Lecturas involuntarias, o la belleza de la biblioteca pública

I

Con la temporada de lluvias llegaron mis impulsivas visitas a la biblioteca pública. Una tarde de regreso de la oficina, tramitar mi credencial me pareció una necesidad inaplazable. Llamé, me dieron informes y media hora después ya estaba caminando sobre la calle Riff. Tenía ocho años cuando visité por primera vez la Biblioteca Francisco Zarco. Mi madre me llevó después de clases, y lo que recuerdo es sujetar su mano mientras me explicaba el uso del enorme fichero de cajones infinitos. Me maravilló saber que esos números y palabras plasmados en las fichas sirviesen de puertas al mundo. Ese día empecé a creer que con un poco de paciencia, es posible capturar unos instantes el mundo, clasificarlo y atesorarlo –así como yo hacía con las hojas de los árboles que encontraba en mis expediciones infantiles.

A partir de esa primera visita a la biblioteca los libros pasaron a ser mi herramienta para  transitar la vida. Todo lo que he hecho ha estado filtrado, de alguna u otra manera, por un libro. Cuando comencé a tener dudas sobre lo que me rodeaba y sobre mí misma, un libro siempre me acompañó. Quizás no era el libro adecuado y sus claves podían estar erradas, pero me daba un terreno firme para avanzar, para asomarme al mundo y disminuir el peso de la inadecuación.

Desarrollé una temprana compulsión por leer todo lo que tuviese a mano. Leía cualquier cosa, sin criterio alguno. Desde los ingredientes enlistados en la caja de cereal, los dramones de Corín Tellado, los manuales de química de mis padres, los booklets de los discos, los chistes de la revista Selecciones, la colección de pulps que me prestaba mi tío, el libro del Apocalipsis y hasta el método de la BBC para aprender inglés. Para mí, todas esas lecturas desordenadas eran parte de un juego de exploración en el que me preparaba para lo que iba a vivir. Creo que desde entonces supe lo más valioso que ofrecen los libros: con muy poco te hacen sentir que tienes algo totalmente tuyo.

También desde pequeña comprendí que los libros son una caricia, una manera de comunicar amor. ¿Cuántas veces no regalamos un libro para que alguien sepa que lo comprendemos? ¿O cuántas veces no hemos prestado un libro con el deseo de que se acerquen un poco a nosotros? Los libros son un lenguaje afectuoso que permanece a través de los años. Por ejemplo, aquel tío que me prestaba sus pulps y novelas sobre rebeldes sin causa, nunca ha dejado de regalarme libros que intuye que me podrían gustar. Incluso ahora que ya no vivimos en la misma ciudad y lleva años sin poder leer debido a su pérdida de visión, me llama cada domingo a las 4:25 pm para recordarme que no me pierda un programa televisivo sobre libros que ambos disfrutamos. Rara vez nos decimos “te quiero”, pero no hace falta, tenemos los libros.

II

Lo primero que noté al llegar a la biblioteca fue que el anuncio de la fachada decía “Bibioteca”, y parecía que desde hace años a nadie le había dado por buscar la “l” extraviada. El edificio se ve viejo, es una de esas construcciones ochenteras que en su momento quisieron anunciar prosperidad, pero que al final sólo son un recuerdo de crisis de fin de siglo. Con esto en mente, trato de encontrar la placa con la fecha de inauguración, pero la bibliotecaria me saca de mi marasmo con un “buenas tardes”. Me acerco al mostrador y le muestro mis papeles. Me dice que podré iniciar el trámite, pero que pasarán varias semanas antes de que me puedan dar una credencial. No se esfuerza en dar alguna excusa, pero nota mi decepción y se apura a decirme que aun así puedo llevarme libros a casa.

Subo al primer piso, echo un vistazo a los estantes y no me desanima el adelgazado acervo. Al contrario, paso casi una hora repasando con atención los lomos. He reconocido ediciones y colecciones que también estaban en casa de mis padres o de mi abuela. Enciclopedias, diccionarios, antologías de poesía, ediciones de clásicos de la literatura universal, tomos sobre culturas antiguas y varias reliquias del Fondo de Cultura Económica. Sin darme cuenta me dejo guiar por una renovada curiosidad infantil y comienzo a elegir libros al azar. Me impulsa la necesidad de leer, nada más. Tomo dos libros de poesía, acaso el género que me es más ajeno. Me emociona leer de nuevo por necesidad y no por deseo.

 Conforme bajo los escalones hacia el mostrador, vuelvo a mí, frunzo el ceño y me sacudo el polvo que acumularon mis manos en la expedición. ¿Será que le entendí mal a la bibliotecaria? Seguramente, ¿en qué mundo me van a dejar llevarme libros así nada más, sin credencial? Pero ella anota los títulos y mi nombre en un post it. Me entrega los libros, los guardo bien para que no los moje la lluvia y salgo del edificio con la agradable sensación de que de vez en cuando, quizás de formas minúsculas, se gana.

III

Me apena un poco afirmar que todo lo que sé, lo sé gracias a los libros. Pero es así, tengo una innata torpeza para la vida y los libros han sido mis vasos comunicantes con lo que me rodea. Los libros me permiten nombrar lo que no entiendo, son una forma de orden en medio del caos.

He leído libros para comprender la adolescencia, el duelo, la fe, la pérdida de la fe, el deseo, la ira, la desesperanza, la enfermedad, el dolor. Sé que la realidad no está apretujada entre las páginas, pero muchas veces me ha reconfortado leer que alguien más (a siglos de distancia) se sintió acosado por las mismas preguntas que me quitan el sueño. Cada página me hace sentir más acompañada y desdramatiza mi situación al regalarme algo de perspectiva. Los libros son el recordatorio perfecto de que todos padecemos, envejecemos, fracasamos, soñamos, inventariamos el pasado y atesoramos el futuro.

IV

Escribir, hacer libros, me parece una de las más bellas y descabelladas empresas humanas. Me parece hermoso que alguien dedique su tiempo a poner en palabras lo que le deslumbra o destroza. En especial admiro a la gente que hace poesía, me parece un arte inalcanzable y sin duda demasiado complejo para mí. Quizás por esa admiración me he alejado de la poesía, me angustia no entenderla.

Sólo ahora, que vuelvo cada tanto a la biblioteca pública a leer libros de manera mucho más intuitiva, he podido disfrutar de la poesía. Algo entiendo y lo demás lo intuyo, y se siente bien que así funcione. Sospecho que leer poesía se me está haciendo un hábito y me gusta. Al fin comprendo que la poesía puede ser la hoja que se agita con el viento, el beso robado o el barquito de papel que un niño abandona en la banca del parque.

V

Hace unas semanas un amigo me invitó a compartir con sus estudiantes algunas herramientas para escribir dentro del ámbito universitario. La pregunta central era: ¿Cómo escribir? Después de dos horas en las que les platiqué mi experiencia y les mostré mi caja de herramientas para atacar la hoja en blanco, me quedé con la sensación de que la pregunta importante, al menos para mí, era en realidad otra: ¿Para qué escribir? Y para eso no tenía respuesta. No sabría decir qué sentido tienen las horas que le dedico a pensar, ordenar y enredarme con las palabras.

Sé que no escribo porque quiera ser escritora, ni porque tenga algo particularmente brillante que decir y tampoco poseo un estilo que merezca ser desarrollado. Entonces, ¿para qué escribir? Después de algunos días dándole vueltas, creo haber llegado a una respuesta: escribo porque escribir es mi manera de vaciarme del mundo. Si leer es mi herramienta privilegiada para internarme al mundo, la escritura es el salvoconducto para escapar de él.

No soy de las personas que cuentan lo que han soñado,  incluso cuando despierto con la necesidad de hacerlo. Siempre he tenido la sensación de que al contar los sueños se pierde algo en la traducción, algo se escapa y termina deslavando los colores, aminorando las sensaciones y forzando un orden que no existía en el sueño. Sin embargo, muchas de las cosas que me preocupan u obsesionan sí las cuento, y escribo sin chistar porque justamente utilizo esa pérdida de sustancia a mi favor. Es decir, confío en el hecho de que al escribir sobre algo, ganaré distancia. Al tratar de traducir, clasificar o encapsular algo que me angustia o duele, confío en que perderá fuerza.

Me gustaría pensar que escribo para caminar un poco más ligera. Sin pretensiones, sin sueños de grandeza y sin deseos de permanencia. Escribo porque así puedo renunciar a temas que me agobian, puedo poner un punto final a asuntos inagotables, porque en cualquier momento tomo una hoja en blanco y empiezo de nuevo.

VI

Esta semana me llamaron para avisarme que por fin puedo ir a recoger mi credencial de la biblioteca. Me tardé treinta años en tenerla, pero supongo que este era el momento en el que me hacía falta. Sólo ahora puedo explicar que los libros me dan un provisorio centro de gravedad dentro del mundo y que escribir me permite soltar ese cable a tierra cuando necesito liberarme de él.

Autorretrato

Nací el año del desastre de Chernóbil, del Mundial de Fútbol en México y del estreno de Blue Velvet. Tengo dos hermanos, ambos mayores que yo. Pese a nuestras máscaras adultas, nos queremos como antes. Mis abuelos ya fallecieron. Mis papás siguen vivos y no estoy lista para vivir en un mundo en el que no estén. Desde pequeña algunos de mis sueños transcurren en una ciudad que me inventé. Sus plazas, calles y límites poco han cambiado con las décadas. Mi primer refugio fue la ficción. Las películas y la literatura tienen mejores tramas que la realidad. Planté un árbol cuando era niña, alcanzó más de 6 metros de altura, pero hace unos años le cayó un rayo y se quemó. En la preprimaria me fracturé el brazo y no me di cuenta. Mi maestra gritó e improvisó un cabestrillo. A veces tengo la impresión de que camino las mismas líneas que mi abuela o que me envuelven las mismas tardes que a mi madre o que mis colecciones son las mismas que las de mi padre. No sé por qué me sorprende, todos estamos hechos de los demás. Antes odiaba el aguacate, ahora me gusta. Antes amaba el queso, hoy soy intolerante a la lactosa. Detestaba el color rosa, ahora lo uso porque me sienta bien. Soñaba con lanzarme de un paracaídas, hoy me da miedo la altura. Extraño la sensación de despertar sin saber qué día es. Me gustan más los perros que los gatos. Prefiero el café al té y el pan dulce al pastel. Me gusta trabajar en la cama, como Onetti. Me gusta la Navidad y el Día de Muertos. Disfruto más aprender que enseñar. No tengo película, libro o álbum musical favorito, es un despropósito forzarse a elegir. En las calles tranquilas, cierro los ojos unos segundos y sigo caminando. Es un riesgo placentero. Me da miedo ver mi reflejo en el espejo cuando las luces están apagadas. Le sonrío a la gente en la calle, es un gesto contra la penumbra. Soy individualista, pero creo en la comunidad. Tengo asuntos pendientes con varias personas. No los resolveré, ya no soy la misma que los dañó. Tengo pocos amigos, pero son los que necesito. Soy agnóstica pero cuando siento pánico viene a mi mente la oración que hacía de niña. Desde hace más de una década amo a la misma persona. Es la persona con la que habito y comento el mundo. Somos afortunados. Todavía no tengo canas, pero me han salido manchas y arrugas. Me fracturé tres dedos mientras jugaba con mi sobrino, me di cuenta tres meses después. Tengo los dientes incisivos inferiores chuecos, mi perrita Avellana también. Estoy haciendo cosas que debí haber hecho de niña o adolescente. No me da vergüenza. Me gustaría vivir en una ciudad de Bulgaria. Me conformo con vivir cerca de una calle que se llama Bulgaria. Todos los días tomo café en la misma taza. Todavía envío postales. Detesto los grupos de WhatsApp. Mido el tiempo en canciones. Tengo alta tolerancia al dolor, pero lloro fácilmente. Se me dificulta recordar el nombre de las personas. No me gustan las matemáticas. Me cuesta trabajo leer la hora y diferenciar la izquierda de la derecha (cuando no se trata de ideología). Echo de menos las monografías y el sarcasmo. Me gusta escribir, todas las personas deberían de escribir más. Bailo cuando estoy sola. Uso el mismo perfume desde la preparatoria. Prefiero el frío al calor. Me gusta el trabajo académico, pero no la academia. Publiqué un libro, llegó una pandemia. Investigo porque me gustan las novelas de crimen. Viajo por la alegría que me da volver. Recuerdo naderías y olvido lo importante. Durante dos años pensé que tenía 36 años. Este fin de semana cumplo 38.

En los márgenes del descanso

The fact that the body is lying down is no reason for supposing that the mind is at peace. Rest is far from restful.

Séneca

Hace unos meses me comprometí a entregar un breve texto sobre el descanso. Pensé que, si lograba desmenuzar el significado de la palabra, aprendería a descansar. Pero no fue así, sólo gané consciencia de lo difícil que es parar.

Terminé el texto hace varias semanas pero me quedaron estas notas al margen escritas en momentos y estados de ánimo distintos.


Aceite de lavanda, melatonina, ruido blanco, CBD, tapones para los oídos, Lexotan, ejercicios de respiración, Clonazepam, meditación, té caliente, almohada nueva… estos son algunos de mis trucos fallidos para dormir. Nada me funciona.

Llevo veinte minutos acostada, no encuentro una posición cómoda. Mi almohada comienza a rebelarse, se irrita y desarrolla un chipote del lado derecho. Mis ojos se han acostumbrado a la obscuridad. Distingo a la perfección las líneas del clóset, la lámpara, la ventana, el bulto de ropa sin acomodar. Comienzan los murmullos.

 ¿Por qué no levanté la ropa antes de acostarme? ¿Apagué el gas? Otra vez olvidé llamar a B. El calor es insoportable ¿Y si tiembla? ¿Por qué me pareció buena idea vivir en un cuarto piso? ¿Y ese zumbido? No es el refri ni el regulador.

Me levanto sin prender la luz y paso 5 minutos dando vueltas hasta que descubro que el sonido viene de afuera. Me asomo a la calle y miro hacia la esquina que emite el ruido. Por unos instantes me relajo y observo las banquetas vacías. Mientras una polilla vuela en círculos bajo la luz de un poste, calculo cuántas horas faltan para que inicie el día.

El diagnóstico es claro, el trabajo precario reduce la calidad y esperanza de vida. Pero la solución es más difícil de centrar y en lugar de discutir la relación entre precariedad laboral y el sistema económico neoliberal, los esfuerzos se han decantado por la creación de nuevas tecnologías del descanso y del bienestar. Se han desarrollado apps para monitorear los hábitos de sueño, se han puesto en el mercado lámparas cuya luz promueve el descanso, se ha aconsejado reducir el tiempo en pantallas, se ha discutido sobre los mejores sonidos para conciliar el sueño y se han popularizado prácticas como la meditación o el napping.

Miguel Ángel Hernández ha escrito sobre la importancia de hacer de la siesta un hábito. No es un libro científico ni nada por el estilo; es un texto literario que ve en la pausa del trabajo una rebelión contra el tiempo productivo del capitalismo. El tipo me parece inteligente, así que intento incorporar la siesta en mi rutina.

Tengo quince minutos libres antes de entrar a una reunión de Zoom, así que cierro la computadora e intento tomar una siesta. No pasan ni treinta segundos y ya me llegó una notificación al celular. A la segunda vibración, lo levanto. Con el celular en la mano no puedo evitar abrir mis redes sociales.

El algoritmo sabe que llevo algún tiempo obsesionada con el descanso y satura mi pantalla con publicidad de tecnología del sueño. Me venden colchones, canales de meditación, el libro del “Club de las 5am”, el método para despertarse sin alarma, la técnica del sueño controlado y medicamentos naturistas. Intercalados entre los anuncios, veo reels de Keanu Reeves y publicaciones tanto de amigos como de desconocidos.

El tiempo de descanso se va agotando, así que deslizo más rápido como en busca de algo. Ante tantas sonrisas, frases motivacionales y certezas no puedo evitar pensar que los demás no sólo tienen el tiempo de vivir, también tienen el tiempo de disfrutarlo, reflexionarlo y publicarlo. Yo sé que no es del todo así, pero no importa. Ya me abrazó la sensación de estar al margen de mi propia vida. Lo peor de todo es que no estoy al margen por una razón admirable. No es que esté criando a alguien, ni se debe a un abrumador éxito profesional o a una vida de voluntariado. Estoy al margen porque tal parece que no puedo con la carga mínima de un adulto medianamente funcional.

Ya se consumieron mis quince minutos. Me levanto y dejo el celular a un lado de la computadora. Tomo los audífonos, me enderezo y abro el enlace para mi reunión.

No es de extrañar entonces que la Revolución Industrial provocase la reducción de los periodos de reposo y la intensificación de la fatiga en los obreros (hombres, mujeres y niños), quienes cumplía jornadas laborales cercanas a la esclavitud. En cambio, entre las clases acomodadas se popularizaron nuevas formas de descanso como los retiros y las estancias de reposo fuera de las urbes para convalecientes, melancólicos o víctimas del spleen. Tendrá que llegar el siglo XIX para que los movimientos obreros logren la reducción de las jornadas laborales y el descanso comience a formar parte del imaginario de la clase obrera. Para Corbin (2022), el gran siglo del descanso se extendió entre el último tercio del siglo XIX y la mitad del siglo XX, un periodo de alegorías y sueños con playas, paseos, balnearios y vacaciones que se plasmaron en las pinturas impresionistas.

Conforme avanzo en mi investigación, confirmo que la humanidad lleva siglos entre la autoflagelación y la búsqueda de una mejor relación con el descanso. Me sorprende encontrar lugares comunes y frases que hasta la fecha moldean nuestra forma de descansar. Hay una en particular que me es muy familiar: “Ya descansaré cuando me muera”. Cuántas mujeres no la han dicho en tono enfadado ante la insistente invitación al descanso. Yo me la he dicho a mí misma cuando ya no puedo más. La frase funciona como magia, me transporta a un estado que llamo “piloto automático”. Gracias a este mecanismo sobrevuelo rachas de mucho estrés. Quizás el único defecto de mi “piloto automático” es que recuerdo poco de esos periodos. Así me he perdido de juntas de trabajo, reuniones familiares o charla con amigos. Si bien estuve ahí, no estuve del todo presente.

Cuando estoy agotada tiendo a seguir un guión de lo que debería decir, hacer o sentir ante tal o cual situación. Gracias a esta interpretación de mí misma siempre salgo del paso. Sin embargo, en los últimos meses me he sentido tan cansada que los demás comienzan a notar mis ausencias y olvidos. Pregunto cosas que ya me han dicho. Noto su irritación, extrañamiento y confusión. Siento vergüenza, intento disimular lo mejor posible y me disculpo por el despiste. En el fondo sé que es algo mucho más grave. Mi piloto automático se ha averiado. Pero ante esta nueva situación de descontrol no opto por bajar el ritmo, más bien comienzo a exigirme más y a anotar todo obsesivamente para no olvidar ningún detalle.

Una constante perceptible desde la Antigüedad hasta antes de la Reforma, es que el descanso era exclusivo de los dioses y por ello, como plantea Alain Corbin (2022), durante casi dos milenios teólogos, predicadores, fieles y pastores compartieron una misma obsesión: el descanso eterno. Porque si el descanso terrenal era inaccesible, tendría que haber algo más que justificase el trabajo, el sacrificio y el sufrimiento. Y ese algo era el descanso eterno, lo único a lo que podían aspirar los mortales. De ahí que se planteara que la vida terrenal no era relevante y que la recompensa del sacrificio y dedicación a Dios era el descanso que sólo llegaría con la muerte. El descanso en esta época estaba desvinculado de lo material y del tiempo presente, como explicaba en el siglo XVII el célebre obispo francés Jacques-Bénigne Bossuet en su sermón sobre la muerte. Sin embargo, esta lógica temporal y la sobreestimación del tiempo eterno sobre el terrenal se trastocó en el siglo XVIII con la llegada de la Revolución Industrial. El tiempo presente y terrenal pasó entonces a ser tan importante como la eternidad.

Hoy entregué los proyectos que tenía pendientes. Es viernes por la tarde, cierro la computadora y me acuesto en la cama. Hay silencio y tengo todo para sentirme satisfecha. Aun así no puedo descansar. ¿Por qué no puedo descansar? ¿Esa es la pregunta correcta? ¿No será mejor preguntarme si en realidad quiero descansar? Qué tal si lo que necesito en realidad es trabajar más para algún día hacer el inemuri como los japoneses y presumir mi cansancio, lucirlo como una medalla. Y es que nunca he descansado tan bien como cuando he trabajado hasta el límite de lo que me es posible. Así que si no puedo descansar, debe ser porque todavía tengo energía para aprovechar. Es momento de sacar la lista de pendientes, asumir nuevas responsabilidades, planificar y afrontar nuevos retos.

Nada más pienso en trabajar más y me doy cuenta de que mi descanso queda muy lejos del inemuri. Sé lo que me pasa después de trabajar obsesivamente. Mi descanso se parece más a una depresión. Duermo mucho, no quiero salir de casa ni ver a nadie. Mi recuperación física siempre va acompañada de una pérdida de sentido. Después de haber logrado algo, me comienzo a preguntar qué propósito tuvo y no encuentro motivos para levantarme de la cama.

Descansar es enfrentarnos a nosotros mismos, aburrirnos de nuestras vidas, cuestionar nuestras decisiones. Durante el descanso algo nos carcome, en su silencio percibimos esa obscuridad y tristeza que siempre ha estado ahí. O al menos siempre ha estado ahí para mí. Recuerdo que de niña odiaba las tardes de domingo, porque anunciaban el regreso a una rutina sin sentido, eran la antesala del reinicio infinito de la semana. Ante ese sentimiento que todavía no lograba nombrar, lo único que se me ocurría hacer era asomarme a la ventana que daba a la calle y esperar a que algo pasara.

En estos días he leído un libro del historiador Alain Corbin en el que recupera a varios autores para reflexionar en torno a los domingos. Corbin escribe que por ahí de 1860, Jules Vallés sugería que el domingo siempre es aquel de nuestra infancia. Un día vacío, triste, pálido y tremendamente largo. Al menos así es para muchos niños y para aquellos individuos que se inclinan a la tristeza o a lo que Baudelaire llamó a veces ennui y otras spleen.

Me angustia la posibilidad de que mis tardes de domingo (y por tanto, mi descanso) siempre sean las de mi infancia. Esta idea me obliga a reconocer que pongo mucho empeño en forjar una armadura contra el vacío. Y la verdad es que ya no sé si estoy deprimida porque trabajo mucho o si trabajo mucho para olvidar que estoy deprimida.

Como se ha planteado hasta ahora, el trabajo no sólo es un elemento del sistema económico y productivo, también funciona como ideología. En su dimensión ideológica, el trabajo moldea las necesidades y deseos humanos, justifica el sufrimiento y el esfuerzo, contribuye a la construcción de la identidad individual y perfila la percepción que se tiene del mundo y su funcionamiento. Es decir, el trabajo no sólo produce bienes materiales, también crea subjetividades. El trabajo es un problema de producción y reproducción de la identidad individual. El peso de la vocación-profesión sigue presente en el siglo XXI. El dilema es que pese a las permanencias del discurso ideológico del trabajo, en términos concretos, éste ya no brinda lo mínimo para que la clase trabajadora viva dignamente y mucho menos para que acceda al descanso.

Hace semanas que me siento agotada. Estoy cruzando un nuevo límite. Ya no se trata de la conocida gastritis o colitis, ahora me siento mareada todo el tiempo y mi vista está cada vez peor. Es todo tan extraño que me pregunto si el estrés o el cansancio pueden provocar ceguera. No sé si esto es una neurosis o el asomo de un colapso nervioso. Cada película que veo siembra un pensamiento obsesivo, cada playlist que pongo me deprime y cada libro que leo me descoloca.

Decido dejar de trabajar y darme un tiempo para caminar e ir a un café a leer. Llevo un libro de Mariana Enríquez. Tomé ese libro en específico porque no tengo muchas ganas de leerlo. Creo que será una lectura “segura”. Leo los capítulos en desorden y sin estrategia alguna.

A los 15 minutos de lectura me topo con este párrafo:

“No sé decir que no porque tengo miedo de que no me llamen más, de ninguna parte. Porque tengo miedo a quedarme sin trabajo y que, luego por castigo cósmico (…) no vuelva a aparecer ningún trabajo. Ni lindo ni feo ni grato ni gozoso ni insoportable: ninguno…, eso es uno de mis terrores pánicos, la catástrofe, la miseria, la vida en una habitación de la casa de mis padres, el desprecio y la inutilidad, el castigo, por no haber gozado, por insatisfecha, por ingrata”.

No puedo contenerme, percibo cómo me desbordo sobre el libro, sobre la mesa, sobre todo lo que me rodea. Me da pánico ahogarme en ese sentimiento.

Trato de controlarme, al menos lo suficiente para pedir la cuenta. Me tomo de un trago el resto del café y salgo incapaz de ocultar mi turbación. Escucho a las meseras cuchichear a mis espaldas y camino más rápido. Me siento ridícula y cansada, pero decido volver a pie a casa aunque es de noche, hace frío y me tomará 40 minutos llegar. No es que me angustie tener que explicar mi turbación, es simplemente que no quiero estar en ningún lugar.

Pongo música en mi celular. Jeff Buckley me desliza una frase que me ofusca: “Too young to hold on and too old to just break free and run”. En el borde desde el que me encuentro no puedo evitar pensar que esa frase describe cómo me siento: atorada en una edad extraña.

De camino a casa, veo a un chico cerca de la parada del trolebús acomodando los cartones sobre los que dormirá esa noche. Esta imagen me hace recordar el artículo de periódico que decía que 12% de las personas en situación de calle en la Ciudad de México cuentan con estudios universitarios. Me pregunto por las circunstancias que los llevaron a esa situación e imagino cuántos sueños no cumplidos tendremos en común.

La clase trabajadora contemporánea no se encuentra muy lejos de esa autodestructiva relación con el trabajo. Byung-Chul Han (2024) advierte que en las sociedades del siglo XXI prima un apego al trabajo provocado por el miedo a quedar sin empleo. Dicho temor fomenta un ambiente altamente competitivo y de absolutización del rendimiento que quiebra el sentido de comunidad. Cada cual está concentrado en su propia batalla laboral y está dispuesto a aceptar peores condiciones pues sabe que alguien más estará dispuesto a tomar su lugar. El sistema neoliberal propaga el miedo para incrementar la productividad y sus ganancias. Miedo a fracasar, miedo a no seguir el ritmo, miedo a no cumplir las expectativas propias o ajenas, miedo a perder lo que se tiene y terminar en la calle.

Llevo más de dos meses sin tomar Clonazepam. A veces duermo, otras no. Está bien, me estoy acostumbrando. Si bien me siento cansada casi todos los días, al menos no siento la sutil cruda de los fármacos. He escrito mucho, pero llevo meses sin publicar. También me he distanciado de esas amistades que no resisten las ganas de decirme que debo hacer más porque me estoy “desperdiciando”.

 Estoy cansada de escuchar, de coleccionar problemas ajenos, de ofrecerme voluntariamente como soporte emocional, de dar respuestas que en realidad nadie quiere escuchar. Si alguien me necesita, aquí estoy. Simplemente ya no quiero que todo mi tiempo sea el tiempo de los demás.

No tengo nada resuelto, me sigo cargando de pendientes y a veces me dan ganas de llorar sin razón, pero al menos ya no me siento orgullosa de mi cansancio. Al menos sé que la vida que quiero tener es incompatible con el ritmo de trabajo que he llevado desde hace tiempo.

Vivir de otra manera es difícil porque es difícil pensar de otra manera y, a su vez, es difícil pensar de otra manera porque es difícil vivir de otra manera. Pero ante este hecho, se puede optar por al menos dos estrategias: 1) luchar por derechos sociales y laborales e 2) imaginar nuevos modos de vida. Esto último es clave, porque si la imaginación confina nuestras prácticas, necesitamos soñar otras temporalidades y realidades que resistan a las hegemónicas. Repensar la noción de descanso no se circunscribe a estilos de vida o ética laboral, el descanso agrupa, por ejemplo, reivindicaciones de género y raza. En este sentido, luchar porque el descanso sea un derecho promueve el cambio social y combate la precariedad.

Diciembre

I

Mi abuela falleció en diciembre de 2021. Me siento en paz con su muerte, con nuestra historia. Si acaso, sólo de vez en cuando me invaden imágenes vibrantes, pero confusas, de los últimos meses de su vida. Mi suéter rosa, el patrón floral de las sábanas, los calcetines de color pistache, algunas manchas de pintura de óleo, el olor a detergente, un florero azul.

Después de dos años, mi madre cerró una primera etapa de luto y decidió esparcir las cenizas de mi abuela al pie del rosal del jardín. Mis padres y yo hemos planeado un almuerzo para marcar discretamente la fecha. Me ofrecí a preparar una quiche de papa y poro, un platillo “neutral”, sin pasado para nosotros. Me levanto temprano para cocinar, pero la tentación de un segundo café es mayor. Necesito doble dosis de cafeína. Ayer pasé el día horneando galletas con mi mamá y me duele el cuerpo. Hacer galletas es nuestra tradición decembrina. Podríamos no hacerlo, pero cada año estamos ahí: pesando harina, extendiendo masa, buscando cortadores, y escuchando música mientras vigilamos el horno.

Antes de comenzar a picar las papas, pongo un audiolibro sobre literatura y locura. El tema me es indiferente; lo he elegido por su brevedad. A principios de año me autoimpuse un reto de lectura un tanto ridículo que cumpliré a marchas forzadas con ayuda de los audiolibros. Estoy por preparar la “masa quebrada” cuando una voz en español neutro anuncia el final del libro. Dejo lo que estoy haciendo y exploro los títulos que he guardado en el celular. La cantidad de minutos es mi único criterio y empiezo a reproducir un texto cortísimo de Annie Ernaux. Preferiría escuchar otra cosa. El impacto que me produjo la escritora cuando comencé a leerla va desapareciendo y comienza a fatigarme esa escrutadora mirada sociológica que la caracteriza.

El libro se llama No he salido de mi noche. Aunque sé que el tema central es la enfermedad de la madre de Ernaux, no le doy importancia a reproducirlo justo en el aniversario luctuoso de mi abuela. Me siento satisfecha ante mi ecuanimidad. ¿Por qué habría de afectarme una experiencia tan lejana a mí? Mi madre tiene algunos achaques, pero está sana. Y en cuanto a mi abuela, hicimos lo que pudimos. Lo tengo todo claro… ¿no?

No pasan ni diez minutos, y empiezo a incomodarme. El recuento de las visitas de Ernaux a su madre enferma es parco, pero devastador. No hay adornos literarios en sus descripciones, como tampoco los hay cuando nos enfrentamos al deterioro físico y mental de alguien cercano. La línea entrecortada con que Ernaux narra ese periodo, remueve escenas congeladas en mi mente. Sin aviso se me amontonan imágenes que por sí solas no tienen un significado, pero que unidas desprenden dolor, vergüenza y miedo.

No puedo creer que la experiencia de Ernaux se asemeje tanto a lo que pude presenciar como una de las cuidadoras de mi abuela. No puedo creer que los pensamientos más violentos y culposos de la autora se parezcan tanto a los que yo tuve. La vergüenza me marea.

Siento que llevo horas paralizada en la cocina, escuchando a Ernaux describir las manías de su madre y de otros ancianos que vivían en el sanatorio donde estaba internada. La obsesión por estirar las sábanas hasta dejarlas lisas, el regreso a las canciones infantiles, la necesidad de enumerar y acomodar, las visitas de niños imaginarios, los berrinches, el olor y peso de un cuerpo enfermo, el abandono del pudor, y la necesidad de tocarlo todo, incluso lo invisible. Me es tan familiar.

Me descolocan las estampas que da Ernaux. Son cosas que vivimos con mi abuela y me aterra escuchar sus pensamientos más sinceros sobre el cansancio que le provocaba cuidar a su madre. Ernaux enuncia cosas que yo jamás podría decir en voz alta; tengo la sensación de que alguien hubiera hurgado entre mis secretos, y expuso lo peor de mí.

Después de un golpe de culpa, vuelvo a mí. Pienso que el problema no radica en la incapacidad de manejar nuestras emociones cuando se cuida a alguien, sino en que apenas conversamos sobre las dimensiones más pedestres de la vejez. Quizás, por no hablar de la vejez, cuando la enfrentamos no tenemos ni idea de cómo sobrellevarla ni sobrevivirla sin desazón.

Son pocas las ocasiones en las que las mujeres nos desahogamos y expresamos la mella que provoca cuidar de los demás (escribo mujeres porque histórica e injustamente las tareas de cuidado recaen sobre nosotras). Y cuando lo hablamos, no tardan en asomarse los sentimientos de culpa, cansancio, incluso dolor que palpitan detrás de cada palabra que dejamos escapar. Por un lado, no queremos delatarnos y aceptar que cuidar a alguien a ratos resulta insoportable. Y por otro, buscamos proteger el recuerdo de nuestro ser querido, como si el periodo de enfermedad o degradación sólo hubiese sido un mal sueño que al que es mejor no volver.

En un punto del libro, Annie Ernaux se reprocha su incapacidad de conmoverse o llorar frente a las expresiones de deterioro más penosas de su madre. Admite que, cuando estaba con ella, no sentía nada. Sólo después de salir del sanatorio, al alejarse de su madre, era capaz de llorar, de “volver a estar”. Me parece tan transparente lo que dice la autora, y me pregunto: ¿por qué nadie nos advierte que habrá rachas en las que vivamos con una extrañísima desconexión el sufrimiento de nuestros seres queridos?

Pienso que dicha desconexión nada tiene que ver con ser insensible o egoísta. Se trata, más bien, de un instinto de preservación que permite no estar del todo en los instantes que más duelen. Porque sin esa parálisis de los sentidos, sin esa distancia, no soportaríamos el sufrimiento de ver cómo muere de a poco alguien que amamos. Simplemente no podríamos volver al día siguiente a cuidarla.

No hay gran misterio. De hecho, es bastante simple: nos da miedo la muerte (la propia y la ajena). Y cuando cuidas a alguien que está muriendo, es como caminar sobre arenas movedizas: o das pasos sigilosamente o andas a prisa para no hundirte. Nada tiene de mezquino o innoble entumecerse ante las señales de brutal degradación de una persona que queremos. A veces resulta más fácil fingir que todo estará bien, aunque en el fondo estemos conscientes del engaño.

II

Hoy me ha quedado claro que no tengo las cosas resueltas. En una bizarra cinta de Moebius, la relación con mi abuela es también la relación con mi madre, y ésta, a su vez, es la relación conmigo misma. Los pasados, presentes y futuros están conectados por una hebra de sentimientos y vivencias. Todas hechas de la misma materia, todas carne y huesos.

No puedo dejar de pensar en el tradicional vínculo madre-hija que comienza con la crianza y termina con la vejez, en esa complicidad inexplicable sobre la que se van tejiendo capas. Cariño, vergüenza, alegría, violencia, ternura, dolor, apego, miedo, necesidad, amor… todo enmarañado.

Me asusta pensar en la cuesta arriba que vendrá, tarde o temprano, con mis padres. ¿Seré capaz de encontrar un equilibrio? ¿Podré cuidar sin consumirme? ¿Podré evitar la desconexión? ¿Seré empática pese al agotamiento? ¿Me quebraré cuando se sientan perdidos y nada les dé consuelo?

No soy partidaria del amor incondicional hacia los familiares y creo que la familia que vamos construyendo con los años es tan importante como la de origen. En más de una ocasión he puesto en práctica con mi familia aquella máxima de Selva Almada de que la distancia es también una forma de querer. Curiosamente, esa misma distancia que me hace parecer lejana a sus ojos, me permite tener consciencia de lo que en unos años irremediablemente llegará y de la persona que quiero ser en ese momento.

Me doy cuenta de que necesito madurar, aprender a ser una hija adulta, sin apegos feroces ni amores infantiles. Aceptar que de un día a otro se tejerá una cortina invisible que me separará de mis padres, que estaremos en la misma habitación y seré incapaz de alcanzarlos porque, al igual que la madre de Ernaux, no podrán salir de la obscuridad y el aislamiento que conllevan la vejez o la enfermedad.

Debo dejar de querer a mis padres como una niña. Si no lo hago, me romperá el corazón si rechazan mis muestras de afecto o si son violentos conmigo. Si no aprendo a quererlos de otra forma, no tendré la templanza para ver sus capacidades menguar, ni la fuerza para cuidarlos con empatía cuando su identidad esté hecha trizas y no podamos reconocernos.

Me angustia no madurar lo suficientemente rápido. Quiero ser capaz de encontrar en mí la ternura que mis papás necesitarán en su obscuridad, y para ello debo evitar que un amor infantil me paralice y encierre en mi propio cuarto obscuro. Por muy bobo que suene, necesito aceptar que mis papás no cumplirán la promesa que me hicieron de niña: no podrán cuidarme siempre. Creo que sólo así los sostendré mejor cuando lo necesiten.

No me es fácil esto de aprender a ser hija y batallo para no dar pasos en falso. Hasta ahora sólo tengo claro que, por el momento, aprender a querer a mis padres de otra forma pasa por no empeñarme en hacerles notar sus despistes, no abrumarlos con cosas que no pueden resolver, escuchar con paciencia las mismas historias, recibir sin reparos las muestras de afecto y aprovechar que todavía no hay cortinas invisibles que nos impidan vernos. 

Cicatrices

I

Hay etapas y sucesos que dejan cicatrices. Existe un antes y un después de “aquello” que nos pasó, o al menos eso nos gusta pensar. Desde la Antigüedad los seres humanos desarrollamos el gusto de contar historias: amor, aventura, venganza, deseo, terror o dolor eran, y son hasta el día de hoy, algunos de los temas que entretenían a nuestros antepasados.

Entre estas historias que son mezcla de ficción y realidad, se encuentra el relato que contamos de nosotros mismos. No importa si nuestra memoria no es exacta o si exageramos ciertos aspectos del pasado, lo primordial de estos relatos del “yo” es que la sucesión de momentos vividos se teja de una manera más o menos coherente y se confeccione una imagen de lo que creemos que somos, de nuestra identidad.

El relato que elaboramos sobre nosotros mismos puede permanecer inalterable durante décadas. Podemos explicar nuestro origen, presente y futuro a partir de episodios que nos cambiaron la vida. Esos “sucesos” que nos marcan no tienen una naturaleza determinada, todo se vale, desde una ruptura amorosa, la pérdida de un trabajo, la muerte de un ser querido o sobrevivir cualquier tipo de violencia. Son innumerables las cosas que nos pueden transformar o quebrar.

Yo llevo casi dos décadas contándome la misma historia sobre mi tránsito a la adultez. Un relato que me suena cada vez más desgastado. A continuación, lo simplifico y exagero un poco:

“Siempre fui solitaria, nunca me sentí parte de algo, me rompieron, tuve miedo, estaba llena de ira, la pasé mal, decepcioné a quienes me querían y me decepcionaron de vuelta, fue mi rabia lo que me permitió hacerme de un lugar en el mundo.”

Sé que algo de ese relato es cierto, lo experimenté así y es parte de mi historia. Una travesía nada excepcional, casi todo ser humano ha vivido cosas similares. Pero mi dilema actual con este recuento de mi juventud es que ya no encuentro en esa historia alguna singularidad con la que me identifique. Muchos años pensé que esa combinación de experiencias me había convertido en la adulta que soy; y sí, pero hoy es sólo un fragmento de una historia mucho más extensa.

La brecha que separa el relato que confeccioné sobre mí misma y quién creo ser hoy, me parece más notable cada día. Siento que ha pasado mucha vida desde que ciertas cosas me “marcaron”. Sin embargo, me he aferrado inconscientemente al recuento de ese primer proceso de construcción/destrucción de mi identidad. No creo ser la única que ha caído en esta trampa del pasado, por algo florece tanta nostalgia por la infancia, adolescencia o primera juventud.

Hace unas semanas, entre pizzas y cerveza, el tema de conversación se centró unos instantes en aquellos “acontecimientos” que nos habían cambiado la vida. Al llegar mi turno de responder, dudé un instante, y antes de articular algo, mi mejor amiga se adelantó a mencionar el par de cosas que suelo decir que me trastocaron. Quizás fue el hecho de escucharlo en otra voz lo que hizo más punzante esa incomodidad que me provoca hace tiempo mi historia de “tránsito a la adultez”. Eso que hace años fue una herida inocultable, ese resentimiento y furia, hoy no habitan más en mí. Tal vez era el momento de dejar de rumiar sobre esa chica perdida y triste que ya no soy. Su historia no me pertenece más.

II

La ficción que construí sobre mí misma la traduje en algo bien palpable. A los pocos días de recibir la credencial de mayoría de edad, fui al local de tatuajes que me quedaba camino a la universidad. Esa fue mi primera decisión adulta, una no muy sabia, es cierto; pero llena de significado para una joven desesperada por encontrarse. Fui sola y el chico que me atendió tuvo el bondadoso gesto de advertirme más de una vez sobre el estigma que en ese entonces pesaba sobre las personas tatuadas. Me recomendó que me tatuara en un lugar menos visible, no en la muñeca, porque eso limitaría mis posibilidades de trabajar en un banco u oficina. Ante mi negativa, no le quedó más que pasarme el catálogo de tatuajes. Sabía lo que quería: un copo de nieve. Ya sé, una cursilería.

No obstante, para esa chica con un profundo sentimiento de inadecuación y soledad, ese copo albergaba un significado esperanzador: “visto bajo un microscopio se aprecia que cada copo de nieve tiene una estructura distinta al de cualquier otro, todos son distintos entre sí. A pesar de ello, cada uno es simétrico, matemáticamente perfecto”. Durante años miré ese tatuaje para no desesperar; era mi recordatorio de que no había nada malo en mí por no encajar. Y así, un día, sin advertirlo, ya no estaba perdida.

Con el tiempo las líneas del tatuaje se difuminaron tanto que bien podría servir de caracterización para un personaje secundario de alguna película de Robert Rodríguez. Resignada ante esto, desde hace años cuando me preguntan por el copo, hago un chiste sobre mi ficticio pasado criminal. Ya para mis treintas, el copo de nieve se derritió y quedó un manchón de verdosa tinta. Consideré muchas veces borrarlo con láser, pero además del gasto y el dolor innecesario me parecía un equivocado intento de arrancarme algo de lo que fui.

19 años después de que me hiciera un tatuaje al cumplir los 18 años, descubrí que abrirían un estudio de tatuajes en mi colonia. Investigué un poco sobre las tatuadoras y me enganchó su trabajo. Les escribí y conté lo que quería, pasaron días, agendé un espacio y elegí uno de los diseños que idearon para cubrir mi copo de nieve. Como hace 19 años, no le avisé a nadie que me iba a tatuar, ni cruzó por mi mente pedir opiniones. Una vez más hacía algo cuyo significado era sólo mío. Así, con un tatuaje sobre otro tatuaje, me liberé de un relato de mí misma que ya no envuelve mi vida.

Mi nuevo tatuaje no tiene un significado oculto o trascendente, es simplemente algo lindo. En estos 19 años he aprendido que no hay grandes sentidos en la vida, sólo fragmentos de belleza.

* Mientras pensaba en escribir este texto rescaté la música que escuchaba cuando me hice mi primer tatuaje. Me es evidente que las canciones engarzaban con mis búsquedas y sentimientos. Dejo acá una playlist con lo que esa chica de 18 años escuchaba.

El arte de renunciar

I

En una caminata me topé con un cartel que mostraba a una chica notablemente feliz. Su sonrisa satisfecha me obligó a leer la frase que estaba a un lado de su fotografía: “La zona de confort es un premio de consolación”. De inmediato me desagradó que el slogan tuviese la intención de hacer sentir a quien lo leyese que no hace lo suficiente. Me desconcierta que el imperativo del “más” invada todos los aspectos de nuestras vidas; sin importar si somos ambientalistas, religiosos, veganos o empresarios todos debemos querer “más”. La tecnología más novedosa, la comida más sana, el nivel más alto de conciencia, el puesto más alto, más ganancias.

¿Será acaso un rasgo de la raza humana esta permanente búsqueda de algo “más”? ¿Es la mezcla de curiosidad, ambición y falta de sentido existencial la que nos diferencia de las demás especies? Todo esto me hace pensar que de una forma muy esencial seguimos siendo como esos primeros seres humanos que, al tener resueltas sus necesidades básicas, dedicaron el resto de su tiempo a buscar piedras y materiales “más” brillantes, “más” grandes, “más” inusuales o “más” valiosos, tan sólo para hacer crecer su colección.

Hoy nuestras ambiciones pasan por estar más sanos, más felices, experimentar más, sentir más intensamente, dormir más, hacer más, ser más creativos, respirar más profundamente, más exclusividad, más amor, más información, más juventud, más opciones para llevarlo todo al máximo y explotar nuestro potencial. Y, obviamente, rara vez alcanzamos ese “más” y nos (des)vivimos en estado de frustración e insatisfacción.

¿Pero cuándo es suficiente? ¿Sabemos reconocer la saciedad o hemos perdido esa capacidad? ¿Cuándo podemos sentirnos tranquilos con dejar de perseguir sueños? ¿Cuándo es válido soltar el peso de nuestras metas? ¿Cuándo vivir con lo que hay? ¿Debemos aspirar a más? ¿Nos estamos engañando a nosotros mismos y debemos reinventarnos? ¿Está mal pensar que somos lo SUFICIENTEMENTE felices?

Tengo la impresión de que nos enseñan a perseguir la felicidad, pero pocas veces aprendemos a reconocerla. Y es por esta intuición por la que necesito buscar una respuesta a estas interrogantes, hacer las paces con mi biografía, aferrarme de cualquier momento de alegría y renunciar a sueños, aspiraciones y versiones mejoradas de mí misma que me causan más desconsuelos que alegrías.

Así que renuncio a buscar un mejor lugar para vivir, un mejor trabajo, un mejor cuerpo o una mejor versión de mí misma. También renuncio a reparar lo irreparable, a pensar en lo que no hice, a castigarme por lo que no acabé o lamentarme por no ser más ambiciosa. Me basta lo que soy/tengo y mi meta más alta es ser lo menos cretina que pueda; joder lo menos posible a los demás.

Renunciar sabiendo que podría tener y ser más, ¿me hace mediocre, débil o conformista? Supongo que mi actitud sería un problema si quisiese otras cosas pero no las buscase por miedo. Al final, depende de cada uno. Renunciar no tiene que ser una elección atractiva o deseable para nadie más. Y la ambición no es mala, así como tampoco lo es no tenerla. Igual de admirable es la persona que no se cansa de correr hacia “su cima” como aquella que toma la decisión de no llegar.

Evidentemente, el hecho de que renuncie a ceñirme al mandato del “más” no significa que no tenga proyectos o que no me esfuerce día a día o que no trabaje con empeño. Renunciar a “más”, para mí se traduce en tener sueños pequeños (casi insignificantes), cuyo cumplimiento no me define como persona ni está atado a mi felicidad. Renuncio al impulso de seguir “adelante” sólo por seguir un mandato no deseado.

II

“El confort es el premio de consolación”. Pese a mis esfuerzos, la frase me persigue por varios días y me hace dudar de mi armoniosa relación con la comodidad y la medianía. Percibo mi cambio de ánimo, recuerdo la adrenalina de la lucha por destacar, por ser valorada por los demás. Me invaden las dudas: ¿estaré estancada en mi zona de confort y ni me doy cuenta? ¿Me hace falta arriesgar? ¿Renunciar a tener/ser más es una forma de huida? ¿Soltar ilusiones es sinónimo de darse por vencido?

El vértigo que me provocan las dudas no dura mucho y se disipa por completo cuando me pregunto: ¿acaso el confort no es algo bueno? Salvo excepciones, nadie disfruta estar sentado en una silla incómoda; ¿acaso no aplica lo mismo para la vida? ¿Cuándo ganó tan mala fama la comodidad? ¿No es positivo estar cómodos con lo que somos y hacemos?

Nadie como Albert Camus ha analizado con tanta belleza y sagacidad el mito de Sísifo, un relato que habla de la esencia humana y la búsqueda de sentido. La historia es harto conocida: Sísifo hace enojar a los dioses, éstos lo castigan y lo obligan a empujar una piedra hacia la cima de una montaña. Antes de llegar a la cima, la piedra siempre rueda cuesta abajo forzando a Sísifo a empezar de nuevo. Día tras día, Sísifo se consume en este trabajo absurdo y frustrante. ¿Y qué significa esta historia? Hay múltiples interpretaciones, pero yo me quedo con la de quien ve en el mito de Sísifo la búsqueda del sentido de la vida y la frustración que implica no aprender a convivir con lo absurdo de la existencia.

En estos términos, mi renuncia no la pienso como si la solución al martirio de Sísifo fuese que éste pateara la piedra hasta desahogar su frustración o que eligiese recostarse para siempre sobre ella. Mi renuncia va más por el lado de elegir una piedra más ligera que cargar a la cima. En subir cada día sin grandes expectativas, buscando cierta alegría en la monotonía, el tedio y el absurdo. Mi renuncia no la vivo como una derrota, sino como la aceptación de lo que hay y el descubrimiento de que es suficiente.

* Cada que me asalta la preocupación por mi falta de “ambición” pongo algunas canciones que me reconfortan y que acá comparto. En especial, me gusta Watching the Wheels de Lennon, porque refleja que sin importar quiénes seamos o qué hayamos hecho, siempre habrá alguien que nos diga que deberíamos aspirar a más; ya está en nosotros prestarle atención o no.

Hija sin hijos

I

Me alegra que febrero haya acabado. Este es el mes en el que rompemos la mayoría de los propósitos que inundaron nuestra vida con el tufillo de renovación. Para mí sus días me sirven de colchón temporal para recién afirmar ambos pies en el año que comienza y agendar para marzo el chequeo anual de salud.

Química sanguínea, perfil hormonal, Papanicolau, examen general de orina, ultrasonidos de mamas y útero, colposcopia… para esto y más me tengo que mentalizar. Las historias clínicas, preguntas en exceso personales y esa mezcla de malestar y vergüenza que provoca que alguien hurgue en nuestro cuerpo. A las incómodas auscultaciones se suman los innecesarios comentarios médicos, así como las miradas destinadas a invalidar mi decisión de no ser madre, de vivir y morir siendo una hija sin hijos.

¿No vas a tener hijos? ¿Por qué? ¿Y si te arrepientes? Te cambiaría la vida.

Al parecer tengo el útero idóneo para la reproducción. Su forma, afirman las doctoras y las enfermeras, es como de “manual”, una “pera” perfecta. En realidad, no sé si la constitución de mi útero es en verdad algo excepcional o si estos comentarios simplemente tienen el objetivo de hacer menos desagradables los momentos de exploración genital.

La admiración que provocan mis entrañas no me molesta, lo que sí me disgusta es el tono con el que me insisten en que no desaproveche mi salud, condiciones y edad para reproducirme. Es como si mi negativa sonara a desprecio por la vida o llana inmadurez.

Deberías aprovechar que estás sana. Nunca vas a sentir una satisfacción tan grande como la de darle la vida a alguien.

Me siento tan vulnerable en esta escena en la que forcejeo infructuosamente con las palabras y expectativas ajenas. Y así, sin ropa interior, con la ridícula bata médica y la sensación de que las pierneras de la mesa me cortan la circulación, sólo alcanzo a musitar una bobada. Únicamente me siento repuesta cuando vuelvo del vestidor y tejo en mi mente una serie de argumentos en mi defensa. Quisiera decirles que yo no percibo mi cuerpo como algo potencialmente creador, me parece más una bomba de tiempo, un enemigo íntimo del que no puedo escapar. Sin embargo, nunca me animo a decir lo que pienso, sería incómodo y probablemente me recomendarían ir a un psicólogo. Además, ¿por qué tendría que justificarme? ¿Por qué nos es tan fácil cuestionar la forma de vida de los demás?

Desde pequeña he tenido mis encontronazos con la carcasa que me tocó habitar, y no me refiero a los típicos conflictos de imagen o autoestima. Aludo más bien a pequeños baches en mi historial médico, a un cúmulo de desperfectos que, aunado a mis manías, me llevaron a percibir mi cuerpo de una manera un poco más áspera de lo común. Para mí, el cuerpo que habito no es algo que esculpir, ni una herramienta para alcanzar metas, algo que modificar a mi antojo, al menos no en lo esencial, no de raíz. Mi cuerpo es el recordatorio de la brevedad de la vida, de mi frágil consciencia y de la futilidad de mi existencia. Y esta percepción, ni buena ni mala, simplemente refleja crudamente un destino compartido por todos.

Nadie nos enseña que nuestro cuerpo es el adversario último que nos traicionará y limitará poco a poco nuestra experiencia del mundo hasta extinguirnos. En cambio, tememos lo externo y hablamos de la enfermedad como si viniera de fuera, como si nuestro cuerpo no ideara sus propios complots y mutaciones malignas. No es una imagen alentadora del cuerpo, lo sé. Pero quizás si fuéramos consciente de este lado menos luminoso nos cuidaríamos un poco más, nos bastarían los días en los que no nos duele algo nuevo. Tal vez el arribo de la enfermedad, la vejez y la propia decadencia no nos deprimiría ni dejaría tan descolocados.

II

Mis más recientes problemas de salud son bastantes comunes para mi edad y género: miomas y quistes. Sin embargo, como a cualquiera, me costó mucho trabajo aprender a convivir con ellos. Cuando los diagnósticos estaban aún frescos, me angustiaba que estos males fuesen “normales” y que al mismo tiempo requiriesen una constante vigilancia para no transformarse en algo nocivo. Esa incertidumbre, esperar a que las cosas “progresen”, es muy jodida… es como estar esperando el silbatazo de arranque en la carrera que lleva a la muerte. Lo curioso es que nos encontramos en esa etapa desde nuestro primer aliento y la meta no es alentadora.

La ginecóloga ve dos opciones frente la emboscada que me juega mi propio cuerpo: quitarme la matriz de una vez (“total no la vas a usar”, dice ella con una mueca) o esperar a que sea absolutamente necesario retirarla (“chance en el inter te animas a tener tus niños”, cambia la mueca por una sonrisa). He decidido, hasta ahora, esperar. Aprendo a convivir con la incertidumbre, pero ahí donde yo huyo de una operación, mi doctora ve esperanza. Llegado este punto de la consulta ya no aguanto su mirada, no quiero ser grosera, pero estoy a nada de decirle que no tengo dudas, que elijo sin remordimientos mi condición de hija sin hijos. Me contengo y apuro el cierre, nos veremos el próximo año, cada una desde su esquina.

Esa idea de ser “hijos sin hijos” es una apropiación de algo que le leí a Enrique Vila-Matas cuando yo tenía unos 19 años. La frase, título de un libro de cuentos del escritor catalán, se colgó de mi mente desde ese momento como si inconscientemente supiese que más adelante cobraría sentido y sería una herramienta para definirme, comprender quién soy. Muchos años después, leí una entrevista con la escritora Selva Almada en la que se definía orgullosamente como “hija sin hijos”. No ahondaba en detalles, lo decía sin reparos, sin justificaciones, con firmeza. No dudo que para muchas personas una declaración así le suene irreflexiva e incluso altanera, pero no creo que sea así. Sospecho que somos bastantes quienes decidimos no tener hijos porque nos conocemos demasiado bien. No tiene nada que ver con que el mundo sea un lugar terrible, con una falsa consciencia superior o desprecio por la norma.

En mi caso reconozco mis rasgos obsesivos, impacientes y egoístas. Apostaría a que la maternidad me volvería depresiva o, en el mejor de los casos, me haría infeliz. Me transformaría en alguien que nunca he querido ser, borraría esa persona que tanto me ha costado tanto trabajo descubrir, volvería a ser un eco en la vida de alguien más.

No pretendo hacer un balance de la maternidad, no soy apta para hablar de ello. Además, me parece que es uno de esos temas en los que emitir un juicio sería torpe y reduccionista. Lo cierto es que, aunque no quiera ser madre, admiro esa entrega que la maternidad/paternidad despierta en muchas personas, me conmueve ese deseo de amar a alguien como nos amaron nuestros padres o como nos hubiera gustado que nos amaran. Lo admiro porque no hay nada de eso en mí.

III

El no desear la maternidad no significa que no me gusten los niños/niñas. De hecho, disfruto mucho la compañía de mis sobrinos, me gusta ver cómo poco a poco descubren el mundo y queman etapas que otros hemos superado con el paso de los años. Entre los descubrimientos relacionados con mi persona, me divierte el impacto que les provoca descubrir el tatuaje que tengo en la muñeca y la explicación fantástica que les doy sobre el manchón indeleble. También me enternece que cuando van superando los diez años, les da curiosidad saber por qué no tengo hijos. Ante mis respuestas, me miran preocupados y me dicen lo que realmente les angustia: “¿Pero quién te va a cuidar cuando seas viejita?”. Les respondo con la mayor ternura posible, me esfuerzo por tranquilizarlos y de paso les digo que muchas veces quienes más ayudan no son parte de nuestra familia.

El hecho de explicarme ante mis sobrinos me lleva a pensar en lo errada que puede estar nuestra definición de familia. Basta prestar un poco de atención a todas esas personas mayores que deambulan solas, torpes y desorientadas las calles de nuestras ciudades. Tener descendencia o familia no es garantía de nada, por eso sigo el consejo de la banda Pulp en la canción “Help the Aged” y trato de ayudar aunque sea fugazmente a esos viejos y viejas que me recuerdan que ellos fueron jóvenes como yo y que yo seré como ellos si tengo el privilegio de envejecer. No estaría mal que nuestras redes de cuidado trascendieran las fronteras de lo familiar, sería deseable que el bienestar ajeno se sintiera como una responsabilidad nuestra también.

IV

Cada año que pasa me acerco a la edad de ser biológicamente inapta para tener hijos y ante la angustia que esto puede provocar a conocidos y extraños, me he dedicado a leer algunas novelas sobre la maternidad. He dado principalmente con algunas escritoras jóvenes que hablan del tema, pero suelen mostrar visiones extremas de lo que es ser madre. O revelan preocupaciones y sentimientos aburridamente burgueses o plantean la experiencia desde una crudeza que no invita a la reflexión sino al espanto. Y lo más simpático es que muchas de estas autoras se pierden en obsesiones personales fomentando la perpetuación del yo a través de los hijos. Definitivamente no he encontrado nada allí que me ayude en mi búsqueda.

Por fortuna, gracias a recomendaciones e intuiciones he llegado a otras novelas, películas y series que me ayudan a comprender mejor mi postura frente a la maternidad, a captar la razón por la que me empeño en ser una hija sin hijos.

  • El bebé (serie televisiva creada por Siân Robins-Grace y Lucy Gaymer).
  • Lucy (novela de Jamaica Kincaid).
  • Aftersun (película dirigida por Charlotte Wells).

Primero llegué a El bebé, una serie que oscila entre el terror, lo absurdo y lo cómico. Trata de una mujer en sus treintas que observa con desconcierto y molestia cómo sus amigas son absorbidas por la maternidad. Se siente excluida y altaneramente desestima la faceta que transitan sus amistades, pero todo cambia cuando la protagonista en una extraña y sangrienta escapada de la ciudad se encuentra a un bebé que se niega a dejar su lado. Cada intento de abandonarlo desata una serie de muertes. En esta serie la maternidad se torna jocosamente en una maldición mientras destapa interesantes reflexiones en torno a la atadura social e individual que ha significado ancestralmente el ser madre. La maternidad vista desde la serie nos obliga a pensar en los múltiples yugos sociales que nos vendría bien cuestionar con la finalidad de comprendernos mejor y buscar formas menos opresivas de ser mujer.

Unos meses después de devorar los capítulos de El bebé, me regalaron la hermosa novela Lucy de Jamaica Kincaid. En ella ser mujer significa deambular en un campo de batalla que cruza cuestiones de clase, género y raza. Allí el camino de convertirse en una persona completa y libre pasa por aprender a estar sola, a no ser el eco de nadie, a saber en qué momento dejamos de ser hijas para ser nosotras mismas. Reconocer nuestra herencia y dejar lo que nos lastima es en esta novela la clave para ser un poquito más libres.

Finalmente, el pasado diciembre la película de Aftersun me ayudó a advertir por qué me sigue rondando el tema de la maternidad. Como es una de las películas más comentadas en los últimos meses no me detendré en explicar su trama, sólo diré que me fascinó la capacidad de la directora de plasmar ese confuso momento en el que los hijos queremos salvar a los padres, aquel desconsuelo de no poder calmar su dolor, la desesperación que desata darnos cuenta demasiado tarde de que es muy poco lo que sabemos de ellos como personas.

Gracias a esta película comprendí que lo que me hace ruido de la maternidad no es el rol de ser madre en sí, sino el de ser hija. Deseo tener claro ese rol, interpretarlo sin perderme entre la responsabilidad afectiva y el establecimiento de límites. Aprender a ser hija, aceptar lo que me fue legado sin ser el eco de nadie más.

En fin, sospecho que esta reflexión sobre la maternidad es sólo una manera más de no pensar en el inevitable chequeo médico que se aproxima. Me contentaré con que el resultado siga siendo: “Todo bien… por ahora”.

Siempre habrá tiempo

Para Fer

Llevo un par de semanas escuchando los discos de Leonard Cohen mientras trabajo en la computadora. Suelo ser más productiva con otros ritmos, pero en este momento no hay música mejor para entregarme a mis monótonas, pero extrañamente gratificantes, actividades.

Cierro un mes de trabajo intenso, de pequeñas metas que alcanzar y de frenar el flujo a los pensamientos obsesivos. Hace años que no me sentía tan en sintonía. Supongo que son las rutinas y los ínfimos logros del día a día lo que nos mantiene en ruta. Tú sabes de esto, por eso hacer pan, deporte y música es tu herramienta para salir de aquel agujero que nos es tan familiar.

Es curioso, ambos proyectamos una sombra de manías y hacemos de las pilas de dudas laberintos en los cuales perdernos. Como a mí, te gusta volver una y otra vez a las preguntas sin respuesta, tentar a la angustia y observar el mundo bajo la luz menos favorecedora. No tienes miedo a la parálisis que viene después del desencanto.

Tengo la sensación de que la mayoría de las personas confunde nuestro gusto por el desengaño con tristeza. Sin embargo, comparto tu idea de que para aprender a estar en el mundo necesitamos encontrarnos contra la pared y darle la bienvenida al insomnio.

Me gustaría pensar que no hay nada más vital, más esperanzador que esta actitud ante la vida. Por eso nos agrada tanto Cohen, ese poeta atascado que se hizo monje y años después volvió para hacer las paces y cantarnos sus canciones más obscuras. Por cierto, hay una canción suya en la que no puedo dejar de pensar, se llama “Famous Blue Raincoat”. Ahora sí que la había oído antes, pero no escuchado. La historia es tan compleja y simple a la vez, esa es su belleza. En el fondo lo que me mueve es esa necesidad de lanzarle unas líneas a un amigo que por alguna razón salió de nuestras vidas. ¿Puedo decir eso de ti? Con esta pregunta me cimbra la realidad: tú ya no estás. Sin aviso, ni despedidas, sólo silencio.

Hay cosas que no tienen solución y tu silencio es una de ellas. Supongo que al igual que Cohen en la rola que traigo colgada de la mente, sólo quiero decir: “Te extraño”. Me hace falta tu amistad epistolar, echo de menos hablar de la fauna literaria que tanto nos emocionaba. Los conejos blancos de Cortázar y los gatos del Hemingway. Hablar sin ton ni son de nuestros venenos, recetas y series animadas predilectas.

Llevo meses con tus poemas en mi escritorio, los resguardo en una de mis carpetas más queridas. Darles forma de poemario es el proyecto con el que quisiera darte las gracias por tu amistad, pero fracaso cada vez que intento arrancar. Conforme recorro líneas, se forman preguntas que quiero hacerte, me dan ganas de volver a decirte que disfruté especialmente tal o cual imagen, pero la creciente tensión de los músculos de mi mandíbula me recuerda la realidad inescapable.

Siempre pensamos que tendremos tiempo, supongo que sin semejante ficción no podríamos funcionar o navegar el mundo. Pensé que habría más tiempo, más años de amistad y correspondencia.  Todo este tiempo no he dejado de pensar en cosas que contarte, me pregunto constantemente qué dirías de lo que escribo e imagino la forma que habrían tomado tus canciones.

Prometo que esta vez sí comenzaré tu poemario para terminarlo, aunque no logre quitarme la angustia de adjudicarme una tarea que nadie me encomendó ni me corresponde. No sé, siento que te lo debo, agradezco que te hayas cruzado en mi camino, aunque fuese tan efímeramente. Supongo que esa es la magia de la amistad, puede construirse a lo largo de décadas o suceder en un momento tal que dicho encuentro deja una marca para toda la vida.

Creo que al fin puedo releer tus poemas, al menos ya no me sobresalto ni me dan ganas de correr cuando veo a alguien que se te parece en la calle. Eso sí, lo haré imaginando que no he recibido noticias tuyas porque estás bien. Así solía ser, entre más feliz te sentías, más se espaciaban tus correos. Estoy segura de que me concederías esta mentira.

Hasta ahora amigo, te echo de menos.

P.

La vida en la pantalla

Acto I. La letra con tele entra

Sábado por la mañana. El cuarto de mis padres. Principios de los noventa.

No hay nadie en casa, la televisión es toda mía. Única regla autoimpuesta: evitar el canal 99. Según los rumores en la escuela en ese canal se ven escenas fugaces de “películas para adultos”. ¿Mito o realidad? Mejor no saber, lo que se dice que te pasa después de ver cosas “impropias” no lo amerita. Además, el universo adulto es aburrido.

Me gusta la televisión y no soy quisquillosa. Me he chutado hasta el funeral de Cantinflas, pero hoy es un día especial, es sábado y pondrán un programa sobre “sucesos inexplicables”. Todo lo místico y extraterrestre me fascina. Si creo en Dios, por qué no creer también en los ovnis, en seres magníficos horadando las líneas de Nasca o en gigantes prometeicos esculpiendo cabezas de piedra en la Isla de Pascua.

Esta es la última década del siglo XX y todo parece sacudirse. Se forman círculos misteriosos en campos de cultivo, los “avistamientos” son cada vez más frecuentes y en México no tardará en andar suelta una criatura llamada “El Chupacabras”.

Mientras espero a que inicie mi programa, doy un repaso a los demás canales. Algo me llama la atención: un grupo de niños ataca al que parece más débil, lo empujan y muere. Están en una especie de isla, no hay adultos y pese a lo que acaba de suceder ninguno parece afectado. Después de unos minutos de comerciales reinicia la transmisión y me entero de que la escena pertenece a una película basada en El señor de las moscas de William Golding.

Me atrapa la historia, comprendo la violencia entre niños. No hace mucho, Roberto, un compañero de clase con quien no recuerdo haber cruzado palabra, se acercó a mí a la hora del recreo para empujarme. Al parecer lo hizo porque “le gusto”. Me levanté del suelo como si nada, no sentí dolor, sólo una injustificada vergüenza. Los gritos de la “Miss” me hicieron percatarme de que mi brazo derecho imitaba la curva de una carretera, estaba fracturado.

No sé qué pensar de los niños, me desconcierta no conocer las razones por las que actúan como lo hacen. Los adultos están ahí, pero no ven o quizás simplemente en el fondo sigan siendo niños con disfraz de papás.

Gracias a este programa de TV se abrió en mi mente una nueva ventana para observar el mundo. El resumen en imágenes del libro de Golding me respondía muchas de las cosas que no comprendía de mi vida cotidiana (la violencia gratuita, por ejemplo). Ordenó y desordenó las ideas y explicaciones que le daba a las acciones de los otros.

Nueva afición: ver programas sobre libros. Las uvas de la ira, El gran Gatsby, La letra escarlata. No entiendo del todo de qué van los libros, pero intuyo significados, sentidos y conexiones.

Acto II. El infinito “continuará”

Vacaciones de verano. Finales de los noventa. La escalera de casa de mis papás.

Me he vuelto experta en leer cosas que no comprendo. Escuché a uno de mis hermanos decir que compró el libro El extranjero porque explica algo de la canción “Killing an Arab” de The Cure. Leí el libro del señor Camus, hay arena y un crimen.

Acabo de tomar prestado otro libro de mi hermano Rogelio: Generación X de Douglas Coupland. Me llama la atención porque en estas vacaciones David (mi otro hermano) y yo rentamos la película Reality Bites y justo hablan de esa dichosa “generación X”. Me gustó mucho la peli, sale el actor tan guapo de Antes del amanecer y la hace de pareja de una bellísima actriz con nombre extraño: Winona. Cuando sea grande me quiero cortar el cabello como ella.

Reality Bites se centra en los amores y desamores de un grupo de amigos recién salidos de la universidad. La protagonista está perdida, no sabe qué se supone que debe hacer con su vida. Sus amigos tienen trabajos mal pagados y siente miedo de encontrarse en la misma situación. Todos rechazan el acartonado mundo adulto, buscan su libertad, pero también están muy asustados. Tienen miedo del SIDA, de la rutina, el desempleo, de convertirse en sus padres o de decepcionarlos.

La película me hizo comprender que “crecer” no se limitaba a casarse y tener hijos, también era una promesa, una búsqueda, un infinito “continuará”. Pero ¿qué es lo que creen que van a encontrar? ¿Cuál es la meta? ¿Cuándo podemos decir: “he llegado”? Quiero respuestas, un mapa que me guíe y ayude a sortear las trampas en las que veo caer a los adultos que me rodean, por eso tomé el libro de Coupland.

Generación X no se parece a ningún otro libro que haya leído, trae viñetas cargadas de humor ácido y un delirante glosario en los márgenes. El libro cuenta la historia de unos jóvenes que me parecen sumidos en la depresión, el enojo y la frustración. A veces yo también me siento así, no sé explicarlo.

Uno de los muchos “conceptos” inventados por el autor se me quedó grabado:

Punto de engorde: Puesto de trabajo pequeño y abarrotado hecho de paneles desmontables y ocupado por miembros poco importantes del personal. Llamado así en recuerdo de los pequeños cubículos de los mataderos utilizados por la industria cárnica.

Yo no sé qué quiero, pero ciertamente no me apetece convertirme en una res con mirada perdida, engordando mientras espera la muerte. Una vez más un libro me da pautas para navegar los días.

La globalización y la cultura de masas me permite identificarme con algo escrito para un público de clase, nacionalidad y edad muy distinta a la mía. Se olfatea ya el cambio de siglo.

Acto III. (De)generaciones

Una mañana en la cafetería de la preparatoria. Año 2001.

Todos se arremolinan frente a la televisión, vemos una y otra vez caer las Torres Gemelas en Estados Unidos. Algunos festejan el “golpe” al país vecino, otros sollozan y yo no sé qué pensar. Me angustia un poco no distinguir si las imágenes son reales o escenas de una película. Me inquieta lo entretenido que nos resulta todo esto.

Mi personalidad cada vez está más clara, soy una persona pesimista pese a todos mis esfuerzos por ser más ligera o alegre. Consumo sin orden o mesura todo producto audiovisual que se pueda etiquetar como alternativo. Películas como El Club de la pelea o Corre Lola corre, canciones como Do the Evolution o la caricatura Daria refuerzan mi óptica sombría.

La noción de la generación X me hace sentir cobijada, pero al mismo tiempo me aleja de lo que me rodea. Me siento desilusionada del mundo adulto y no existo dentro de las aulas o los pasillos de la escuela. No sé qué está mal conmigo, ¿salí defectuosa? No le digo a nadie que me siento como el cantante de Radiohead en el video “No Surprises”. Me ahogo, pero no quiero que mis hermanos me delaten, no quiero decepcionar a mi papá, no quiero hacer llorar a mi mamá.

No alarms and no surprises / no alarms and no surprises/ silent

Acaba de empezar el siglo y siento que mi mundo se cae a pedazos. Dramatismo adolescente, no cabe duda. Todos seguiremos adelante sin darnos cuenta. Continuarán las crisis económicas, pero nos harán sonreír las promesas de bienestar y el internet. Tendremos el juego de la viborita en los celulares, Napster y pasaremos cada vez más tiempo en el reino de la www.

Acto IV. (Neo)nostálgicos

Miércoles por la noche. Cafetería en la Colonia Portales. Año 2023.

Tengo las uñas un poco moradas por el frío, pero no quiero volver a casa sin corregir el artículo que me acaban de dictaminar. Los comentarios son positivos, pero solicitan algunas modificaciones. Para la elaboración del texto recurrí al libro Zeitgeist Nostalgia de Alessandro Gandini. Me gustó, hay frases e ideas que hacen eco en mí.

Gandini habla de las cafeterías abarrotadas de gente trabajando, teniendo juntas o con la cara sumida en la computadora. Tomando café de una taza o vaso que parece inagotable. Plantea que hoy trabajar mucho no necesariamente significa tener un empleo. No puedo evitar pensar que el presente que vivimos se parece poquísimo a lo que imaginé que iba a ser el futuro, mi vida adulta.

Quizás hoy no vería con tanto desprecio un trabajo en un “punto de engorde”, tendría un salario fijo, aguinaldo, odiosas fiestas de oficina, uno que otro jefe cretino, pero también estabilidad, quizás hasta seguro de gastos médicos y jubilación. Qué bien nos vendría un poco de esa vida aburrida que abrumaba al Thom Yorke que cantaba No Surprises. “El vato literalmente se estaba ahogando en una pecera con agua”, pienso.

Qué paradoja, ¿no? En tiempos ilegibles y violentos en el que nuestras vidas penden de un hilo, estabilidad y monotonía suenan a paraíso en la tierra. Lamentablemente, las cartas están marcadas, tenemos poca incidencia en el asunto sin importar el pensamiento “positivo” que nos quiere imponer el mindfulness, el coaching y la ideología del emprendimiento.

Ser adultos no resultó ser como temíamos, sino un poco peor. Entramos a la vida adulta, inexpertos y anhelantes como cuando se entra al mar. Pero ese mar nos revuelca en cuanto nos sentimos confiados. Nos hace girar 180 grados hasta que rozamos el fondo con los dedos y nuestras piernas revolotean hacia el cielo. Ser adulto es el trago de agua salada (y sucia) que deja un ardor que te recorre desde la nariz hasta la parte de atrás de la cabeza. Es una aguamala lacerante en Puerto Marqués.

Lo único que me reconforta es el hecho de que ésta no es una experiencia exclusivamente generacional, pienso que más bien es un fenómeno universal y ahistórico. Una especie de hambre existencial que siempre ha acompañado al ser humano sin importar época o condición. Es como si cada uno de nosotros fuera dotado al nacer de su propio mar obscuro y subterráneo, un abismo que no vemos, pero intuimos. ¿De qué hablan si no de esto La región más transparente de Fuentes, El primer hombre de Camus o el cuento Bienvenido Bob de Onetti? Bueno, no sé, puede ser que siga sin entender los libros que leo.

Vuelvo la vista a las hojas sobre la mesa. Es tarde y tengo frío. Mejor cierro este asunto y me voy a avanzar en los pendientes de mi segundo trabajo. No me quejo, es lo que hay y me basta.


Dejo unas canciones para acompañar el texto 👇

Mi perseguidor y yo

No sé cuándo fue la primera vez que su presencia me perturbó. Sin duda llevaba años en construcción, pero las largas temporadas en casa durante la pandemia me impidieron apreciar los toques finales que lo hicieron sobresalir. Estoy hablando de un rascacielos que me sigue a donde voy. Su existencia me malhumora.

Si bien la zona en la que vivo cuenta desde hace años con infames city towers y condominios por todos lados, hasta ahora ningún rascacielos había interrumpido tanto mi panorama. Lo veo cuando estoy en la universidad, cuando voy a la librería, lo observo desde la azotea, lo distingo de reojo cuando camino al parque o cuando voy al cine. Me molesta poder verlo a kilómetros de distancia, en puntos tan diversos de la ciudad. Pero más allá de esta antipatía por un edificio que ni siquiera sé dónde se ubica, creo que mi relación con él puede servir como metáfora de la reacción que tenemos frente a los procesos de gentrificación.

Muchas veces depositamos nuestra ira en el lugar equivocado. Nos desagrada el homogéneo estilo global que asociamos con la gentrificación. Nos disgustan las terrazas que invaden la banqueta e impiden el paso de peatones, los locales de cerveza artesanal o la panadería vegana con precios prohibitivos. Creemos que los enemigos son el barista con su café de especialidad, los extranjeros que rentaron un departamento a través de Airbnb o cualquier persona con tez más blanca que la mayoría de los habitantes de la zona. Y si bien es probable que estas personas tengan una mejor posición económica, no son los culpables de la gentrificación. Ellos no son los billonarios que desarrollan la ciudad, ni tienen un puesto en el gobierno, ni impulsan la «revitalización urbana».

Insisto, colocamos en el lugar equivocado nuestro enojo. Es como cuando culpamos de todo al neoliberalismo. Es cierto que éste tiene la culpa de muchos males contemporáneos, el diagnóstico es correcto, pero es reduccionista y a la vez demasiado abstracto. Esta mirada, aunque direccionada hacia el lugar correcto, está desenfocada y provoca que ignoremos la presencia de alternativas. Nos sentimos bien al indignarnos, pero fácilmente perdemos el impulso de imaginar alternativas frente a las trayectorias actuales.

La geógrafa feminista Leslie Kern recomienda no obsesionarnos con los síntomas de la gentrificación, y sugiere, en cambio, seguir el rastro de dinero que deja este proceso. De lo contrario, perdemos de vista el esquema financiero y las dinámicas de poder que permiten la gentrificación.

Yo al depositar mi atención en ese odioso rascacielos, desatiendo lo que sucede en mi propia demarcación. Hace unas semanas, por ejemplo, se hizo pública la existencia de un “cártel inmobiliario” en la Alcaldía Benito Juárez, cuyos miembros son parte de la cúpula capitalina del conservador Partido Acción Nacional. Este grupo durante más de 15 años ha recibido sobornos millonarios a cambio del otorgamiento de permisos de construcción ilegales. Funcionarios, constructores, inmobiliarias y empresarios están involucrados en el escándalo. Terrenos cuyo uso sólo permitía la construcción de tres niveles de edificación y nueve viviendas, son hoy condominios de siete niveles con 24 viviendas.  

Pero, en corto, ¿qué es la gentrificación? Bueno, ésta es una estrategia urbana global cuya finalidad es expandir nuevos mercados. Y los jugadores son: un Estado empequeñecido que incentiva el lucro de particulares, corporaciones, bancos, inversionistas privados, agencias de bienes raíces, constructoras, inversión extranjera, así como funcionarios públicos corruptos.

Nuestra relación con la gentrificación es complicada. Damos la bienvenida a algunos cambios, mientras tememos otros. En mi caso, si bien me alegra que se planten más árboles, me da muy mala espina cuando se levantan bardas en espacios públicos como estrategia contra la delincuencia.

Para aclarar nuestro rol dentro de este complejo proceso urbano, Leslie Kern recomienda hablar de las maneras en las que nos afecta directamente. Ella sugiere dos:

  1. Afecta a quienes son físicamente desplazados de la zona, ya sean reubicados a la fuerza o al no poder pagar rentas al alza.
  2. Tiene un impacto en la calidad de vida y sentido de pertenencia de quienes permanecen. En este caso, los lugares pueden ser menos rentables o diversos culturalmente, se pueden privatizar los espacios públicos, se encarecen los servicios básicos, escasea el agua y aumentan los espacios vigilados.

Kern habla de estas dos afectaciones, pero reconoce que cada proceso de gentrificación tiene sus particularidades y que las consecuencias específicas dependen de cómo las personas están situadas en relación con sistemas de poder como género, sexualidad, raza, clase, edad, etc. También advierte sobre la facilidad de caer en la trampa de romantizar a los residentes originarios o demonizar a los recién llegados.

Pese al imperante sentimiento de desposesión que nos provoca la gentrificación, como individuos tomamos decisiones sobre cómo actuar dentro de los sistemas de poder. Y en este sentido, Kern recomienda identificar el rol que jugamos en lo que Deepa Iyer llama “el ecosistema del cambio social”. La finalidad de este ejercicio es observar los espacios profesionales, personales, educativos, geográficos, religiosos, sociales, institucionales e informales en los que nos movemos. Éstos son nuestras esferas de transformación comunitaria a un nivel muy básico, pero concreto.

Podemos tomar decisiones responsables de consumo, defender espacios públicos, denunciar el alza de rentas u hostigamiento por parte de arrendadores, solicitar la creación de más comedores comunitarios y de refugios para gente sin hogar. Incluso, tomarnos cinco minutos para conocer a nuestros vecinos, puede ayudarnos a comprender que los problemas que consideramos individuales son también comunitarios y, con un poco de voluntad, podemos crear relaciones de cuidado, fondos comunitarios y cooperativas. Quizás así, podamos contribuir a que todas las personas gocemos del derecho humano de contar con un hogar.