás no fallecía porque ni el cielo ni el infierno le querían abrir sus puertas. Estaba muy equivocada. Mi abuela murió porque así lo decidió. Se aferró a la vida hasta que se dio cuenta de que no podría volver a ser independiente. Depender de otros era la peor tortura para una persona que pasó su vida creando una coraza protectora. Un día simplemente dijo: “ya no más”. Ante la severidad de su tono, impropia para alguien en su condición, me hizo retroceder con la medicina y dejarla en paz. Estaba claro que luchaba por conservar la última pizca de dignidad que le quedaba. No podíamos quitarle eso, nadie se lo merece. Un par de días después falleció.

Semanas antes de su muerte, durante uno de “mis turnos” de cuidados, mi abuela recordó la ocasión en la que a mis quince años me llamó “cabrona” por primera vez. Este comentario era un reclamo de atención, así como un deseo de “picarme” y hacerme enojar. Como ya era de noche, el cansancio pudo más, y mientras continuaba con la limpieza de su cuarto sólo atiné a decirle: “así es Má, siempre he sido bien cabrona porque tú nos lo heredaste. Aunque creo que yo soy todavía más cabrona que tú”. Mi respuesta, contrario a lo que esperaba, no le molestó en lo más mínimo. Rio orgullosamente mientras asentía con la cabeza. Satisfecha con mi respuesta no dijo más, cerró los ojos y se acomodó para dormir. Meses después he vuelto a pensar en este bizarro momento entre nosotras y me percato de que para ella ser una cabrona no era necesariamente algo negativo, esta palabra iba acompañada de virtudes como la fortaleza y la autonomía. Mi abuela sintió algo cercano al orgullo al ver que me había convertido en una mujer de carácter fuerte, una persona dispuesta a delinear su propio camino sin importar los costos.

Mi abuela era inagotable. Fue madre, mujer de negocios, cocinera ejemplar y pintora autodidacta. Cuando se le negó un espacio en el mundo, ella se levantó y buscó fortuna. Le dieron la espalda incontables veces, pero ella siguió y alzó una muralla a su alrededor. Construyó un lugar para ella, lleno de buganvilias y rosas rojas. Una casa en la que se entregó a la soledad, donde ocultó su necesidad de cariño. Me pregunto cómo hubiese sido la vida de mi abuela en un contexto menos opresivo para las mujeres. Quién hubiera sido ella sin tener que depender de un hombre, sin tener que ser “la señora de” para sentirse valiosa. Quizás hubiera sido más feliz, más libre. No habría sido de nadie, más que de ella misma. No tuve la abuela tierna que hubiese deseado, pero quizás su legado haya sido más valioso. A todas las mujeres de la familia nos heredó su astucia, su sed de libertad y el deseo de tener un lugar propio para y por nosotras en el mundo. A pesar de los malos ratos, elijo recordar las rosas envueltas en servilletas de papel, su sopa de fideos y las manchas de pintura de óleo.

Euphoria, realismo histérico y el discreto encanto del observador

La serie Euphoria sigue la vida de un grupo de adolescentes que sortean dilemas de identidad, drogas, familia, sexualidad, amistad y redes sociales. Y aunque es otra serie más sobre el campo minado que es la adolescencia, hay algo en su estética, ritmo y crudeza que atrapa. A mí me enganchó porque el tono en el que se acerca a las adicciones (al amor, a las drogas, a la atención) y al eterno problema de la violencia interpersonal me hizo recordar cierta sensibilidad de los 90s que fue parte primordial de mi educación sentimental. Películas como Kids (1995), Natural Born Killers (1994) o My Own Private Idaho (1991) dejaron una marca en mi mente adolescente y me advirtieron sobre el tortuoso tránsito a la adultez. Euphoria a ratos me recuerda ese vaivén entre lo irrisorio, la acidez y la desesperanza tan característica de la Generación X, la escritura de Alberto Fuguet, las películas de Denys Arcand y lo mejor del realismo histérico de David Foster Wallace.

Como suele suceder con las series televisivas, la segunda temporada de Euphoria ha tenido respuestas variopintas y un tanto extremas por parte del público. Algunos quedaron prendados de las nuevas líneas narrativas, mientras que otros rechazaron el giro dado de una temporada a otra. También ha habido quienes consideran que esta serie es dañina para la juventud dado que se acerca demasiado a la realidad e incita conductas negativas. Por ahora no me detendré en la recepción que ha tenido Euphoria y mejor me centraré en uno de los personajes que brilló esta temporada y cuyo papel es atractivo: Lexi Howard.

Lexi es la típica chica bonitilla y bien portada que vive a la sombra de su despampanante hermana Cassie, una diosa total que roba miradas y corazones con tan sólo respirar. Lexi está siempre un paso atrás y ha afrontado su drama familiar asumiendo el cuidado de los otros. Siempre se mueve en el fondo, rara vez se le presta atención, pero desde su lugar ella ha desarrollado la capacidad de mirar con distancia lo que la rodea, como si la vida fuera un teatro y ella una espectadora. Esta mirada panorámica de la vida le permite desentrañar la trama de las historias a su alrededor y sigue el hilo que conecta los conflictos. Pero su capacidad de observación viene acompañada de una difícil tarea: confrontar al mundo, ponerle un espejo de frente para que no tenga otra opción más que mirarse a sí mismo tal.

En estos tiempos en los que coqueteamos con la idea de ser protagonistas, de ser admirados en redes sociales, reinventarnos a cada instante y ser “exitosos”, sería interesante hablar de las ventajas que tiene perderse en el fondo, no destacar ni tener una presencia magnética. Quienes no poseemos el carácter y la buena estrella que se requiere para ser el centro de atención, jugamos roles secundarios y vivimos una existencia sin grandes sobresaltos. Nuestra vida, más que intensa, raya lo soso, pero tenemos al menos dos cosas a favor: tendemos a adquirir una aguda capacidad de observación y construimos un mundo interior vasto y emocionante.

Para observar más claramente cualquier cosa se requiere de distancia. Por ello, quienes son observadores y no tanto partícipes de las grandes aventuras de la vida, están lo suficientemente alejados de la acción como para poder descubrir las tramas que unen la vida de los otros y captar las vetas que se forjan en la superficie de la sociedad. Los observadores se alimentan del mundo, lo absorben e interpretan a través de la mirada constante y sagaz. A pesar de su aparente pasividad, el observador puede vivir muchas vidas al mismo tiempo, ser diversas personas y estar en múltiples lugares gracias a su imaginación y sensibilidad.

Yo soy miembro de ese club de observadores con vidas aburridas. Desde que tengo memoria recuerdo ese deseo de querer mimetizarme con el fondo, de que nadie me note ni perturbe mi espacio. Quizá de ahí viene mi gusto por las ciencias sociales, las cuales sinceramente estudié por error. El primer día que puse un pie en la facultad me sentí en desventaja frente a mis compañeros. No tenía su bagaje, no conocía lo que ellos y comprender la jerga me costaba el doble de trabajo. Pero, aun así, descubrir las ciencias sociales me emocionó y me cambió porque era una herramienta nueva para empaparme del mundo, descubrir conexiones entre las cosas, explicar patrones. A partir de entonces descubrí el valor que tenía la costumbre de mirarlo todo desde mi rincón.

Ser espectador y no protagonista de los magnos eventos tiene su encanto. El observador interpreta los conflictos y aprecia cómo en medio de clichés, imposturas y estereotipos se encuentra un ser humano en conflicto, existiendo simplemente. Aprecia la belleza, la fragilidad, lo intrincado de las personas. Ve sin filtros las mentiras, las poses, pero juzga con menos dureza porque sabe que todo es una estratagema del individuo para sobrellevar la existencia. Éste es para mí el discreto encanto de quienes jugamos un rol secundario y optamos por observar el mundo y habitar nuestro rincón privado.

Arte y Rebeldía. Del astigmatismo al impresionismo

Hay un cuento que he querido rastrear desde hace tiempo, pero no recuerdo ni su título ni quién lo escribió. Quedé prendada de él porque el dilema del protagonista parecía mío. El personaje principal, al igual que yo, no usaba lentes a pesar del astigmatismo. La vida de este hombre era monótona pero disfrutable. Amaba ver la ciudad sumida en esa bruma creada por su mala visión. Sin embargo, un día esta felicidad moderada se trastoca cuando conoce a una hermosa e interesante joven. Charlan, coquetean, se enamoran. Para él, la mujer es perfecta pero una duda lo carcome. ¿Acaso un par de lentes graduados podría potenciar la belleza de su amada? Movido por la ilusión se manda a hacer un par de gafas. Los lectores intuimos que el experimento saldrá mal y no tardamos en comprobarlo. La versión nítida de su enamorada no se compara en nada a la imagen borrosa pero idílica que tenía de ella. La hermosura de la joven es indudable, pero cuando la mira siente que no la conoce, sus gestos le resultan ajenos, su mirada lo desconcierta. La devoción amorosa merma rápidamente. Tampoco le gustará el reflejo fiel que le devuelve el espejo. Le parece que mira a un perfecto extraño con otra piel, otros ojos y otra sonrisa. Sumido en esta desgracia autoinfligida, el hombre se lanza a recorrer la ciudad buscando algo de consuelo. Sin embargo, atraviesa las calles sólo para descubrir que éstas se muestran tal cual son. Sin el filtro del astigmatismo que las reinvente. Todo lo que amaba de su pareja, de sí mismo y del mundo se esfuma al poder verlo claramente. Ante este desastre, el protagonista destruye sus lentes para devolverle a su vida esa pátina que todo lo emborrona.

No me podría ser más familiar la reacción de este joven ante un mundo empobrecido por la nitidez. Me identifico con el personaje porque también creo que usar lentes disminuye mi capacidad de disfrutar lo que me rodea. ¿Cómo explicar el encanto que tiene ver el mundo ligeramente distorsionado? Para empezar, hablaría de tres efectos positivos que tiene en mi experiencia el astigmatismo:

1) No ver bien las cosas que están lejos mientras caminas cansa y, por ello, lo recomendable es bajar la mirada cada tanto para apreciar cosas más próximas. Gracias a esta atención a lo más inmediato uno descubre detalles insignificantes, pero con cierto atractivo: una hoja de árbol que descansa sobre el concreto, el detalle insólito de alguna casa o la textura de la grava. Todas estas pequeñas cosas disparan la imaginación. He llegado incluso a fantasear con que son mensajes que deja la ciudad para que yo los descifre.

2) La magia sucede cuando el ojo abandona la claridad de lo cercano para enriquecer con una niebla todo lo que está a una distancia intermedia. Objetos pedestres como una bolsa de plástico abandonada en la calle se transforman, gracias al astigmatismo, en un sinfín de cosas. Puede ser un gato, una roca, un bolso o, mejor aún, algo inescrutable. Obviamente, las posibilidades del objeto se reducen con cada paso que se toma hacia él y al tenerlo de frente se revela su decepcionante realidad. Este juego de imaginación es todavía más extremo cuando se trata de distinguir personas. Gracias a la mala visión, uno nunca tiene la certeza de haber saludado a lo lejos a un familiar o a un perfecto desconocido.

3) Finalmente, observar el horizonte es la experiencia que más se ve favorecida por el astigmatismo. Después de unos tres o cuatro metros, toda imagen se torna difusa y etérea. De día, se puede alzar la mirada y gozar del manchón azulado del cielo. La bruma del astigmatismo hace que la maraña de cables de luz se confunda con las ramas de los árboles. De noche, hasta el más lánguido destello de luz parece explorar y expandirse horizontalmente en un halo infinito.

Ese puñado de imágenes desenfocadas enaltece nuestra experiencia del mundo, permitiéndonos escapar momentáneamente de la realidad. No faltará quien piense que esta actitud es una pueril evasión. ¿Pero acaso no fue ésta la misma estrategia que utilizó el impresionismo?

La vanguardia impresionista tiene como obra fundacional el cuadro “Impresión, sol naciente” de Claude Monet. Este amanecer pintado a finales del siglo XIX para nada retrata el Puerto de Havre tal y como era. En todo caso, pareciera que el buen Monet tenía serios problemas de visión o estaba un poco ebrio cuando lo pintó. Sin embargo, esas formas contrahechas atravesadas por luz son el encanto mismo del impresionismo. Mirar sin precisión el puerto lo embellece, le da un aire enigmático.

 El juego de luces, la disposición de colores y la inespecificidad de lo que se ve en el cuadro de Monet no fue un ejercicio banal, sino una reacción a la angustia social que crecía conforme se acercaba el siglo XX. La mirada nebulosa del impresionismo bañó de luminiscencia la existencia humana y sirvió de bálsamo en una época de profundo cambio social. Van Gogh incluso pensaba que a través de su obra podría consolar a los pobres, a los analfabetos y a los demás miserables de la sociedad industrial. Por ejemplo, redimió a los sembradores cuando retrató sus monótonas faenas de tal manera que representasen el milagro mismo de la fertilidad, de la inseminación del mundo. Hasta el día de hoy la obra de Van Gogh sigue reconfortándonos. Su mirada distorsionada del mundo sigue suavizando la aspereza de la vida. Conforta a los multimillonarios que admiran los originales en sus colecciones privadas, así como a los más pobres que tienen en su hogar una desgastada reproducción de “La noche estrellada” o “Los girasoles”.

Me gustaría pensar que una visión nublada de lo que nos rodea no sólo es un escape, sino también un estímulo para la imaginación, la esperanza y, por qué no, hasta para la rebeldía. No limitarse a la experiencia de lo existente como hizo el impresionismo, ciertamente es una forma de evasión de una realidad aplastante. Pero esa evasión tiene origen en un rechazo a la imperfección del mundo. Se podría pensar que esta huida a través del arte es un síntoma de nihilismo, y sí, algo hay de ello. Pero también debemos recordar que el arte no es una simple fuga, sino un momento de retirada, partiendo de la decepción de lo real, para imaginar un mundo mejor. En mi experiencia observar el mundo un poco difuminado sirve para no conformarse, para rebelarse ante la realidad y ampliar los límites de lo que creemos posible.

¿Por qué letraherida?

Pronto fue un letraherido, enfermo de literatura,

poseído por la pasión de escribir como enfermedad

y locura sin otro remedio que la escritura misma.

Ángel Basanta

Hace unos años una persona muy querida me preguntó por mis planes a futuro. Recién acababa de cerrar un tortuoso ciclo académico y mi interlocutor se preocupaba porque estuviese harta de pasar mis días con la nariz enterrada entre libros. Respondí su pregunta con mi característico tono, entre eufórico y nervioso, y le hablé de mis lecturas, de cómo éstas generaban obsesiones e inspiraban proyectos. Cuando por fin hice una pausa para escuchar a quien estaba conmigo, éste sólo sonrió y me dijo: “eres una letraherida”. La palabreja me confundió. “¿Letraherida? ¿Qué es eso? Me han llamado de todo, pero nunca así”– pensé. Ante mi desconcierto, llegó la siguiente explicación:

“Letraherida” proviene de “lletraferit”, un antiguo catalanismo usado para referirse a una persona apasionada de los libros. Aunque esta palabra puede utilizarse despectivamente como símil de “sabiondo” o “esnob”, su connotación más generosa es la que hace pensar en un “enfermo de literatura” que no puede parar de leer o escribir.

Al llegar a casa me puse a investigar más sobre el significado de “letraherida”. Me emocionó descubrir que la palabra tiene un antecedente en los célebres ensayos de Montaigne. Para el padre del ensayo, un “letraherido” era un individuo al que las letras le habían asestado un martillazo. Descubrir esta imagen creada por Montaigne me sirvió para reconocer que, en efecto, la literatura, al igual que la música y el cine, ha sido para mí un martillazo en la cabeza. Y la fuerza contenida en ese golpe me ha servido de guardagujas para construir mi vida. Así pues, desde aquella tarde he atesorado el cariñoso mote de “letraherida”, a pesar de que últimamente he dejado de escribir por placer.

Se podría decir que mi reticencia a escribir por gusto tiene una larga historia. Se alimentó por primera vez del miedo adolescente de que mis pensamientos más íntimos quedaran expuestos a la mirada enjuiciadora de los otros. En mi adolescencia, como suele sucedernos a todos, cualquier escrito furibundo o melancólico descubierto por alguna figura de autoridad era una señal de alarma. Y este “foco rojo” ameritaba una larga y confusa charla sobre mi estado mental. No tardé en descubrir el poder de la palabra escrita; en este caso, de la mía. Simultáneamente, advertí la ingrata huella que deja el hecho de que tus palabras sean malinterpretadas. Por tanto, ante el riesgo que conllevaba plasmar en papel mis pensamientos, decidí ensayar textos en mi mente y así no dejar rastro alguno. Ya sé, suena raro eso de escribir en la mente, pero todas las personas lo hacemos. Es como cuando repasamos la lista del súper en nuestra cabeza o cuando imaginamos una conversación con alguien que no está ahí.

Con el tiempo me he vuelto muy hábil para esbozar textos en mi cabeza sin necesidad de papel o computadora. El proceso es algo así: imagino la estructura del texto en la regadera, defino el tema mientras me maquillo, descarto líneas al tomar café, reescribo durante mis caminatas y, cuando por fin estoy satisfecha, “archivo” el texto. Si lo “escrito” es de trabajo, llevo los párrafos al papel. Pero de no ser así, esos borradores mentales se unen a las obsesiones e imágenes que habitan mi cabeza.

Nunca me había molestado dejar de escribir por placer, pero recientemente los textos no escritos vuelven obsesivamente y se han transformado en un molesto zumbido que no da tregua. Por ello, en un esfuerzo de silenciar ese ruido, me daré el tiempo de agotar mis inquietudes, escribirlas y compartirlas. De paso, este ejercicio será una forma de honrar el bello epíteto de “letraherida”.

Sé que llego muy tarde al mundo del blog, pero no tengo problema con ser un tanto anacrónica. De hecho, creo que este espacio me ayudará a rebelarme un poco contra la inmediatez de WhatsApp, el hilo en Twitter o el post en Facebook. Opto por la romántica idea de que alguna persona por casualidad leerá lo que escribo y quizás le haga sentido.

Y por fin, ¿sobre qué va este blog? Básicamente compartiré mi mirada sobre lo que me apasiona: libros, películas, música, series y otras tantas cosas que hacen la vida un poquito más llevadera. Te invito, pues, a leer, comentar y acompañarme en esta especie de exorcismo en verso.

Paola V.A.

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