El arte de renunciar

I

En una caminata me topé con un cartel que mostraba a una chica notablemente feliz. Su sonrisa satisfecha me obligó a leer la frase que estaba a un lado de su fotografía: “La zona de confort es un premio de consolación”. De inmediato me desagradó que el slogan tuviese la intención de hacer sentir a quien lo leyese que no hace lo suficiente. Me desconcierta que el imperativo del “más” invada todos los aspectos de nuestras vidas; sin importar si somos ambientalistas, religiosos, veganos o empresarios todos debemos querer “más”. La tecnología más novedosa, la comida más sana, el nivel más alto de conciencia, el puesto más alto, más ganancias.

¿Será acaso un rasgo de la raza humana esta permanente búsqueda de algo “más”? ¿Es la mezcla de curiosidad, ambición y falta de sentido existencial la que nos diferencia de las demás especies? Todo esto me hace pensar que de una forma muy esencial seguimos siendo como esos primeros seres humanos que, al tener resueltas sus necesidades básicas, dedicaron el resto de su tiempo a buscar piedras y materiales “más” brillantes, “más” grandes, “más” inusuales o “más” valiosos, tan sólo para hacer crecer su colección.

Hoy nuestras ambiciones pasan por estar más sanos, más felices, experimentar más, sentir más intensamente, dormir más, hacer más, ser más creativos, respirar más profundamente, más exclusividad, más amor, más información, más juventud, más opciones para llevarlo todo al máximo y explotar nuestro potencial. Y, obviamente, rara vez alcanzamos ese “más” y nos (des)vivimos en estado de frustración e insatisfacción.

¿Pero cuándo es suficiente? ¿Sabemos reconocer la saciedad o hemos perdido esa capacidad? ¿Cuándo podemos sentirnos tranquilos con dejar de perseguir sueños? ¿Cuándo es válido soltar el peso de nuestras metas? ¿Cuándo vivir con lo que hay? ¿Debemos aspirar a más? ¿Nos estamos engañando a nosotros mismos y debemos reinventarnos? ¿Está mal pensar que somos lo SUFICIENTEMENTE felices?

Tengo la impresión de que nos enseñan a perseguir la felicidad, pero pocas veces aprendemos a reconocerla. Y es por esta intuición por la que necesito buscar una respuesta a estas interrogantes, hacer las paces con mi biografía, aferrarme de cualquier momento de alegría y renunciar a sueños, aspiraciones y versiones mejoradas de mí misma que me causan más desconsuelos que alegrías.

Así que renuncio a buscar un mejor lugar para vivir, un mejor trabajo, un mejor cuerpo o una mejor versión de mí misma. También renuncio a reparar lo irreparable, a pensar en lo que no hice, a castigarme por lo que no acabé o lamentarme por no ser más ambiciosa. Me basta lo que soy/tengo y mi meta más alta es ser lo menos cretina que pueda; joder lo menos posible a los demás.

Renunciar sabiendo que podría tener y ser más, ¿me hace mediocre, débil o conformista? Supongo que mi actitud sería un problema si quisiese otras cosas pero no las buscase por miedo. Al final, depende de cada uno. Renunciar no tiene que ser una elección atractiva o deseable para nadie más. Y la ambición no es mala, así como tampoco lo es no tenerla. Igual de admirable es la persona que no se cansa de correr hacia “su cima” como aquella que toma la decisión de no llegar.

Evidentemente, el hecho de que renuncie a ceñirme al mandato del “más” no significa que no tenga proyectos o que no me esfuerce día a día o que no trabaje con empeño. Renunciar a “más”, para mí se traduce en tener sueños pequeños (casi insignificantes), cuyo cumplimiento no me define como persona ni está atado a mi felicidad. Renuncio al impulso de seguir “adelante” sólo por seguir un mandato no deseado.

II

“El confort es el premio de consolación”. Pese a mis esfuerzos, la frase me persigue por varios días y me hace dudar de mi armoniosa relación con la comodidad y la medianía. Percibo mi cambio de ánimo, recuerdo la adrenalina de la lucha por destacar, por ser valorada por los demás. Me invaden las dudas: ¿estaré estancada en mi zona de confort y ni me doy cuenta? ¿Me hace falta arriesgar? ¿Renunciar a tener/ser más es una forma de huida? ¿Soltar ilusiones es sinónimo de darse por vencido?

El vértigo que me provocan las dudas no dura mucho y se disipa por completo cuando me pregunto: ¿acaso el confort no es algo bueno? Salvo excepciones, nadie disfruta estar sentado en una silla incómoda; ¿acaso no aplica lo mismo para la vida? ¿Cuándo ganó tan mala fama la comodidad? ¿No es positivo estar cómodos con lo que somos y hacemos?

Nadie como Albert Camus ha analizado con tanta belleza y sagacidad el mito de Sísifo, un relato que habla de la esencia humana y la búsqueda de sentido. La historia es harto conocida: Sísifo hace enojar a los dioses, éstos lo castigan y lo obligan a empujar una piedra hacia la cima de una montaña. Antes de llegar a la cima, la piedra siempre rueda cuesta abajo forzando a Sísifo a empezar de nuevo. Día tras día, Sísifo se consume en este trabajo absurdo y frustrante. ¿Y qué significa esta historia? Hay múltiples interpretaciones, pero yo me quedo con la de quien ve en el mito de Sísifo la búsqueda del sentido de la vida y la frustración que implica no aprender a convivir con lo absurdo de la existencia.

En estos términos, mi renuncia no la pienso como si la solución al martirio de Sísifo fuese que éste pateara la piedra hasta desahogar su frustración o que eligiese recostarse para siempre sobre ella. Mi renuncia va más por el lado de elegir una piedra más ligera que cargar a la cima. En subir cada día sin grandes expectativas, buscando cierta alegría en la monotonía, el tedio y el absurdo. Mi renuncia no la vivo como una derrota, sino como la aceptación de lo que hay y el descubrimiento de que es suficiente.

* Cada que me asalta la preocupación por mi falta de “ambición” pongo algunas canciones que me reconfortan y que acá comparto. En especial, me gusta Watching the Wheels de Lennon, porque refleja que sin importar quiénes seamos o qué hayamos hecho, siempre habrá alguien que nos diga que deberíamos aspirar a más; ya está en nosotros prestarle atención o no.

No gracias, prefiero caminar

Flâneuse [flaneuse], un sustantivo. Forma femenina de flâneur [flâneur]: ociosa, observadora deambulante que suele encontrarse en las ciudades.

Lauren Elkin

I

Aunque no me gusta conducir tengo una licencia permanente desde los 18 años. No me reconozco en esa foto. No sólo me despistan las cejas criminalmente depiladas, también me sorprende esa chica que está tan segura de que manejar un auto será parte obligada de su vida adulta. Sus sueños incluyen un trabajo de oficina, uno o dos hijos, una casa con patio, un perro labrador y vacaciones en la playa.

No recuerdo haber aprendido a manejar, sólo empecé a usar el carro familiar con extática imprudencia. Disfrutaba encaminarme a mi destino hipnotizada por las canciones que había elegido escuchar ese día. Desafortunadamente, el encantamiento me duraba poco, se disipaba cuando sin darme cuenta me encontraba en medio de un embotellamiento. En ese instante apagaba la música y esperaba con terror el humo que solía salir del auto cuando se calentaba.

No tomé la decisión de dejar de manejar, fue un proceso que se dio naturalmente cuando llegó el momento de independizarme. Lo curioso es que mi abandono del volante poco a poco se transformó en renuencia a manejar y después en animadversión. De ser algo que no hacía, pasé a detestar la idea de hacerlo, me negaba ante cualquier oportunidad de conducir. “No sé manejar, no puedo manejar, no quiero manejar”, me repetía a mí misma y a todo aquel que me increpase.

Debo reconocer que hacer despliegue de mi enemistad con los autos me causaba placer. Era una confirmación de que había dejado atrás mis sueños adolescentes y optaba por otra vida. ¿Cuál? No lo sabía todavía, pero al menos tenía claro que sería distinta a la que había imaginado. De esta manera, algo tan absurdo como negarme a manejar se convirtió en una declaración de principios. Me enorgullecía fallar en esas cosas básicas que uno se supone que debe de hacer como adulto. Lo que a los demás les parecía ineptitud o inmadurez, para mí era una pequeña e íntima rebeldía que me acercaba a esa otra persona que todavía no era, pero que quería ser.

Así comenzó mi travesía como peatón permanente de una de las ciudades más caóticas y espléndidas del mundo.

II

Caminar por la ciudad es una de las actividades que define mi identidad. Salir de casa para afrontar el riesgo, el desorden, la violencia y lo impredecible de la experiencia urbana ha sido desde hace décadas mi estrategia para encontrar mi lugar, para expresarme, para soñar con otras vidas y para tejer nuevas redes de parentesco.

Si bien suena ridículo, siento que nadie me conoce como la ciudad. Sólo entre sus calles he experimentado la confianza de mostrarme sin esa sonrisa diseñada exclusivamente para reconfortar a quienes me rodean. Recorrerla me da perspectiva, apaga pensamientos obsesivos y me regala la extraña paz que brinda saberse una persona ordinaria con problemas ordinarios. La ciudad es ese terreno neutral que anestesia y a la vez da esperanza.

Después del golpe de realidad, llega la magia. La ciudad se compadece de mí y decide jugar a ser la narradora omnisciente en la novela costumbrista que es mi vida. En su rol de narradora, la ciudad me sorprende cada tanto con bondadosos paréntesis en los que puedo recobrar el aliento. Según se requiera, la ciudad pone en mi camino una cafetería en donde eludir mis problemas, una iglesia en donde descansar unos minutos, una biblioteca pública para refugiarme del frío, una marquesina que me guarece de la lluvia o algún parque ordinario en el que forjar afectos extraordinarios.

Es por esta mística complicidad entre la ciudad y yo que todas mis alegrías y tristezas primero las camino y sólo después las hablo.

III

A menudo me encuentro en la incómoda situación de rechazar el “aventón” en auto que me ofrece algún familiar, colega de trabajo o amistad. “No gracias, prefiero caminar”, repito dos o tres veces. Mi negativa no quiere decir que no desee pasar más tiempo con ellos o que me incomode alejarlos de su camino. Es simple y transparente: me gusta llegar a los lugares caminando. Y cuando se trata de volver a casa, ese recorrido es el que más atesoro.

Cuando me dirijo a casa, sin excepciones, me sumerjo en una especie de sueño. Observo la vida de los otros, paso a un lado de los adolescentes que he sido o de los adultos mayores que seré, cruzo los caminos que decidí no tomar y recuerdo las personas que ya no soy. La caminata al hogar es un tiempo que sólo existe para mí, un lapso diseñado para sentirme yo de nuevo.

IV

Cada tanto fantaseo con la idea de que conforme caminamos la ciudad vamos dejando un rastro como aquel que dejan las hormigas en la tierra. En un torpe intento de dejar constancia de nuestro tránsito por el mundo, trazamos un mapa invisible e ininteligible para cualquiera que no sea nosotros mismos. ¿Cómo sería mi mapa? ¿Mostraría con fidelidad mi vida? ¿Cómo se verían esas líneas enmarañadas que sólo yo podría traducir en amores, ilusiones, fracasos, trabajos, obsesiones o sueños?

V

Estoy en esa extraña edad en la que no eres ni viejo ni joven, ese limbo que hace que los desconocidos titubeen en hablarte de “tú” o “usted”. Es una etapa interesante, la vivo como una segunda adolescencia (con la ventaja de que ahora sí sé quién soy y qué quiero) y la aprovecho para flexibilizar mi carácter y variar costumbres. Me esfuerzo, pues, en ser menos cínica, más despreocupada y en deshacerme de esas pieles que ya no me definen.

En este intento de abrir mi propia cabeza he vuelto a manejar un auto. Conducir ha sido más agradable de lo que esperaba. He redescubierto la felicidad de escuchar música para silenciar a los conductores desesperados y, en un inconsciente guiño a mi yo adolescente, he repasado las “canciones para manejar” que escuchaba a mediados de los 2000s. Este recorrido musical al pasado también ha implicado un viaje a zonas de la ciudad que hace años visité en auto. Pese a los enormes cambios urbanos, reconozco los lugares, sólo basta mi memoria para desprender las capas más recientes y redescubrir los rincones donde habitan algunos de mis fantasmas, ilusiones y reveses. Me asalta la alegría de saberme tan lejos de ahí.

La mayor desventaja de conducir es que no te puedes lanzar de lleno al ensueño que ofrece un recorrido por la ciudad, el tráfico invita más al tedio que a la reflexión. Si voy en auto no puedo platicar con desconocidos, no puedo explorar los rostros de las personas como lo hago en el transporte público, no puedo detenerme a acariciar un perro ni cambiar de dirección sólo porque me apetece. Definitivamente no está en mis planes tener un coche, no he cambiado considerablemente en este aspecto, pero al menos he actualizado mi lema: “Sé manejar, puedo manejar, pero no quiero manejar”.

VI

Hay días en los que la ira, la tristeza y la decepción se desbordan. No importa si hemos aprendido a identificar las cosas que no podemos cambiar, cuando no hay solución posible es difícil saber dónde verter las emociones que nos provoca todo aquello que no tiene remedio. Hoy es uno de esos días.

Salgo a la calle e inmediatamente siento que tengo más aire para respirar. Una persona se me atraviesa sin aviso, no me exaspero, pero sí me veo obligada a caminar más despacio. ¿Es una primera advertencia? Todavía no abandono la pregunta cuando veo un disquete de 3½ abandonado en la banqueta. No parece basura, está prolijamente colocado en mi camino. ¿Quién tiene todavía disquetes en su casa? ¿Qué tiene escrito en la etiqueta? Este tipo de cosas son las que ineludiblemente llaman mi atención y la ciudad lo sabe. Esta nimiedad me hace fantasear con que ella me está diciendo: “Mira esto, pensé que te sacaría una sonrisa. Por cierto, no olvides que estás aquí, estás conmigo.”

Tengo la tentación de tomar una foto de mi descubrimiento, pero no quiero desperdiciar el impulso que me regaló la ciudad. Titubeo unos segundos, pero no me detengo, elijo seguir jugando el juego. Me parece improbable que en un par de horas alguien levante el disquete, esta calle es poco transitada y hoy es un día particularmente lluvioso. ¿Quién lo levantaría? ¿Qué sentido tendría recoger un objeto tan obsoleto?  ¿Habrá algún nostálgico del siglo pasado al que le interese?

Tardé menos de dos horas en volver al punto de mi hallazgo. Se confirma mi temor, el disquete desapareció. ¿Me lo habré imaginado? Mejor pensar que no, mejor seguir creyendo que la ciudad juega conmigo un juego del que desconozco las reglas, pero al que me abandono día a día con alegría y candidez.

El indiscreto ¿encanto? de los súper ricos. Notas sobre Succession, White Lotus y El triángulo de la tristeza.

I

Lo más probable es que nuestro camino nunca se cruce con el de ellos. Sin embargo, su existencia nos afecta, su vida moldea y limita la nuestra. Son parte de nuestro imaginario cotidiano, son uno de los ingredientes que componen nuestros sueños y pesadillas. Estoy hablando de los “súper ricos”, esas personas con fortunas económicas inimaginables para el 99% de la población mundial. 

Los estereotipos sobre dicho estrato social, como todas las tipificaciones, son inexactos. Hay elementos que se acercan a la realidad y otros que de plano son absurdos. Pero, sin importar su veracidad, las representaciones de los «súper ricos» crean una mirilla a través de la que espiamos esos mundos que jamás navegaremos. Y la cultura de masas, así como las redes sociales, han sido los vehículos idóneos para esparcir esas imágenes, a veces críticas, a veces celebratorias, de la riqueza. 

Las representaciones positivas las podemos reconocer en series como Downton Abbey o The Crown. Estas dos producciones han reavivado con éxito una nostalgia por la aristocracia, un orden social en el que la desigualdad se justifica gracias a una “razón superior” que obliga a los individuos a aceptar su rol dentro de la sociedad, aplazando de esta manera cualquier sueño de movilidad o libertad. Dentro de esta lógica, incluso aquellos en la cima de la escala social “sacrifican” sus deseos personales a favor del “bien común”. Así, el privilegio es retratado como el látigo de la responsabilidad. 

Esta nostalgia es un fenómeno interesante, tal pareciera convencernos de que el tipo de desigualdad social producida por un régimen aristocrático poseía un sentido valioso en contraposición a la inequidad en la que vivimos actualmente. Es como si fantaseáramos con que nuestros explotadores tuvieran “mejores” credenciales para apretarnos el cogote. No sé, algo así como un título nobiliario o, de perdido, un apellido que suene a abolengo o dinero “viejo”. Como si esto bastara para hacer las paces con la desigualdad y contentarnos con la posición precaria en la que estamos.

Como hay representaciones de la clase alta benevolentes, también existen otras que subrayan su lado desagradable. Una arista sombría del poder económico que tiene una larga historia dentro de los imaginarios sociales y que podemos relacionar rápidamente con ese decadentismo a la Gran Gatsby. Y con el auge de la ideología neoliberal a partir de los 80s, se han multiplicado los retratos negativos de la riqueza financiera como aquel mostrado en la película American Psycho a principios de este siglo y cuya huella se puede rastrear hasta el día de hoy en series como Succession o en la menos famosa Industry.

Las estampas críticas de las élites económicas se caracterizan por exponer la más deleznable naturaleza de dichos grupos. Iluminan su vulgaridad, machismo, mezquindad, corruptelas, extravagancia infantil e incluso, con cierta regularidad, exhiben una serie de prácticas sexuales harto desconcertantes. Y el público al que llegan estas imágenes, ese 99% del mundo que no es parte del clan, suele experimentar cierto consuelo y gozo al contemplar los retratos imperfectos y repudiables de la riqueza. Es como si su miseria humana los arrastrara a tierra con el resto de nosotros.

En el fondo, no importa tanto si las representaciones de la riqueza son negativas o positivas, ambas suelen centrarse en el lado humano de quienes tienen el poder económico y profundizan muy poco en las razones estructurales que hacen posible que ocupen su trono. Lo más complicado de las narrativas populares de la riqueza es que éstas sirven de herramientas para normalizar la desigualdad y el enriquecimiento. 

Si acaso sentimos simpatía por las élites económicas, las admiramos y compramos ese discurso aspiracional que nos dice que con esfuerzo y sacrificio podremos mejorar nuestras condiciones materiales. Si nos provocan antipatía, las enjuiciamos moralmente y escudriñamos con un aire de superioridad. Un gesto que por sí sólo no se traduce en una crítica compleja a las estructuras que las protegen. No hay manera, ellos siempre llevan ventaja.

II

¿Y quiénes son los dichosos «súper ricos»? A grandes rasgos, son un exclusivo grupo de hombres blancos con un promedio de edad de 63 años. Para ellos no hay fronteras porque son los verdaderos cosmopolitas que viven en un mundo construido por y para ellos. Si bien dentro de este grupo también hay mujeres, ellas suelen jugar el papel de herederas y no tanto de productoras de riqueza. Aunque poco a poco aumenta la presencia femenina en el mundo empresarial y financiero. 

¿Y qué filamentos sociales les han permitido amasar sus fortunas? Bueno, la economía global de las últimas décadas, marcada por la desregulación financiera, el surgimiento de empresas multinacionales y el retraimiento del Estado, ha sido el campo de cultivo perfecto para el enriquecimiento de unos pocos. Ni las crisis económicas, ni la pandemia de Covid 19 y mucho menos los discursos populistas que desde distintas latitudes han declarado el fin del neoliberalismo, han hecho tambalear a la élite económica. Al contario, los ricos cada vez son más ricos.

A este bajón que provoca la realidad, podemos agregar el hecho de que estos “súper ricos” también invaden nuestro tiempo de ocio y pensamiento. Alrededor de sus vidas se genera un río inagotable de historias personales con la finalidad de “compartir” su cotidianidad, sus “luchas” para alcanzar el éxito y sus fracasos que rápidamente transformaron en oportunidades para superarse. Todos estos retazos de la vida de la élite económica resaltan sus aspectos personales y promueven una ilusión de cercanía. Dicha sensación de “proximidad” es el golpe maestro que normaliza su lujoso estilo de vida y obscurece cómo se vincula su existencia con la desigualdad económica.

No importa si es morbo, aburrimiento, fascinación o desprecio lo que nos lleva a dedicar tiempo a mirar aquellos fragmentos de la vida de los “súper ricos”, ese despliegue artificioso de “su” realidad, provoca que nos acostumbremos a los atavíos del rango y la prepotencia del privilegio. Se vuelven parte de nuestra vida, aunque nunca lleguemos a rozar siquiera el mundo en el que viven los acaudalados.

III

Los personajes de la serie White Lotus y de la película El triángulo de la tristeza son caricaturas de los “súper ricos” destinadas a reducirlos a meros descerebrados. No es ninguna sorpresa que, en una sociedad tan polarizada y desigual como la nuestra, nos entretenga y provoque tanto gozo ver a las clases altas desde un punto de vista tan degradante. En un contexto en el que las condiciones materiales que nos oprimen se presentan como algo inamovible, parece no haber nada más satisfactorio que ver a los ricos nadando entre sus propios desechos o exhibidos como primitivos oportunistas con ideologías y valores en decadencia capaces de vender a su propia madre con tal de lograr un buen negocio.

No lo podemos negar, imaginar a las élites en el fango brinda consuelo y por un momento nos lleva a pensar que es mejor dejar atrás la mala sangre porque a fin de cuentas los ricos no son más que un grupo de viejos seniles, pervertidos, vanidosos “niños de papá” y mujeres histéricas que llevan una vida errática, solitaria y de agotadoras apariencias. Dentro de cada uno de nosotros crece la satisfacción al confirmar nuestros prejuicios sobre las élites y nos vanagloriamos de tener una vida precaria pero más “real”.

El problema con esta ilusión de ajuste de cuentas simbólico es que dejamos de distinguir entre los agentes reales del poder y sus encarnaciones en el cine o TV. Arremetemos contra las representaciones de la riqueza encarnados en personajes populares, sin caer en cuenta de que luchamos contra meras sombras. Voluntariamente renunciamos a nuestro derecho a cuestionar el impacto que tiene concretamente la clase alta en nuestra vida, a cambio de la satisfacción instantánea que provoca descargar nuestra ira y angustia frente a una pantalla.

Es muy fácil caer en la trampa de confundir la antipatía hacia los ricos con una verdadera crítica a la desigualdad económica. Paradójicamente, terminamos haciéndoles la chamba de obscurecer los procesos estructurales que reproducen las ventajas de las elites, sometiéndonos nosotros mismos al orden arbitrario de las cosas.

Hija sin hijos

I

Me alegra que febrero haya acabado. Este es el mes en el que rompemos la mayoría de los propósitos que inundaron nuestra vida con el tufillo de renovación. Para mí sus días me sirven de colchón temporal para recién afirmar ambos pies en el año que comienza y agendar para marzo el chequeo anual de salud.

Química sanguínea, perfil hormonal, Papanicolau, examen general de orina, ultrasonidos de mamas y útero, colposcopia… para esto y más me tengo que mentalizar. Las historias clínicas, preguntas en exceso personales y esa mezcla de malestar y vergüenza que provoca que alguien hurgue en nuestro cuerpo. A las incómodas auscultaciones se suman los innecesarios comentarios médicos, así como las miradas destinadas a invalidar mi decisión de no ser madre, de vivir y morir siendo una hija sin hijos.

¿No vas a tener hijos? ¿Por qué? ¿Y si te arrepientes? Te cambiaría la vida.

Al parecer tengo el útero idóneo para la reproducción. Su forma, afirman las doctoras y las enfermeras, es como de “manual”, una “pera” perfecta. En realidad, no sé si la constitución de mi útero es en verdad algo excepcional o si estos comentarios simplemente tienen el objetivo de hacer menos desagradables los momentos de exploración genital.

La admiración que provocan mis entrañas no me molesta, lo que sí me disgusta es el tono con el que me insisten en que no desaproveche mi salud, condiciones y edad para reproducirme. Es como si mi negativa sonara a desprecio por la vida o llana inmadurez.

Deberías aprovechar que estás sana. Nunca vas a sentir una satisfacción tan grande como la de darle la vida a alguien.

Me siento tan vulnerable en esta escena en la que forcejeo infructuosamente con las palabras y expectativas ajenas. Y así, sin ropa interior, con la ridícula bata médica y la sensación de que las pierneras de la mesa me cortan la circulación, sólo alcanzo a musitar una bobada. Únicamente me siento repuesta cuando vuelvo del vestidor y tejo en mi mente una serie de argumentos en mi defensa. Quisiera decirles que yo no percibo mi cuerpo como algo potencialmente creador, me parece más una bomba de tiempo, un enemigo íntimo del que no puedo escapar. Sin embargo, nunca me animo a decir lo que pienso, sería incómodo y probablemente me recomendarían ir a un psicólogo. Además, ¿por qué tendría que justificarme? ¿Por qué nos es tan fácil cuestionar la forma de vida de los demás?

Desde pequeña he tenido mis encontronazos con la carcasa que me tocó habitar, y no me refiero a los típicos conflictos de imagen o autoestima. Aludo más bien a pequeños baches en mi historial médico, a un cúmulo de desperfectos que, aunado a mis manías, me llevaron a percibir mi cuerpo de una manera un poco más áspera de lo común. Para mí, el cuerpo que habito no es algo que esculpir, ni una herramienta para alcanzar metas, algo que modificar a mi antojo, al menos no en lo esencial, no de raíz. Mi cuerpo es el recordatorio de la brevedad de la vida, de mi frágil consciencia y de la futilidad de mi existencia. Y esta percepción, ni buena ni mala, simplemente refleja crudamente un destino compartido por todos.

Nadie nos enseña que nuestro cuerpo es el adversario último que nos traicionará y limitará poco a poco nuestra experiencia del mundo hasta extinguirnos. En cambio, tememos lo externo y hablamos de la enfermedad como si viniera de fuera, como si nuestro cuerpo no ideara sus propios complots y mutaciones malignas. No es una imagen alentadora del cuerpo, lo sé. Pero quizás si fuéramos consciente de este lado menos luminoso nos cuidaríamos un poco más, nos bastarían los días en los que no nos duele algo nuevo. Tal vez el arribo de la enfermedad, la vejez y la propia decadencia no nos deprimiría ni dejaría tan descolocados.

II

Mis más recientes problemas de salud son bastantes comunes para mi edad y género: miomas y quistes. Sin embargo, como a cualquiera, me costó mucho trabajo aprender a convivir con ellos. Cuando los diagnósticos estaban aún frescos, me angustiaba que estos males fuesen “normales” y que al mismo tiempo requiriesen una constante vigilancia para no transformarse en algo nocivo. Esa incertidumbre, esperar a que las cosas “progresen”, es muy jodida… es como estar esperando el silbatazo de arranque en la carrera que lleva a la muerte. Lo curioso es que nos encontramos en esa etapa desde nuestro primer aliento y la meta no es alentadora.

La ginecóloga ve dos opciones frente la emboscada que me juega mi propio cuerpo: quitarme la matriz de una vez (“total no la vas a usar”, dice ella con una mueca) o esperar a que sea absolutamente necesario retirarla (“chance en el inter te animas a tener tus niños”, cambia la mueca por una sonrisa). He decidido, hasta ahora, esperar. Aprendo a convivir con la incertidumbre, pero ahí donde yo huyo de una operación, mi doctora ve esperanza. Llegado este punto de la consulta ya no aguanto su mirada, no quiero ser grosera, pero estoy a nada de decirle que no tengo dudas, que elijo sin remordimientos mi condición de hija sin hijos. Me contengo y apuro el cierre, nos veremos el próximo año, cada una desde su esquina.

Esa idea de ser “hijos sin hijos” es una apropiación de algo que le leí a Enrique Vila-Matas cuando yo tenía unos 19 años. La frase, título de un libro de cuentos del escritor catalán, se colgó de mi mente desde ese momento como si inconscientemente supiese que más adelante cobraría sentido y sería una herramienta para definirme, comprender quién soy. Muchos años después, leí una entrevista con la escritora Selva Almada en la que se definía orgullosamente como “hija sin hijos”. No ahondaba en detalles, lo decía sin reparos, sin justificaciones, con firmeza. No dudo que para muchas personas una declaración así le suene irreflexiva e incluso altanera, pero no creo que sea así. Sospecho que somos bastantes quienes decidimos no tener hijos porque nos conocemos demasiado bien. No tiene nada que ver con que el mundo sea un lugar terrible, con una falsa consciencia superior o desprecio por la norma.

En mi caso reconozco mis rasgos obsesivos, impacientes y egoístas. Apostaría a que la maternidad me volvería depresiva o, en el mejor de los casos, me haría infeliz. Me transformaría en alguien que nunca he querido ser, borraría esa persona que tanto me ha costado tanto trabajo descubrir, volvería a ser un eco en la vida de alguien más.

No pretendo hacer un balance de la maternidad, no soy apta para hablar de ello. Además, me parece que es uno de esos temas en los que emitir un juicio sería torpe y reduccionista. Lo cierto es que, aunque no quiera ser madre, admiro esa entrega que la maternidad/paternidad despierta en muchas personas, me conmueve ese deseo de amar a alguien como nos amaron nuestros padres o como nos hubiera gustado que nos amaran. Lo admiro porque no hay nada de eso en mí.

III

El no desear la maternidad no significa que no me gusten los niños/niñas. De hecho, disfruto mucho la compañía de mis sobrinos, me gusta ver cómo poco a poco descubren el mundo y queman etapas que otros hemos superado con el paso de los años. Entre los descubrimientos relacionados con mi persona, me divierte el impacto que les provoca descubrir el tatuaje que tengo en la muñeca y la explicación fantástica que les doy sobre el manchón indeleble. También me enternece que cuando van superando los diez años, les da curiosidad saber por qué no tengo hijos. Ante mis respuestas, me miran preocupados y me dicen lo que realmente les angustia: “¿Pero quién te va a cuidar cuando seas viejita?”. Les respondo con la mayor ternura posible, me esfuerzo por tranquilizarlos y de paso les digo que muchas veces quienes más ayudan no son parte de nuestra familia.

El hecho de explicarme ante mis sobrinos me lleva a pensar en lo errada que puede estar nuestra definición de familia. Basta prestar un poco de atención a todas esas personas mayores que deambulan solas, torpes y desorientadas las calles de nuestras ciudades. Tener descendencia o familia no es garantía de nada, por eso sigo el consejo de la banda Pulp en la canción “Help the Aged” y trato de ayudar aunque sea fugazmente a esos viejos y viejas que me recuerdan que ellos fueron jóvenes como yo y que yo seré como ellos si tengo el privilegio de envejecer. No estaría mal que nuestras redes de cuidado trascendieran las fronteras de lo familiar, sería deseable que el bienestar ajeno se sintiera como una responsabilidad nuestra también.

IV

Cada año que pasa me acerco a la edad de ser biológicamente inapta para tener hijos y ante la angustia que esto puede provocar a conocidos y extraños, me he dedicado a leer algunas novelas sobre la maternidad. He dado principalmente con algunas escritoras jóvenes que hablan del tema, pero suelen mostrar visiones extremas de lo que es ser madre. O revelan preocupaciones y sentimientos aburridamente burgueses o plantean la experiencia desde una crudeza que no invita a la reflexión sino al espanto. Y lo más simpático es que muchas de estas autoras se pierden en obsesiones personales fomentando la perpetuación del yo a través de los hijos. Definitivamente no he encontrado nada allí que me ayude en mi búsqueda.

Por fortuna, gracias a recomendaciones e intuiciones he llegado a otras novelas, películas y series que me ayudan a comprender mejor mi postura frente a la maternidad, a captar la razón por la que me empeño en ser una hija sin hijos.

  • El bebé (serie televisiva creada por Siân Robins-Grace y Lucy Gaymer).
  • Lucy (novela de Jamaica Kincaid).
  • Aftersun (película dirigida por Charlotte Wells).

Primero llegué a El bebé, una serie que oscila entre el terror, lo absurdo y lo cómico. Trata de una mujer en sus treintas que observa con desconcierto y molestia cómo sus amigas son absorbidas por la maternidad. Se siente excluida y altaneramente desestima la faceta que transitan sus amistades, pero todo cambia cuando la protagonista en una extraña y sangrienta escapada de la ciudad se encuentra a un bebé que se niega a dejar su lado. Cada intento de abandonarlo desata una serie de muertes. En esta serie la maternidad se torna jocosamente en una maldición mientras destapa interesantes reflexiones en torno a la atadura social e individual que ha significado ancestralmente el ser madre. La maternidad vista desde la serie nos obliga a pensar en los múltiples yugos sociales que nos vendría bien cuestionar con la finalidad de comprendernos mejor y buscar formas menos opresivas de ser mujer.

Unos meses después de devorar los capítulos de El bebé, me regalaron la hermosa novela Lucy de Jamaica Kincaid. En ella ser mujer significa deambular en un campo de batalla que cruza cuestiones de clase, género y raza. Allí el camino de convertirse en una persona completa y libre pasa por aprender a estar sola, a no ser el eco de nadie, a saber en qué momento dejamos de ser hijas para ser nosotras mismas. Reconocer nuestra herencia y dejar lo que nos lastima es en esta novela la clave para ser un poquito más libres.

Finalmente, el pasado diciembre la película de Aftersun me ayudó a advertir por qué me sigue rondando el tema de la maternidad. Como es una de las películas más comentadas en los últimos meses no me detendré en explicar su trama, sólo diré que me fascinó la capacidad de la directora de plasmar ese confuso momento en el que los hijos queremos salvar a los padres, aquel desconsuelo de no poder calmar su dolor, la desesperación que desata darnos cuenta demasiado tarde de que es muy poco lo que sabemos de ellos como personas.

Gracias a esta película comprendí que lo que me hace ruido de la maternidad no es el rol de ser madre en sí, sino el de ser hija. Deseo tener claro ese rol, interpretarlo sin perderme entre la responsabilidad afectiva y el establecimiento de límites. Aprender a ser hija, aceptar lo que me fue legado sin ser el eco de nadie más.

En fin, sospecho que esta reflexión sobre la maternidad es sólo una manera más de no pensar en el inevitable chequeo médico que se aproxima. Me contentaré con que el resultado siga siendo: “Todo bien… por ahora”.

Siempre habrá tiempo

Para Fer

Llevo un par de semanas escuchando los discos de Leonard Cohen mientras trabajo en la computadora. Suelo ser más productiva con otros ritmos, pero en este momento no hay música mejor para entregarme a mis monótonas, pero extrañamente gratificantes, actividades.

Cierro un mes de trabajo intenso, de pequeñas metas que alcanzar y de frenar el flujo a los pensamientos obsesivos. Hace años que no me sentía tan en sintonía. Supongo que son las rutinas y los ínfimos logros del día a día lo que nos mantiene en ruta. Tú sabes de esto, por eso hacer pan, deporte y música es tu herramienta para salir de aquel agujero que nos es tan familiar.

Es curioso, ambos proyectamos una sombra de manías y hacemos de las pilas de dudas laberintos en los cuales perdernos. Como a mí, te gusta volver una y otra vez a las preguntas sin respuesta, tentar a la angustia y observar el mundo bajo la luz menos favorecedora. No tienes miedo a la parálisis que viene después del desencanto.

Tengo la sensación de que la mayoría de las personas confunde nuestro gusto por el desengaño con tristeza. Sin embargo, comparto tu idea de que para aprender a estar en el mundo necesitamos encontrarnos contra la pared y darle la bienvenida al insomnio.

Me gustaría pensar que no hay nada más vital, más esperanzador que esta actitud ante la vida. Por eso nos agrada tanto Cohen, ese poeta atascado que se hizo monje y años después volvió para hacer las paces y cantarnos sus canciones más obscuras. Por cierto, hay una canción suya en la que no puedo dejar de pensar, se llama “Famous Blue Raincoat”. Ahora sí que la había oído antes, pero no escuchado. La historia es tan compleja y simple a la vez, esa es su belleza. En el fondo lo que me mueve es esa necesidad de lanzarle unas líneas a un amigo que por alguna razón salió de nuestras vidas. ¿Puedo decir eso de ti? Con esta pregunta me cimbra la realidad: tú ya no estás. Sin aviso, ni despedidas, sólo silencio.

Hay cosas que no tienen solución y tu silencio es una de ellas. Supongo que al igual que Cohen en la rola que traigo colgada de la mente, sólo quiero decir: “Te extraño”. Me hace falta tu amistad epistolar, echo de menos hablar de la fauna literaria que tanto nos emocionaba. Los conejos blancos de Cortázar y los gatos del Hemingway. Hablar sin ton ni son de nuestros venenos, recetas y series animadas predilectas.

Llevo meses con tus poemas en mi escritorio, los resguardo en una de mis carpetas más queridas. Darles forma de poemario es el proyecto con el que quisiera darte las gracias por tu amistad, pero fracaso cada vez que intento arrancar. Conforme recorro líneas, se forman preguntas que quiero hacerte, me dan ganas de volver a decirte que disfruté especialmente tal o cual imagen, pero la creciente tensión de los músculos de mi mandíbula me recuerda la realidad inescapable.

Siempre pensamos que tendremos tiempo, supongo que sin semejante ficción no podríamos funcionar o navegar el mundo. Pensé que habría más tiempo, más años de amistad y correspondencia.  Todo este tiempo no he dejado de pensar en cosas que contarte, me pregunto constantemente qué dirías de lo que escribo e imagino la forma que habrían tomado tus canciones.

Prometo que esta vez sí comenzaré tu poemario para terminarlo, aunque no logre quitarme la angustia de adjudicarme una tarea que nadie me encomendó ni me corresponde. No sé, siento que te lo debo, agradezco que te hayas cruzado en mi camino, aunque fuese tan efímeramente. Supongo que esa es la magia de la amistad, puede construirse a lo largo de décadas o suceder en un momento tal que dicho encuentro deja una marca para toda la vida.

Creo que al fin puedo releer tus poemas, al menos ya no me sobresalto ni me dan ganas de correr cuando veo a alguien que se te parece en la calle. Eso sí, lo haré imaginando que no he recibido noticias tuyas porque estás bien. Así solía ser, entre más feliz te sentías, más se espaciaban tus correos. Estoy segura de que me concederías esta mentira.

Hasta ahora amigo, te echo de menos.

P.

La vida en la pantalla

Acto I. La letra con tele entra

Sábado por la mañana. El cuarto de mis padres. Principios de los noventa.

No hay nadie en casa, la televisión es toda mía. Única regla autoimpuesta: evitar el canal 99. Según los rumores en la escuela en ese canal se ven escenas fugaces de “películas para adultos”. ¿Mito o realidad? Mejor no saber, lo que se dice que te pasa después de ver cosas “impropias” no lo amerita. Además, el universo adulto es aburrido.

Me gusta la televisión y no soy quisquillosa. Me he chutado hasta el funeral de Cantinflas, pero hoy es un día especial, es sábado y pondrán un programa sobre “sucesos inexplicables”. Todo lo místico y extraterrestre me fascina. Si creo en Dios, por qué no creer también en los ovnis, en seres magníficos horadando las líneas de Nasca o en gigantes prometeicos esculpiendo cabezas de piedra en la Isla de Pascua.

Esta es la última década del siglo XX y todo parece sacudirse. Se forman círculos misteriosos en campos de cultivo, los “avistamientos” son cada vez más frecuentes y en México no tardará en andar suelta una criatura llamada “El Chupacabras”.

Mientras espero a que inicie mi programa, doy un repaso a los demás canales. Algo me llama la atención: un grupo de niños ataca al que parece más débil, lo empujan y muere. Están en una especie de isla, no hay adultos y pese a lo que acaba de suceder ninguno parece afectado. Después de unos minutos de comerciales reinicia la transmisión y me entero de que la escena pertenece a una película basada en El señor de las moscas de William Golding.

Me atrapa la historia, comprendo la violencia entre niños. No hace mucho, Roberto, un compañero de clase con quien no recuerdo haber cruzado palabra, se acercó a mí a la hora del recreo para empujarme. Al parecer lo hizo porque “le gusto”. Me levanté del suelo como si nada, no sentí dolor, sólo una injustificada vergüenza. Los gritos de la “Miss” me hicieron percatarme de que mi brazo derecho imitaba la curva de una carretera, estaba fracturado.

No sé qué pensar de los niños, me desconcierta no conocer las razones por las que actúan como lo hacen. Los adultos están ahí, pero no ven o quizás simplemente en el fondo sigan siendo niños con disfraz de papás.

Gracias a este programa de TV se abrió en mi mente una nueva ventana para observar el mundo. El resumen en imágenes del libro de Golding me respondía muchas de las cosas que no comprendía de mi vida cotidiana (la violencia gratuita, por ejemplo). Ordenó y desordenó las ideas y explicaciones que le daba a las acciones de los otros.

Nueva afición: ver programas sobre libros. Las uvas de la ira, El gran Gatsby, La letra escarlata. No entiendo del todo de qué van los libros, pero intuyo significados, sentidos y conexiones.

Acto II. El infinito “continuará”

Vacaciones de verano. Finales de los noventa. La escalera de casa de mis papás.

Me he vuelto experta en leer cosas que no comprendo. Escuché a uno de mis hermanos decir que compró el libro El extranjero porque explica algo de la canción “Killing an Arab” de The Cure. Leí el libro del señor Camus, hay arena y un crimen.

Acabo de tomar prestado otro libro de mi hermano Rogelio: Generación X de Douglas Coupland. Me llama la atención porque en estas vacaciones David (mi otro hermano) y yo rentamos la película Reality Bites y justo hablan de esa dichosa “generación X”. Me gustó mucho la peli, sale el actor tan guapo de Antes del amanecer y la hace de pareja de una bellísima actriz con nombre extraño: Winona. Cuando sea grande me quiero cortar el cabello como ella.

Reality Bites se centra en los amores y desamores de un grupo de amigos recién salidos de la universidad. La protagonista está perdida, no sabe qué se supone que debe hacer con su vida. Sus amigos tienen trabajos mal pagados y siente miedo de encontrarse en la misma situación. Todos rechazan el acartonado mundo adulto, buscan su libertad, pero también están muy asustados. Tienen miedo del SIDA, de la rutina, el desempleo, de convertirse en sus padres o de decepcionarlos.

La película me hizo comprender que “crecer” no se limitaba a casarse y tener hijos, también era una promesa, una búsqueda, un infinito “continuará”. Pero ¿qué es lo que creen que van a encontrar? ¿Cuál es la meta? ¿Cuándo podemos decir: “he llegado”? Quiero respuestas, un mapa que me guíe y ayude a sortear las trampas en las que veo caer a los adultos que me rodean, por eso tomé el libro de Coupland.

Generación X no se parece a ningún otro libro que haya leído, trae viñetas cargadas de humor ácido y un delirante glosario en los márgenes. El libro cuenta la historia de unos jóvenes que me parecen sumidos en la depresión, el enojo y la frustración. A veces yo también me siento así, no sé explicarlo.

Uno de los muchos “conceptos” inventados por el autor se me quedó grabado:

Punto de engorde: Puesto de trabajo pequeño y abarrotado hecho de paneles desmontables y ocupado por miembros poco importantes del personal. Llamado así en recuerdo de los pequeños cubículos de los mataderos utilizados por la industria cárnica.

Yo no sé qué quiero, pero ciertamente no me apetece convertirme en una res con mirada perdida, engordando mientras espera la muerte. Una vez más un libro me da pautas para navegar los días.

La globalización y la cultura de masas me permite identificarme con algo escrito para un público de clase, nacionalidad y edad muy distinta a la mía. Se olfatea ya el cambio de siglo.

Acto III. (De)generaciones

Una mañana en la cafetería de la preparatoria. Año 2001.

Todos se arremolinan frente a la televisión, vemos una y otra vez caer las Torres Gemelas en Estados Unidos. Algunos festejan el “golpe” al país vecino, otros sollozan y yo no sé qué pensar. Me angustia un poco no distinguir si las imágenes son reales o escenas de una película. Me inquieta lo entretenido que nos resulta todo esto.

Mi personalidad cada vez está más clara, soy una persona pesimista pese a todos mis esfuerzos por ser más ligera o alegre. Consumo sin orden o mesura todo producto audiovisual que se pueda etiquetar como alternativo. Películas como El Club de la pelea o Corre Lola corre, canciones como Do the Evolution o la caricatura Daria refuerzan mi óptica sombría.

La noción de la generación X me hace sentir cobijada, pero al mismo tiempo me aleja de lo que me rodea. Me siento desilusionada del mundo adulto y no existo dentro de las aulas o los pasillos de la escuela. No sé qué está mal conmigo, ¿salí defectuosa? No le digo a nadie que me siento como el cantante de Radiohead en el video “No Surprises”. Me ahogo, pero no quiero que mis hermanos me delaten, no quiero decepcionar a mi papá, no quiero hacer llorar a mi mamá.

No alarms and no surprises / no alarms and no surprises/ silent

Acaba de empezar el siglo y siento que mi mundo se cae a pedazos. Dramatismo adolescente, no cabe duda. Todos seguiremos adelante sin darnos cuenta. Continuarán las crisis económicas, pero nos harán sonreír las promesas de bienestar y el internet. Tendremos el juego de la viborita en los celulares, Napster y pasaremos cada vez más tiempo en el reino de la www.

Acto IV. (Neo)nostálgicos

Miércoles por la noche. Cafetería en la Colonia Portales. Año 2023.

Tengo las uñas un poco moradas por el frío, pero no quiero volver a casa sin corregir el artículo que me acaban de dictaminar. Los comentarios son positivos, pero solicitan algunas modificaciones. Para la elaboración del texto recurrí al libro Zeitgeist Nostalgia de Alessandro Gandini. Me gustó, hay frases e ideas que hacen eco en mí.

Gandini habla de las cafeterías abarrotadas de gente trabajando, teniendo juntas o con la cara sumida en la computadora. Tomando café de una taza o vaso que parece inagotable. Plantea que hoy trabajar mucho no necesariamente significa tener un empleo. No puedo evitar pensar que el presente que vivimos se parece poquísimo a lo que imaginé que iba a ser el futuro, mi vida adulta.

Quizás hoy no vería con tanto desprecio un trabajo en un “punto de engorde”, tendría un salario fijo, aguinaldo, odiosas fiestas de oficina, uno que otro jefe cretino, pero también estabilidad, quizás hasta seguro de gastos médicos y jubilación. Qué bien nos vendría un poco de esa vida aburrida que abrumaba al Thom Yorke que cantaba No Surprises. “El vato literalmente se estaba ahogando en una pecera con agua”, pienso.

Qué paradoja, ¿no? En tiempos ilegibles y violentos en el que nuestras vidas penden de un hilo, estabilidad y monotonía suenan a paraíso en la tierra. Lamentablemente, las cartas están marcadas, tenemos poca incidencia en el asunto sin importar el pensamiento “positivo” que nos quiere imponer el mindfulness, el coaching y la ideología del emprendimiento.

Ser adultos no resultó ser como temíamos, sino un poco peor. Entramos a la vida adulta, inexpertos y anhelantes como cuando se entra al mar. Pero ese mar nos revuelca en cuanto nos sentimos confiados. Nos hace girar 180 grados hasta que rozamos el fondo con los dedos y nuestras piernas revolotean hacia el cielo. Ser adulto es el trago de agua salada (y sucia) que deja un ardor que te recorre desde la nariz hasta la parte de atrás de la cabeza. Es una aguamala lacerante en Puerto Marqués.

Lo único que me reconforta es el hecho de que ésta no es una experiencia exclusivamente generacional, pienso que más bien es un fenómeno universal y ahistórico. Una especie de hambre existencial que siempre ha acompañado al ser humano sin importar época o condición. Es como si cada uno de nosotros fuera dotado al nacer de su propio mar obscuro y subterráneo, un abismo que no vemos, pero intuimos. ¿De qué hablan si no de esto La región más transparente de Fuentes, El primer hombre de Camus o el cuento Bienvenido Bob de Onetti? Bueno, no sé, puede ser que siga sin entender los libros que leo.

Vuelvo la vista a las hojas sobre la mesa. Es tarde y tengo frío. Mejor cierro este asunto y me voy a avanzar en los pendientes de mi segundo trabajo. No me quejo, es lo que hay y me basta.


Dejo unas canciones para acompañar el texto 👇

El lado B del amor

A

¿Qué es el amor? ¿La irrefrenable fuerza que te hace correr tras una persona? ¿Es un salto al vacío? ¿Un abandono de uno mismo? ¿Dónde habita el amor? ¿En los grandes gestos? ¿En demostraciones públicas de afecto o arreglos florales?

Si bien desde niña comprendí lo que era el amor dentro del entorno familiar, poco sabía del amor romántico. El primer retrato idealizado de una pareja enamorada me lo regaló la televisión cuando mientras cambiaba los canales me topé con la película Antes del amanecer (1995).

No la empecé a ver desde el inicio y no comprendía del todo de qué hablaban los protagonistas, pero mi recuerdo de la trama es el siguiente: un joven estadounidense viaja en tren (es la primera vez que sale de su país) y allí conoce a una chica francesa con la que comienza a platicar sobre libros, música y, obviamente, el amor. El joven parece querer sacudirse las expectativas que los demás han depositado en él. En la mirada de la chica vislumbra una puerta hacia su “verdadero yo”. Ella es mucho más culta que él, lo cuestiona y aleja de los márgenes de lo conocido. Miradas anhelantes, camaradería y sonrisas colman cada uno de sus momentos juntos.

La escena que recuerdo más claramente se desarrolla en una tienda de discos en la que hablan risueñamente sobre cantantes y bandas para finalmente entrar a una cabina para escuchar a Nina Simone (de esto último no estoy segura, quizás mi memoria me engaña). Cada día que pasa los acerca a una separación inminente, pero justo en este momento donde el amor empieza a tornarse amargo, tuve que apagar la tele porque mi mamá me pidió que le ayudara con alguna tarea doméstica. Para mi mala suerte, no volví a encontrar la cinta a pesar de que durante los días que siguieron estuve atenta a la programación.

Aunque nunca conocí ni su principio ni fin, esta película de amor juvenil me marcó profundamente. Comencé a pensar que el amor era algo que nacía inesperadamente, algo sin explicación que dependía en gran medida de la casualidad. A la luz de Antes del amanecer enamorarse era viajar, charlar, compartir música y libros, caminar por la ciudad. El amor significaba una posibilidad de descubrirnos a nosotros mismos a través de la mirada de otro ser humano.

Con este primer conjunto de pistas sobre el amor navegué durante mi adolescencia y fui agregando otras referencias que iban desde la trágica historia del Dr. Zhivago, pasando por el complicado amor de Leilana y Troy en Reality Bites, hasta llegar a John Cusack con gabardina y grabadora en Say Anything.

Unos años después, ya en la universidad, me entusiasmé al ver anunciada la secuela de Antes del amanecer e invité a mi mejor amiga a verla. En esta película el par se reencuentra por casualidad en París. Los dos cargan con más de un fracaso amoroso y sus vidas adultas se muestran distintas a lo que ellos soñaron, pero el amor y Nina Simone son nuevamente la antesala de la felicidad. Recuerdo que salí contenta del cine, la historia me seguía atrapando (algo que no sucedió con la tercera parte de la saga).

Y cómo no iba a hacer eco en mí esta versión del amor si en mis 20´s pensaba que éste habitaba en todas las tardes de lluvia o en cualquier mirada furtiva. No por nada encontraba en películas como Alta Fidelidad, Allegro, Los paraguas de Cherburgo o Noches Púrpuras el lenguaje que componen lo que llamo para mí misma “el lado A del amor”.

¿A qué me refiero con “lado A”? Bueno, lo relaciono con las dos caras que tenían los vinilos o los casetes. En el lado A de los sencillos musicales se ubicaba la canción que tenía más probabilidades de convertirse en un éxito, mientras que el lado B solía contener canciones secundarias de relleno que supuestamente carecían de ese punch de la canción principal. Si bien las caras A realmente contenían las canciones más pegajosas y que más rotaban en la radio, existieron lados B que superaron el éxito de la canción principal y sin los que la historia de la música sería otra. ¿Qué sería de nosotros sin lados B como Hound dog de Elvis Presley, Green Onions de Booker T & The MG´s, Revolution de los Beatles, You Can´t Always Get What You Want de los Rolling o We Will Rock You de Queen?

Bueno, a lo que quiero llegar es que como en los sencillos musicales, el amor tiene (como mínimo) dos lados: uno vistoso, emocionante y lleno de luces. Y otro un poco más peliagudo, complejo o menos ligero. El “lado A” lo suelo pensar como ese primer momento de descubrimiento y emociones desbordadas y el “lado B” es lo que viene después de los primeros meses o años del enamoramiento, otra forma de amor con tiempos o intensidades distintas. Tengo la impresión de que la cultura de masas, al menos con la que yo crecí, le ha dado más tiempo al primer lado del amor. Son pocas las películas que nos hablan de la monótona vida en pareja o relaciones de largo aliento, salvo que sea para hablarnos de la destrucción misma del amor o de “segundas oportunidades”.

En mi caso, el “lado A” del amor me inclinó a enamorarme de todo y de nadie al mismo tiempo. Y más que encontrarme, me da la impresión de que me perdí. Quizás por ello no he vuelto a ver Antes del amanecer a pesar de que tengo el DVD en casa. Sospecho que este cuento de amor que tanto significó para mí, hoy me parecería chocante y un tanto ridículo. Prefiero conservar el relato que me he hecho de él con todo y sus huecos, dejar intacto aquello que sirvió de base para mi mito personal del amor romántico.

B

¿Y si hubiese tomado la llamada? ¿Y si la vergüenza no me hubiera impedido decir lo que sentía? ¿O si el orgullo no me hubiese impedido pedir perdón? ¿Qué tal si lo hubiese apostado todo? Una infinita variación de preguntas de este tipo suele atormentarnos a lo largo de la vida adulta. Es una inclinación a internarnos en el agreste terreno del “Si hubiera”.

La incógnita de lo que no fue o de lo que podría ser nos acecha e impide que hagamos las paces con nuestras decisiones. Imaginamos otras vidas, latitudes o amores como si dentro de nosotros se ocultara un sinfín de personas, como si nuestro rango de movimiento y experiencia fuese infinito. No obstante, considero que lo que nos seduce de la sonrisa de una persona desconocida no es lo que ofrece en sí (atención, amor, pasión, ternura, compañía), sino lo que puede “desbloquear” en nosotros.

En repetidas ocasiones creemos que una nueva historia amorosa puede servirnos de hoja en blanco para poder dibujar un “yo” más cercano a nuestros deseos. A nadie le gusta sentirse atrapado o estancado, por ello recurrimos a la fantasía, coqueteamos con el dulce sueño de la posibilidad, el arrebato y la novedad. Nos reconforta pensar que tenemos opciones y que probablemente los malestares que padecemos no son del todo nuestra responsabilidad, simplemente estamos con la persona equivocada o necesitamos un cambio de aire.

Sin embargo, el amor como redención no necesariamente es la mejor forma de reconciliarnos con la realidad. En todo caso depositamos una serie de expectativas y responsabilidades en una nueva relación o persona. Este amor como evasión placentera puede transformarse rápidamente en un mar en el que nos diluimos.

Reconozco que la dimensión del “Si hubiera” en pequeñas dosis puede darnos ánimo para enfrentar el día a día, pero en exceso puede devenir en un mecanismo para ocultar un hecho doloroso pero innegable: somos mucho menos de lo que quisiéramos, no nos caemos tan bien a nosotros mismos (al menos no todo el tiempo) y somos mucho más aburridos de lo que nos gustaría pensar.

La monotonía, las batallas por nimiedades, los reclamos y las cuentas pendientes son parte indisociable del “lado B” del amor, y no nos gusta observarlo detenidamente porque pone en evidencia algo que nos incomoda: nuestros límites. Tengo la hipótesis de que cuando se habla de estar cansado de la pareja o de una relación amorosa, en realidad estamos cansados de nosotros mismos, estamos aburridos y optamos por taparnos los ojos mientras saltamos a un torbellino emocional.

Puede que suene a una versión empobrecida del amor, pero más bien se trata de comprender la complejidad, ciclos y espacios del amor. Vivir por etapas el “lado B” del amor no es la muerte de éste, sino su continuación con otro ritmo y colores. Abrazar las diversas caras del amor sirve para reeducarnos sentimentalmente, aprender a confiar en que los momentos en los que falta sincronía son pasajeros, a reconocer que la crisis existencial de la otra persona no siempre es una afrenta contra la vida compartida, a tener claro cuando terminamos nosotros y comienza el otro, a pedir tiempo para perderse y a tener paciencia cuando la otra persona necesita encontrar su propio camino.

En fin, ésta es mi experiencia que para nada tiene que ser compartida o deseable.

P.S. Y como todo lo paso por el filtro musical, acá dejo mi playlist de ambos lados del amor.

Dis(gusto) musical. Notas sobre el pop y la memoria

I.

Cuando no tenía idea de quién quería ser, y mucho menos de quién era realmente, fue en la pantalla de televisión donde encontré un lugar para eludir lo que sí tenía claro que no me gustaba. Básicamente, construí mi personalidad en oposición a una serie de expectativas sociales, me hice adulta en permanente estado de batalla. No es el camino más sabio hacia el autoconocimiento, en todo caso es agotador, pero cuando estamos extraviados lo primero que debemos saber es de qué nos queremos alejar.

De niña sólo escuchaba la música que se oía en mi casa. Durante los fines de semana daba oídos sin reparos a las canciones predilectas de cada uno de los integrantes de mi familia. Una selección que incluía por igual a Trigo Limpio, los Beatles, Juan Gabriel, Metallica, Yanni y los Doors.

Fue hasta la primaria cuando empecé a desarrollar lo que yo llamaría un “disgusto musical” propio. Empecé a reaccionar negativamente a cierta música y recurrir a cualquier cosa distinta a eso que me provocaba repelús. Mi primer “disgusto” fue provocado por el frenesí mediático de las boy bands, simplemente las detestaba. Por suerte, esa misma industria de entrenamiento que hacía que mis coetáneas perdieran la cabeza y sus “domingos”, me brindó una forma de escape: el brit pop.

Mi camino hacia el “pop bueno” (Jarvis Cocker dixit) estuvo plagado de minas explosivas. Primero, llegué a lo más comercial: las Spice Girls y su sencillo If You Wanna Be My Lover. Sin ser mi ideal musical, la actitud de estas inglesas me parecía más atractiva que la de alguien como Fey y mucho menos melosa que cualquier canción de Savage Garden. Nunca tuve un disco de las Spice, supongo que dentro de mí sabía que no eran lo mío, aunque debo confesar que sí obligué a uno de mis hermanos a que me llevara al cine a ver Spice World.

Mi primera estación hacia el pop británico fue vergonzosa, pero pasajera. Muy pronto, gracias a las “listas de éxitos” y “top 10” de videos musicales en MTV, descubrí a Oasis y a Blur. Dos bandas cuya enemistad me provocó varios dolores de cabeza puesto que mi ingenuidad me hacía pensar que tomar partido era necesario, como si mi opinión les importase un comino. Pero bueno, esa es la magia de los fans, nuestra lealtad nos hace sentir parte de “algo”. Durante varios años este tema me obsesionó e iba cada tanto al Sanborns para hojear las revistas Q y Mosca con el objetivo de seguir las trifulcas entre Damon Albarn y “los Gallagher”.

Viví esta rivalidad entre Blur y Oasis con una intensidad tan ridícula como aquella que la generación de mediados de los sesenta experimentó durante la guerra entre las tribus mods y rockers. Aunque hoy admito que Blur es superior musicalmente, en ese momento concluí que Oasis era mejor banda a un nivel emocional y comencé a imitar la vestimenta de Liam Gallagher: rompevientos con cuello Mao, lentes redondos a la Lennon, playera del Manchester (pirata, claro) y botas una o dos tallas más grandes para que se vieran “toscas”. Esta fue la primera de varias metamorfosis musicales que experimenté a lo largo de mi búsqueda por un gusto musical propio.

Mi segundo cambio de piel se dio al inicio de mi adolescencia, etapa en la que necesitaba música para no escuchar a los demás y canciones para ahogar esos pensamientos que me hacían sentir en los márgenes de mi propia vida. Así apareció Korn, una banda de un-metal gringa cuyas letras me eran casi incomprensibles pero que me gustaba porque desconcertaba a los adultos que me rodeaban. No se necesitaba ningún conocimiento del inglés para percibir la violencia y enojo contenido en los alaridos del vocalista. Aunque nunca pude copiar el look de la banda porque parecían salidos de un comercial de la prohibitiva marca Adidas, sí usé pants aguados cuyas deshilachadas bastillas proyectaban una imagen tan desprolija que sacaba úlceras a mis padres.

La ira se sosegó en mi tránsito a la preparatoria y retomé mi marcha hacia el “buen pop”. Empecé a escuchar a Eagle Eye Cherry, los Strokes, Pulp, Stone Roses, Julieta Venegas, Texas y a otras artistas de eso que llamaron el girl power. En esta nueva etapa aparentemente más luminosa de mi vida, intenté degrafilarme el cabello como Björk, me lo pinté color zanahoria como Sheryl Manson (vocalista de Garbage) y abusé del delineador negro en los ojos. Ésta fue mi última mutación musical que pasó por cambiar mi forma de vestir o actuar.

Rememorando parte de mi accidentado camino hacia la adultez y la evolución de mi «disgusto musical», encuentro fascinante la manera en la que vaciamos etapas completas de nuestras vidas en bandas, géneros musicales o canciones que nunca podremos desligar de “ese” momento. La música también es el lugar donde habitan nuestros “yos” del pasado, una dimensión inalterable en la que persiste la memoria.

II.

Es martes por la noche, estoy en mi cafetería favorita y ni el frío me desanima a ocupar la mesa que está en la banqueta. Siempre he venido sola y planeo que siga siendo así, temo que cualquier cambio en mis hábitos trastoque la magia de este rincón. Es mi lugar para leer o escribir porque la selección musical es idónea para estas labores: puro postpunk. Sin embargo, hoy que es un día especial porque estoy a unas páginas de terminar Pop bueno, pop malo de Jarvis Cocker (vocalista de la banda Pulp), la música que sale de la bocina es la de alguna lista de éxitos de los ochenta y noventa: Brian Adams, Tears for Fears, Bananarama, los B52´s y Roxette.

Esta variación en la música me desconcentra, siento la tentación de refugiarme en mis audífonos y reproducir las canciones que he descargado en el celular para casos de emergencia. Pero justo cuando estoy teniendo esta ridícula batalla interna, el semáforo de la esquina más cercena al café cambia a rojo, obligando a un repartidor de Rappi a detener su moto. Inmediatamente reconozco la canción que lo hace menear la cabeza de un lado a otro y lanzar una sonrisa a algo o alguien que los demás no podemos ver. Se trata de Careless Whisper de George Michael, una canción sobre engaño que muchas veces ha pasado por rola romántica. Después de unos minutos, el semáforo pasa a verde y esta persona se aleja alegremente por la avenida. Sin darme cuenta, ahora también yo sonrío.

Me bastó esa brevísima escena para recordar lo importante que es la música con la que crecimos, reímos o lloramos. Ésta, aunque sea por unos minutos, revoca las leyes de gravedad, nos hace flotar por encima de los problemas, regalándonos un momento de consuelo y disfrute.

Guardo mis audífonos y abrazo la idea de escuchar sin muecas estos éxitos del ayer. Aunque no es música que reproduzca por motu proprio, conozco la letra de la mayoría de las canciones y casi todas me recuerdan situaciones, personas y emociones que hoy son parte de mi pasado. Esta música es una especie de banda sonora no autorizada de mi vida.

El libro de Jarvis Cocker me ha hecho recordar que mientras crecemos estamos expuestos a una infinidad de influencias musicales que, nos guste o no, se quedan en nosotros para siempre, nos habitan (¿o las habitamos?) y son parte importantísima del conjunto de accidentes, circunstancias y vivencias que nos forman.

La vida es un sueño (analógico)

La necesidad de trabajar, las fechas de entrega y las horas facturables nos obligan a navegar entre los dos extremos del día. No importa si somos personas más productivas bajo el efecto de la primera taza de café o bajo una luz artificial encendida a medianoche, la vida adulta nos hace adaptarnos y aprendemos a dominar nuestro sueño. Sin embargo, pese a esos horarios artificiales, la mayoría de las personas tendemos a pertenecer a la tribu de los madrugadores o a la de los noctámbulos. Yo soy miembro del primer club, lo mío es la “desmañanada”.

Desde que iba a la primaria he encontrado en la penumbra matutina una suerte de rebeldía y de alegría secreta que no puedo disociar de los primeros chispazos de mis obsesiones y sueños. La primera vez que me desperté conscientemente a horas en las que todos dormían fue para estudiar para un examen sobre placas tectónicas. Después de planchar mi rasposo uniforme de escuela oficial, extendí mi cuaderno sobre el “burro” y me senté en la orilla de la cama.

Eurasia: zona geográfica que se extiende desde España hasta China. Esta área comprende los continentes de Europa y Asia unidas. Es la masa continental más grande del mundo.

¿Era la sed de conocimiento la que me motivaba a repasar a esas horas? Para nada, simplemente el día anterior había preferido jugar en lugar de estudiar. Paradójicamente, fue la irresponsabilidad la que hizo posible que creara el hábito y disciplina de levantarme temprano.

Así, la madrugada rápidamente se convirtió en una grieta en el tiempo que era sólo para mí, un momento en el que yo existía fuera de la mirada adulta, un espacio en el que creaba un mundo secreto, y por tanto, muy mío. Ese estar despiertas a horas en las que debía estar durmiendo, también me puso en contacto con el “enajenante” mundo de la cultura de masas que tantas úlceras le sacó a los pensadores de la Escuela de Frankfurt.

Mientras cursaba la secundaria la buena fortuna me sonrió y mis papás me dejaron tener una televisión en mi cuarto. El flechazo con la “caja idiota” fue inmediato: el zumbido que emitía al encenderse y los segundos de explosión que llevaban a la barra de colores estáticos, servían de portal hacia otro mundo que me arrancaba de mi habitación.

No me importaba el programa que se transmitiera, disfrutaba incluso cuando ponían el himno nacional y más de una vez miré un críptico programa de discusión política en el que se hablaba de partidos, elecciones, crisis económicas y muchas otras cosas que hasta la fecha sigo sin comprender del todo. Me divertía jugar a ser adulto, escuchar palabras irreconocibles y estudiar los gestos en exceso histriónicos de los comentaristas. Pero este juego era la antesala del verdadero ocio: ver caricaturas.

Mi devoción a la Santa Trinidad (Don Gato, La Pantera Rosa y Los Picapiedra) llegó a tal grado que comencé a dormir con el uniforme puesto para exprimir al máximo esos momentos frente a la televisión. No tardaron en descubrirme alguno de mis papás, pero pese al regaño producto de mis estratagemas, este pequeño percance no interrumpió mi affaire con la pantalla chica.

Mi adicción sólo empeoró con los años, alcanzando su cumbre con la llegada de la tele por cable. En especial, fue el arribo de MTV lo que me trastocó para siempre con esos comerciales bizarros y programas desquiciados que hoy serían políticamente incorrectos y sólo serían transmitidos por algún canal de YouTube. No me queda duda de que fueron los videos musicales los que me condenaron. Esa cámara y narrativa tan característica de los noventa, la sobrexcitación visual, la fascinación macroscópica, la aceleración y la sucesión de planos fueron parte de la magia negra que me mostró otros universos, transformándome de manera radical.

Como muchas personas de mi generación, soy producto de las crisis político-económicas y de la cultura de masas. Son incontables las lecciones de vida que me brindó la televisión. Mucho de lo que pienso sobre el amor, la música, la literatura, el arte y el mundo proviene de la pantalla chica. Sonaría mejor decir que mi educación sentimental se remonta a mi lectura de los clásicos y no a las horas que pasé viendo Viajeros en el tiempo o Scooby Doo, pero sería una impostura.

Estoy plenamente consciente de que la televisión y la industria del entretenimiento masivo tienen aspectos muy negativos como la reproducción de visiones clasistas, sexistas y racistas del mundo. Puedo afirmar que esta cultura fomentó en mí expectativas irreales de la vida, promovió desórdenes alimenticios e incluso es “culpable” de mi primera borrachera solitaria a los 14 años. Pero en estos tiempos en las que florecen discursos moralizantes en contra de la industria del entretenimiento, prefiero concentrarme en lo positivo de ésta. La cultura de masas no sólo significa enajenación en beneficio de los poderes e intereses dominantes, también ha poseído un potencial libertario que en más de una ocasión se ha sabido aprovechar.

La televisión estimuló mi curiosidad e imaginación, puso el mundo a mi disposición, significó una herramienta a la vez de proyección, así como de creación de identidad… en resumen, me parece que me ha hecho más bien que mal.

Y bueno, se suponía que este largo romance con la cultura de masas serviría para hacer un texto breve, pero sin querer se ha convertido en una serie de textos sobre las dimensiones desconocidas que me develó la llamada, inmerecidamente, “caja idiota”: el amor, la música, el cine y la literatura.

Mi perseguidor y yo

No sé cuándo fue la primera vez que su presencia me perturbó. Sin duda llevaba años en construcción, pero las largas temporadas en casa durante la pandemia me impidieron apreciar los toques finales que lo hicieron sobresalir. Estoy hablando de un rascacielos que me sigue a donde voy. Su existencia me malhumora.

Si bien la zona en la que vivo cuenta desde hace años con infames city towers y condominios por todos lados, hasta ahora ningún rascacielos había interrumpido tanto mi panorama. Lo veo cuando estoy en la universidad, cuando voy a la librería, lo observo desde la azotea, lo distingo de reojo cuando camino al parque o cuando voy al cine. Me molesta poder verlo a kilómetros de distancia, en puntos tan diversos de la ciudad. Pero más allá de esta antipatía por un edificio que ni siquiera sé dónde se ubica, creo que mi relación con él puede servir como metáfora de la reacción que tenemos frente a los procesos de gentrificación.

Muchas veces depositamos nuestra ira en el lugar equivocado. Nos desagrada el homogéneo estilo global que asociamos con la gentrificación. Nos disgustan las terrazas que invaden la banqueta e impiden el paso de peatones, los locales de cerveza artesanal o la panadería vegana con precios prohibitivos. Creemos que los enemigos son el barista con su café de especialidad, los extranjeros que rentaron un departamento a través de Airbnb o cualquier persona con tez más blanca que la mayoría de los habitantes de la zona. Y si bien es probable que estas personas tengan una mejor posición económica, no son los culpables de la gentrificación. Ellos no son los billonarios que desarrollan la ciudad, ni tienen un puesto en el gobierno, ni impulsan la «revitalización urbana».

Insisto, colocamos en el lugar equivocado nuestro enojo. Es como cuando culpamos de todo al neoliberalismo. Es cierto que éste tiene la culpa de muchos males contemporáneos, el diagnóstico es correcto, pero es reduccionista y a la vez demasiado abstracto. Esta mirada, aunque direccionada hacia el lugar correcto, está desenfocada y provoca que ignoremos la presencia de alternativas. Nos sentimos bien al indignarnos, pero fácilmente perdemos el impulso de imaginar alternativas frente a las trayectorias actuales.

La geógrafa feminista Leslie Kern recomienda no obsesionarnos con los síntomas de la gentrificación, y sugiere, en cambio, seguir el rastro de dinero que deja este proceso. De lo contrario, perdemos de vista el esquema financiero y las dinámicas de poder que permiten la gentrificación.

Yo al depositar mi atención en ese odioso rascacielos, desatiendo lo que sucede en mi propia demarcación. Hace unas semanas, por ejemplo, se hizo pública la existencia de un “cártel inmobiliario” en la Alcaldía Benito Juárez, cuyos miembros son parte de la cúpula capitalina del conservador Partido Acción Nacional. Este grupo durante más de 15 años ha recibido sobornos millonarios a cambio del otorgamiento de permisos de construcción ilegales. Funcionarios, constructores, inmobiliarias y empresarios están involucrados en el escándalo. Terrenos cuyo uso sólo permitía la construcción de tres niveles de edificación y nueve viviendas, son hoy condominios de siete niveles con 24 viviendas.  

Pero, en corto, ¿qué es la gentrificación? Bueno, ésta es una estrategia urbana global cuya finalidad es expandir nuevos mercados. Y los jugadores son: un Estado empequeñecido que incentiva el lucro de particulares, corporaciones, bancos, inversionistas privados, agencias de bienes raíces, constructoras, inversión extranjera, así como funcionarios públicos corruptos.

Nuestra relación con la gentrificación es complicada. Damos la bienvenida a algunos cambios, mientras tememos otros. En mi caso, si bien me alegra que se planten más árboles, me da muy mala espina cuando se levantan bardas en espacios públicos como estrategia contra la delincuencia.

Para aclarar nuestro rol dentro de este complejo proceso urbano, Leslie Kern recomienda hablar de las maneras en las que nos afecta directamente. Ella sugiere dos:

  1. Afecta a quienes son físicamente desplazados de la zona, ya sean reubicados a la fuerza o al no poder pagar rentas al alza.
  2. Tiene un impacto en la calidad de vida y sentido de pertenencia de quienes permanecen. En este caso, los lugares pueden ser menos rentables o diversos culturalmente, se pueden privatizar los espacios públicos, se encarecen los servicios básicos, escasea el agua y aumentan los espacios vigilados.

Kern habla de estas dos afectaciones, pero reconoce que cada proceso de gentrificación tiene sus particularidades y que las consecuencias específicas dependen de cómo las personas están situadas en relación con sistemas de poder como género, sexualidad, raza, clase, edad, etc. También advierte sobre la facilidad de caer en la trampa de romantizar a los residentes originarios o demonizar a los recién llegados.

Pese al imperante sentimiento de desposesión que nos provoca la gentrificación, como individuos tomamos decisiones sobre cómo actuar dentro de los sistemas de poder. Y en este sentido, Kern recomienda identificar el rol que jugamos en lo que Deepa Iyer llama “el ecosistema del cambio social”. La finalidad de este ejercicio es observar los espacios profesionales, personales, educativos, geográficos, religiosos, sociales, institucionales e informales en los que nos movemos. Éstos son nuestras esferas de transformación comunitaria a un nivel muy básico, pero concreto.

Podemos tomar decisiones responsables de consumo, defender espacios públicos, denunciar el alza de rentas u hostigamiento por parte de arrendadores, solicitar la creación de más comedores comunitarios y de refugios para gente sin hogar. Incluso, tomarnos cinco minutos para conocer a nuestros vecinos, puede ayudarnos a comprender que los problemas que consideramos individuales son también comunitarios y, con un poco de voluntad, podemos crear relaciones de cuidado, fondos comunitarios y cooperativas. Quizás así, podamos contribuir a que todas las personas gocemos del derecho humano de contar con un hogar.