Temporada de lluvias

He dejado de regar mis plantas desde hace varias semanas. Las dispuse de tal modo que las alcanza el agua de lluvia. Lo mismo hice con el cuenco del que beben las ardillas y en el que se bañan las aves. Recién hoy me he sentado en el balcón con la quinta taza de café de la mañana entre las manos. Estoy preparada para contar las pérdidas, aunque en un primer vistazo no veo ninguna planta muerta. Me levanto para inspeccionarlas una a una. Compruebo que el pulgón, la raya y la cochinilla, que suelo combatir con diligencia, no han hecho más daño de lo normal. Si acaso la cuna de Moisés se ve decaída, no más. Mientras unos pajaritos aletean a mis espaldas, caigo en cuenta de que hoy también olvidé ponerles pan. Pero ahí están, como todas las mañanas. Los veo juguetear y me alivia saber que mi ausencia no ha sido una sentencia de muerte. Mi presencia es innecesaria para muchas más cosas de las que creo. Las plantas están bien, las aves y ardillas siguen paseándose por aquí, todo continúa aunque yo no esté. Me reconforta esta obviedad.

*

Durante años hacer yoga fue una parte esencial de mi día. Practicaba en solitario y en clases. El hábito de extender el tapete y darme una hora para ejercitarme fue lo que hizo posible mi tránsito de los veinte a los treinta. El yoga no es fácil, requiere voluntad para conseguir un improbable equilibrio entre control y relajación. Quizás por esto mismo no relaciono esta práctica con el bienestar, sino con el “mal confort”, con una incomodidad sutil cual postemilla en la encía. El yoga te obliga a sentir cuando no quieres sentir, a dejar de pensar cuando te carcome una idea, a rendirte cuando quieres luchar, a persistir cuando no lo crees posible.

Ahora sólo realizo algunas posiciones de yoga cuando necesito destrabarme. Saco el tapete desgastado, alineo columna y caderas, abro el pecho y libero un poco de presión y hasta ahí. No me quiero comprometer. Tanta búsqueda de un centro de gravedad me provoca una falsa sensación de conocimiento de mi cuerpo. Además, toda esa filosofía que se asocia al yoga no me podría ser más ajena. No soy una persona ligera, el viento no me mueve armoniosamente como al árbol. Soy más una roca cuya única estrategia es la rendición ante las cosas que no tienen ni sentido ni solución.

Gracias al yoga pude dominar mi carácter, aprender a respirar, a percibir con precisión mi cuerpo y, principalmente, a resistir. Así dejé de darle importancia a la tensión en la mandíbula, me acostumbré al dolor de la clavícula, jalé de mi propia correa hasta encogerme. Me tomé muy en serio aquel ejercicio en el que uno se desgrana desde los dientes y poco a poco se funde con el suelo.

La última vez que practiqué yoga en grupo no conseguí concentrarme. Miraba el espejo de reojo y me incomodaba vernos ahí alineados haciendo una variante de balasana. Con la frente en el piso y las palmas unidas sobre la cabeza, recordé a los mendigos que pasan horas esperando que algún transeúnte tenga el valor de mirarlos y dejarles una limosna. Me preguntaba: ¿Qué me distingue de ellos? ¿A quién le suplico? ¿Quién me mostrará algo de clemencia? ¿Hace cuántos años perdí la fe?

No pude sacudirme la idea de que no existe un centro de gravedad capaz de brindar sentido sin consumirnos al mismo tiempo. Con el sonido del cuenco, murmuré un último Namasté.

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Voy a donar sangre al Hospital 20 de noviembre, paso los primeros filtros sin problemas. Me llaman a un consultorio y asumo que me harán el examen físico de rutina. Pero no, la médica no se levanta del escritorio. Me pide que me siente y me informa que no estoy en condiciones de donar. Me dice que estoy anémica. No habla con prisa ni indiferencia, algo poco común en un hospital público. Me pregunta si me he sentido bien en los últimos meses. Quiere saber si como sanamente. A todo le digo que sí, que me cuido, que hago ejercicio, que me siento bien. Nota mi confusión y deja de hacer preguntas. Puede que piense que me pondré a la defensiva. Opta por explicarme qué es normal y qué no. La escucho, pero no sé bien qué decir, es algo en lo que no pienso. Algo en mi cara le dice que no voy a ir a un especialista, se apresura a decirme que ella es hematóloga y que en su opinión necesito tomar un medicamento y averiguar el origen de la anemia.

Cuando salgo del consultorio, le pide a la enfermera que me de una manzana. La recibo con vergüenza, son las manzanas que dan a quienes donan sangre y yo no lo he hecho. Me angustia pensar en la persona que espera que le confirme que todo ha salido bien en el banco de sangre. No quiero que tenga algún inconveniente con la programación de su operación por mi culpa. Esquivo la boca del metro y camino a casa para postergar el mensaje de texto. Empiezo a pensar en qué es normal para mí desde hace meses: labios pálidos, cansancio, ojeras que duelen, inapetencia, manchas en las uñas, falta de aire, cosquilleo en las manos, confusión, mareos.

¿Acaso esto es anormal pese a que logro manejarlo? Nada de lo anterior me impide cuidar o cumplir o trabajar. Saco los audífonos y pongo música. No estoy dispuesta a pensar en esto. Mejor me ocupo, entro a la primera farmacia que encuentro y compro el medicamento. Mientras pago estoy pensando en una dieta estricta que me permita donar sangre en unas semanas. Listo, me deshago de la incomodidad de tener que pensar en cuidarme y mejor pienso en los demás.

Eso es lo que hago mejor: ver y escuchar a los demás. No lo entiendo, no me esfuerzo, sólo ha sido así desde pequeña. No es extraño entonces que mucha de mi autopercepción pase por ahí. Soy la persona que le sujeta la mano a la señora histérica durante un asalto, la que deja de hacer sus cosas para jugar con un niño que lo pide, la que sostiene la puerta para que los demás salgan durante los sismos, la que cruza el vagón para darle un pañuelo a una chica que llora en el metro. No es bondad, no lo puedo evitar. Me es más difícil mirar a otro lado.

Sólo logro evadirme cuando se trata de mí misma. Pero hoy no tengo opción, recibí los resultados de los análisis de sangre y los checo en el celular. No sé si siento más preocupación por los resultados o por lo desconectada que estoy de mí misma. Tal parece que lo único que he logrado en estos años ha sido acostumbrarme al malestar. Resistir no me ha servido para estar bien, sólo me ha hecho capaz de mantenerme en pie cuando no puedo más, a tener todo lo que siento al margen.

¿Qué es normal y qué no? Ya no lo sé.

*

Después de confirmar que tengo anemia férrica, busco ayuda para mejorar mi alimentación. Un especialista me hace las preguntas básicas y mira con algo de preocupación mis índices de colesterol. Están un poco arriba del rango superior, pero le explico que llevo años así y que ningún médico me ha dicho que sea un problema porque mi peso es ideal para una persona de mi estatura. Me responde con una mueca y me indica con la mano que me levante para que pueda examinarme.

Me subo a la báscula y anota los números que aparecen en la pantalla. Me pide que me quede en ropa interior porque va a contrastar los datos con el plicómetro. Con resignación y algo humillada, miro en el espejo el reflejo del médico que diligentemente mide los pliegues de mi piel. Me visto y de nuevo estamos frente a frente en el escritorio. Me confirma que tengo el peso ideal, pero que mi porcentaje de grasa es mayor al normal y mi masa muscular está por debajo de lo mínimo. Tendré que esforzarme para estar bien. Comer más, hacer mucho ejercicio.

Han pasado ya dos meses de mi primera visita al especialista. En este lapso he comido más que nunca en mi vida. El menú de un día fácilmente, y sin exagerar, equivale a lo que solía comer en dos o tres días. Pero en la medida que la dieta es vasta, también es monótona. Debo comer lo mismo todos los días. Las primeras semanas variaba los condimentos para no aburrirme. Pero con el tiempo dejé de esforzarme, es comida en su sentido más básico y primitivo. Da igual si es dulce o salada, si está fría o caliente. Lo curioso es que nunca había sentido tanto apetito. Durante años comía cuando un mareo ligero o un ardor en la boca del estómago me lo recordaba. Hoy como con voracidad, como si se hubiese reactivado en mí un instinto ligado a la sobrevivencia física. Lo disfruto.

Así como he recuperado el apetito, desde que comencé a ir al gimnasio llevo una relación más transparente con el dolor. Me ejercito cinco días a la semana, entre una hora y media o dos. En las primeras semanas el dolor físico se emparejaba con una especie de llanto caduco del que no podía recordar el origen. Por fortuna, ese otro tipo de dolor se ha ido diluyendo. Y el que permance es un dolor franco: no ofrece paz ni crecimiento personal. Frente a él, la mente no gana. Sólo el cuerpo resiste o cede, no hay más. Sudas, te agitas, te desgarras y gimoteas contra tu voluntad.

Sé que también esto es una forma adictiva de evadir mis problemas. La molestia corporal me distrae del dolor atrasado. Pero la única alternativa que se me ocurre es viajar miles de kilómetros para hundirme en la nieve, como hice hace casi veinte años. Pero si al final no fue más que una anestesia, no veo porque habría de funcionarme ahora.

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Todos somos adictos y las adicciones son de todo tipo. Las hay legales e ilegales, modestas o vertiginosas. Yo he tenido las mías y hasta cierto punto me considero una adicta en recuperación. Y como tal, puedo asegurar que los exadictos podemos ser las personas más estructuradas que puede haber. Recorremos diario los mismos caminos, repetimos libretos, conservamos el orden. Llevamos vidas reguladas por los hábitos y la constricción. Sabemos de lo que somos capaces y apretamos la cadena, no tanto para no dañarnos a nosotros mismos, si no para no herir a los demás.

Es fácil reconocer a alguien con una adicción, aunque sea minúscula. Lo delata una pierna temblorosa, una mueca fija. Pero sobre todo la mirada: algo busca desbordarse detrás del cristalino. Cuando reconozco a alguno, finjo no notarlo. Sé que a la menor provocación puedo abrir alguna puerta. Y el problema con la adicción es que rara vez identificamos de dónde viene el malestar. Buscamos afuera las respuestas que llevamos dentro. Si acaso, sólo sostengo la mirada de quienes parecen no poder más. Sé que sentirse vistos les da unos segundos de calma. Además, confío en que están demasiado agotados como para aferrarse a mí y arrastrarme con ellos.

Las personas que reconocemos nuestra debilidad frente al exceso, tenemos un enorme temor a trastabillar. En lugar de herir a los demás, nos lastimamos a nosotros mismos. Ofrecemos la carne y el alma a cambio de un poco de paz, una palmada en la espalda o una sonrisa apretada. Ritualizamos el dolor y lo convertimos en un servicio a la comunidad. Y por mucho tiempo he pensado que está bien que así sea. Extinguirnos es cuestión de tiempo, ¿por qué no ofrecernos a los demás? Es más loable desaparecer en los otros que explotar y devastar lo que nos rodea. Porque cuando no tienes qué perder, sólo queda sonreír y ver el lado brillante de las cosas porque sabes que todo podría estar, y estará, peor.

Pese a mi compromiso con la expiación, en las últimas semanas me veo a mí misma como un ex alcohólico que lleva décadas acumulando fichas de sobriedad y que un buen día termina atragantándose con ellas. No me quito la idea de que al final de cuentas la constricción te termina consumiendo igual que la adicción. Me he empeñado tanto en mantenerme a raya que he perdido de vista que la adicción es sólo el síntoma de una carencia, no el problema en sí. Entonces, si es así, la sobriedad y la contención son sólo paliativos. Lo que significaría que en unos meses, años o décadas, ese malestar que tanto me empeño en ocultar, vendrá a tocar mi puerta cuando no me queden más fuerzas para resistir.

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Sigo dándole vueltas a eso de qué es normal y qué no. Pienso en que hace un año escribí sobre el descanso y sí bien he descansado, estoy peor físicamente. Me basta hacer un repaso de lo que va del año para confirmarlo: en enero me fracturé una muela por tensión, en febrero y marzo tuve colitis y gastritis, en abril perdí la voz, en mayo me agobiaron las alergias y desde junio navego entre urticarias, contracturas y desvelos. ¿Será que uno empeora antes de mejorar?

Un amigo me habla con lujo de detalle de los círculos circadianos y la importancia de dormir. Sabe que tengo insomnio de nuevo y que desde hace un año no tomo fármacos y que pretendo seguir así. Mientras me cuenta de la melatonina y Aristóteles, yo pienso que mi estrategia tiene que ser aprender a habitar el insomnio. Cuando llega, no me resisto: me levanto de la cama y camino a la sala. Quemo el tiempo con lecturas o música. Y cuando me canso, miro los árboles y trato de descubrir qué hoja es la que se agita primero con el viento. Así espero la mañana, sin desesperación.

Es probable que el insomnio no sea el problema, sino el síntoma. Como el dolor o la adicción, el insomnio advierte que algo va mal y seguirá así mientras me obligue a ser funcional. El insomnio no me deja engañarme. Me recuerda que elegí desgastarme bajo la presión ligera pero constante de una vida que muchas veces no siento mía. Llevo dos décadas huyendo de lo que siento para no molestar a nadie. Pero estoy cansada y he pagado de más por cosas que no quería y que nunca fueron mías. Reconozco mi responsabilidad. No busco un ajuste de cuentas. Sólo quiero un pase de salida. Ya no quiero vivir como un perro herido, incapaz de distinguir una caricia de un golpe.

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Una noche la palpitación del corazón fue tan fuerte que no me dejó dormir. Intenté calmar la incomodidad presionando el pecho con la mano. Sólo logré que la molestia se expandiera: primero al plexo solar, luego al estómago, las manos, las piernas, el cuello y los párpados. De repente me convertí en una cosa que palpitaba. Me asusté y empecé a contar mis latidos, hice ejercicios de respiración para calmarme, pero los latidos se hicieron cada vez más fuertes y expansivos. Llegué a pensar que me estaba dando un ataque al corazón. Estuve a punto de ir al hospital, pero preferí esperar, tenía miedo.

Los días siguientes, la molestia disminuyó, aunque no desapareció. La sentía al caminar, al leer, al escuchar música, al trabajar. Salí de la oficina y me hice un electrocardiograma. Mientras estaba tendida en la camilla, pensé que la doctora me iba a decir que fuera al hospital. Estaba convencida de que algo estaba mal. Pero no, todo estaba en orden. Entonces, ¿por qué sentía que un borbotón de sangre se agolpaba en el cuello como si quisiera comunicarme algo o, peor aún, como si fuera a horadar una salida? ¿Será simplemente que así se siente que la sangre circule con ímpetu por el cuerpo?

Llevo más de un mes con este bombeo intenso y expansivo. Pasé del miedo a la resignación. Tal vez sólo sea la sensación nueva de estar en sintonía conmigo misma. Una especie de palpitante certificado de presencia. Un recordatorio de que todavía existo debajo de todas las versiones que soy para los demás. Una invitación a aceptar que esa corriente subterránea e inenarrable es lo único realmente mío en este mundo. Me eriza la intuición de que no habrá paz mental. Sólo aceptación y responsabilidad. Será un lugar solitario que nadie nunca podrá conocer.

Estoy en el sillón otra vez, miro los árboles. Sujeto mi cuello mientras me acostumbro a este nuevo estado. No me asusta la inmensidad. Ya no puedo seguir colgada por miedo. Sé que continuaré usando máscaras, pero al menos las confeccionaré a mi medida. Y algún día quizá pueda escribir notas al margen, variaciones con letra ilegible, en el libreto que me tocó interpretar.

*

La temporada de lluvias parece retirarse. Ayer reacomodé las plantas y las regué. Me levanto temprano, el sol ilumina despacio la sala. Espío a la pareja de coconitas que desde hace unos días visita el balcón. Bebo un sorbo a mi café y miro el arbusto que he cuidado desde hace diez años. Cuando me lo regalaron medía unos treinta centímetros. Su tronco parecía más una aguja de pino. Ahora mide unos dos metros, pero está enfermo. Se nota en las ramas superiores. No quiero investigar qué tiene ni cómo curarlo. Me desagrada ver sus hojas marchitas cada mañana. Es un arbusto sudafricano, quizás ni debería de estar aquí. Dejo la taza de café y voy por las pinzas de podar. Corto sus ramas enfermas y le deseo buena suerte. Nos deseo buena suerte.

Desencuentros

He sostenido esta foto entre las manos cientos de veces, la he perdido y recuperado en cada mudanza. Es una imagen de cuando tenía 5 años, alguno de nuestros padres la tomó. En ella estoy a punto de salir de la habitación, pero me detengo y miro hacia la cámara. Cargo una bolsa de celofán con unos colores Mapamundi y oculto mi rostro tras una sombrilla rosa. Encontré la foto perdida entre recibos de gas, notas y postales. Es la primera vez que advierto que se asoma tu perfil en el umbral de la puerta. No sé si te imagino y analizo la foto con cuidado. Sí, ahí estás, sonríes mientras me esperas.

Dicen que a esa edad éramos inseparables, que no había persona más atenta y cuidadosa que tú. Yo no lo recuerdo, pero hay tantas fotos en las que sólo estamos tú y yo que no dudo que sea cierto. En cada una de ellas encuentro a un niño dulcísimo que me abriga con su mirada. ¿En qué momento dejamos de ser esos niños? ¿Desaparecimos cuando abandonamos los juegos para convertirnos en adultos?

Todas las familias tienen su anécdota fundacional, esa historia que se cuenta una y otra vez para explicar el origen de dinámicas y personalidades. ¿Recuerdas la que siempre cuentan sobre nosotros? Va más o menos así: una mañana me viste desocupada, yo tenía unos 10 años, y me ofreciste cinco pesos para que tendiera tu cama. Yo te dije que no quería. Ante mi negativa, ofreciste 10 pesos. Volví a negarme. Cuando ofreciste 50 pesos, me preguntaste por qué no aceptaba el dinero por hacer algo que requería tan poco esfuerzo. Te respondí que tender la cama era tu obligación, no mía. No te hizo sentido lo que dije y fuiste aumentando la oferta hasta llegar a 200 pesos. No me convenciste, te diste por vencido y salimos de la habitación.

¿Por qué esa anécdota se volvió nuestra? ¿Fue la primera grieta en la que se asomó una incomprensión fundamental entre nosotros? ¿Fue el inicio de una historia que a lo largo de las décadas no encontraría un punto medio? Quisiera pensar que no, que aquel momento no fue lo que definió nuestra relación. Lo único que tengo claro es que conforme fui creciendo esa parte de mí que te desconcertaba e irritaba fue expandiéndose. Y tu manera de quererme fue mostrarme cómo creías que funcionaba el mundo, trazando rutas para mí, compartiendo atajos y enlistando mis debilidades para hacerme más fuerte. Sé que tu intención era protegerme. Pero sin darte cuenta, desmontabas el pequeño universo que intentaba construir para mí. Tampoco nos ayudó mucho que parte de mi naturaleza sea respingar, algo que viviste como una afrenta personal.

Frente a tu manera de querer, tuve que aprender a contener el llanto, a guardar silencio, a mentir, a dejar de escribir para que no me delataras, a construir una fortaleza para quererte desde una distancia segura. ¿Por qué el amor se lleva tan bien con el miedo? ¿Por qué, cuando el amor se sale de los márgenes, se enturbia con tanta violencia? Lo sé, de verdad que lo sé: esto no es sólo responsabilidad tuya o mía. Son los papeles inacabados con los que nos tocó improvisar.

Podría hacer una lista de recuerdos amargos, pero no lo haré. Sería demasiado sencillo, mezquino incluso. Tú y yo somos más que un rosario de quejas y malentendidos, ¿no? Elijo, en cambio, recordar aquella madrugada en la que desperté en el hospital después de un lavado gástrico. Entre la marea de blancos y mangueritas, lo primero que distinguí fue tu playera morada. Sentí tu mano firme contra la mía. No tenía ni idea de qué había pasado, pero parecía menos grave porque tú estabas ahí.

De alguna manera, tú siempre transmitiste la capacidad de proteger a los demás, casi como si fuera un instinto natural en ti. Tal vez por eso hasta la fecha me sé de memoria el número de tu viejo Nextel. Esos dígitos enfilados eran una especie de palanca de emergencia, un grito de auxilio para cuando la vida me enseñara los dientes. Ese fue el número que vi en la pantalla de mi celular cuando estaba en un lugar en el que no debía de estar. No quería que te preocuparas y respondí tu llamada. Preguntaste si estaba bien y ofreciste ir por mí. Fue como si intuyeras lo rota y perdida que me sentía. No acepté, no pude, ya sabes cómo soy. Pero aun así, en ese momento me reconfortó saber que de alguna manera me cuidabas.

Es probable que no lo sepas, pero durante años representaste todo eso que un adulto debería ser: confiado, disciplinado, protector, comprometido, determinante y pragmático. Te admiraba porque parecías sacudirte cualquier duda con una facilidad que a mí me resultaba imposible. El problema es que con los años, yo también me he hice adulta. Y nos distanciamos por prudencia, pero sobre todo por amor. Nunca fuimos de hablar entre nosotros. Preferíamos recurrir a los terceros para indagar en la vida del otro. Y no sé, nunca me pesó la lejanía porque confiaba en que en algún momento, quizás cuando fuéramos más viejos, lograríamos encontrarnos en un punto medio. Quizás, liberados de nuestros libretos, podríamos sentarnos uno a lado del otro en el jardín, tomar una cerveza y mirar en silencio el trayecto de las garzas rumbo a la laguna.

Sin embargo, nunca alcanzaremos el punto medio, porque casi treinta años después seguimos en el mismo sitio. He salido del cuarto de nuestros padres, he atravesado el umbral y estamos discutiendo en el pasillo en el que agotamos la infancia. Pero esta vez no traigo una sombrilla tras la cual esconder el rostro, esta vez no puedo contener el llanto. Quieres amedrentarme como haces con quienes amas y mi silencio te hiere, lo veo en tus ojos, pero tengo la garganta cerrada y no puedo responder. Me acerco cada vez más y mientras te escucho me doy cuenta de lo tremendamente absurdos que son los malentendidos que cargamos. Casi no queda espacio entre nosotros, no puedo dejar de mirarte, no puedo creer lo que está pasando. No hay vuelta atrás y ambos lo sabemos. Hemos pasado por tanto tú y yo, pero aun así somos incapaces de frenar y dejar de desgarrarnos.

Fue una casualidad encontrarnos. Sólo pasaba por un café antes de seguir trabajando. Estaba cansada y me faltaba el ánimo para interpretar el rol que me han asignado. Me excedí en la ironía, lo admito; pero tú tampoco te mediste y empujaste a todos como siempre haces. Ya no hay golpes sobre la mesa que me impresionen; al contrario, hoy esos arrebatos me parecen signos de debilidad o de falta de carácter. Pediste mi opinión, y cansada de ir caminado de puntillas por la vida, te dije lo que pensaba. Y como somos tú y yo, no supimos parar. Bastó una tarde para desanudar todo lo que nos mantenía unidos y cortar uno de esos vínculos que nos enseñaron a creer inquebrantables. Puede sonar trágico, pero este dolor no tiene nada de extraordinario, tan sólo somos dos personas más en el mundo que olvidaron cómo hablarse.

No tengo un juicio definitivo sobre lo que ocurrió. Dudo que hubiese sido capaz de hacerlo distinto. Siento culpa por lo que nos quieren, aunque ellos todavía no han cruzado esa línea de la que hablaste. Así que espero que puedan seguir tirando del hilo que yo tensé hasta romperlo. Has pasado por cosas peores que esto y, al igual que yo, logras crecerte frente al dolor. Sé que estarás bien bajo tus propios términos. Yo también, aunque algo más sola, pero ya no tendré que esperar el día en el que todo explote. Qué amargo comprobar que el amor no basta para sostenernos ni a ti ni a mí.

Vuelvo a mirar la foto y fantaseo con que, en ese intersticio, existe aún una mejor versión de nosotros. Una versión en la que somos esos niños protegidos por la candidez de la infancia y el desconocimiento de la vida adulta, esos niños que juegan a esconderse tras cortinas blancas con óvalos color ocre. Hay tanto de ti en mí que me duele pensarlo. Y después de esa tarde, cada cosa tuya que reconozco en mí se convierte en una piedra más que agrego a la colección que cargo en el estómago. Está claro, tú y yo no aprenderemos a hablar, no compartiremos risas, no habrá música ni fotos y no resolveremos ese juego de mesa que siempre dejamos para después.

Lecturas involuntarias, o la belleza de la biblioteca pública

I

Con la temporada de lluvias llegaron mis impulsivas visitas a la biblioteca pública. Una tarde de regreso de la oficina, tramitar mi credencial me pareció una necesidad inaplazable. Llamé, me dieron informes y media hora después ya estaba caminando sobre la calle Riff. Tenía ocho años cuando visité por primera vez la Biblioteca Francisco Zarco. Mi madre me llevó después de clases, y lo que recuerdo es sujetar su mano mientras me explicaba el uso del enorme fichero de cajones infinitos. Me maravilló saber que esos números y palabras plasmados en las fichas sirviesen de puertas al mundo. Ese día empecé a creer que con un poco de paciencia, es posible capturar unos instantes el mundo, clasificarlo y atesorarlo –así como yo hacía con las hojas de los árboles que encontraba en mis expediciones infantiles.

A partir de esa primera visita a la biblioteca los libros pasaron a ser mi herramienta para  transitar la vida. Todo lo que he hecho ha estado filtrado, de alguna u otra manera, por un libro. Cuando comencé a tener dudas sobre lo que me rodeaba y sobre mí misma, un libro siempre me acompañó. Quizás no era el libro adecuado y sus claves podían estar erradas, pero me daba un terreno firme para avanzar, para asomarme al mundo y disminuir el peso de la inadecuación.

Desarrollé una temprana compulsión por leer todo lo que tuviese a mano. Leía cualquier cosa, sin criterio alguno. Desde los ingredientes enlistados en la caja de cereal, los dramones de Corín Tellado, los manuales de química de mis padres, los booklets de los discos, los chistes de la revista Selecciones, la colección de pulps que me prestaba mi tío, el libro del Apocalipsis y hasta el método de la BBC para aprender inglés. Para mí, todas esas lecturas desordenadas eran parte de un juego de exploración en el que me preparaba para lo que iba a vivir. Creo que desde entonces supe lo más valioso que ofrecen los libros: con muy poco te hacen sentir que tienes algo totalmente tuyo.

También desde pequeña comprendí que los libros son una caricia, una manera de comunicar amor. ¿Cuántas veces no regalamos un libro para que alguien sepa que lo comprendemos? ¿O cuántas veces no hemos prestado un libro con el deseo de que se acerquen un poco a nosotros? Los libros son un lenguaje afectuoso que permanece a través de los años. Por ejemplo, aquel tío que me prestaba sus pulps y novelas sobre rebeldes sin causa, nunca ha dejado de regalarme libros que intuye que me podrían gustar. Incluso ahora que ya no vivimos en la misma ciudad y lleva años sin poder leer debido a su pérdida de visión, me llama cada domingo a las 4:25 pm para recordarme que no me pierda un programa televisivo sobre libros que ambos disfrutamos. Rara vez nos decimos “te quiero”, pero no hace falta, tenemos los libros.

II

Lo primero que noté al llegar a la biblioteca fue que el anuncio de la fachada decía “Bibioteca”, y parecía que desde hace años a nadie le había dado por buscar la “l” extraviada. El edificio se ve viejo, es una de esas construcciones ochenteras que en su momento quisieron anunciar prosperidad, pero que al final sólo son un recuerdo de crisis de fin de siglo. Con esto en mente, trato de encontrar la placa con la fecha de inauguración, pero la bibliotecaria me saca de mi marasmo con un “buenas tardes”. Me acerco al mostrador y le muestro mis papeles. Me dice que podré iniciar el trámite, pero que pasarán varias semanas antes de que me puedan dar una credencial. No se esfuerza en dar alguna excusa, pero nota mi decepción y se apura a decirme que aun así puedo llevarme libros a casa.

Subo al primer piso, echo un vistazo a los estantes y no me desanima el adelgazado acervo. Al contrario, paso casi una hora repasando con atención los lomos. He reconocido ediciones y colecciones que también estaban en casa de mis padres o de mi abuela. Enciclopedias, diccionarios, antologías de poesía, ediciones de clásicos de la literatura universal, tomos sobre culturas antiguas y varias reliquias del Fondo de Cultura Económica. Sin darme cuenta me dejo guiar por una renovada curiosidad infantil y comienzo a elegir libros al azar. Me impulsa la necesidad de leer, nada más. Tomo dos libros de poesía, acaso el género que me es más ajeno. Me emociona leer de nuevo por necesidad y no por deseo.

 Conforme bajo los escalones hacia el mostrador, vuelvo a mí, frunzo el ceño y me sacudo el polvo que acumularon mis manos en la expedición. ¿Será que le entendí mal a la bibliotecaria? Seguramente, ¿en qué mundo me van a dejar llevarme libros así nada más, sin credencial? Pero ella anota los títulos y mi nombre en un post it. Me entrega los libros, los guardo bien para que no los moje la lluvia y salgo del edificio con la agradable sensación de que de vez en cuando, quizás de formas minúsculas, se gana.

III

Me apena un poco afirmar que todo lo que sé, lo sé gracias a los libros. Pero es así, tengo una innata torpeza para la vida y los libros han sido mis vasos comunicantes con lo que me rodea. Los libros me permiten nombrar lo que no entiendo, son una forma de orden en medio del caos.

He leído libros para comprender la adolescencia, el duelo, la fe, la pérdida de la fe, el deseo, la ira, la desesperanza, la enfermedad, el dolor. Sé que la realidad no está apretujada entre las páginas, pero muchas veces me ha reconfortado leer que alguien más (a siglos de distancia) se sintió acosado por las mismas preguntas que me quitan el sueño. Cada página me hace sentir más acompañada y desdramatiza mi situación al regalarme algo de perspectiva. Los libros son el recordatorio perfecto de que todos padecemos, envejecemos, fracasamos, soñamos, inventariamos el pasado y atesoramos el futuro.

IV

Escribir, hacer libros, me parece una de las más bellas y descabelladas empresas humanas. Me parece hermoso que alguien dedique su tiempo a poner en palabras lo que le deslumbra o destroza. En especial admiro a la gente que hace poesía, me parece un arte inalcanzable y sin duda demasiado complejo para mí. Quizás por esa admiración me he alejado de la poesía, me angustia no entenderla.

Sólo ahora, que vuelvo cada tanto a la biblioteca pública a leer libros de manera mucho más intuitiva, he podido disfrutar de la poesía. Algo entiendo y lo demás lo intuyo, y se siente bien que así funcione. Sospecho que leer poesía se me está haciendo un hábito y me gusta. Al fin comprendo que la poesía puede ser la hoja que se agita con el viento, el beso robado o el barquito de papel que un niño abandona en la banca del parque.

V

Hace unas semanas un amigo me invitó a compartir con sus estudiantes algunas herramientas para escribir dentro del ámbito universitario. La pregunta central era: ¿Cómo escribir? Después de dos horas en las que les platiqué mi experiencia y les mostré mi caja de herramientas para atacar la hoja en blanco, me quedé con la sensación de que la pregunta importante, al menos para mí, era en realidad otra: ¿Para qué escribir? Y para eso no tenía respuesta. No sabría decir qué sentido tienen las horas que le dedico a pensar, ordenar y enredarme con las palabras.

Sé que no escribo porque quiera ser escritora, ni porque tenga algo particularmente brillante que decir y tampoco poseo un estilo que merezca ser desarrollado. Entonces, ¿para qué escribir? Después de algunos días dándole vueltas, creo haber llegado a una respuesta: escribo porque escribir es mi manera de vaciarme del mundo. Si leer es mi herramienta privilegiada para internarme al mundo, la escritura es el salvoconducto para escapar de él.

No soy de las personas que cuentan lo que han soñado,  incluso cuando despierto con la necesidad de hacerlo. Siempre he tenido la sensación de que al contar los sueños se pierde algo en la traducción, algo se escapa y termina deslavando los colores, aminorando las sensaciones y forzando un orden que no existía en el sueño. Sin embargo, muchas de las cosas que me preocupan u obsesionan sí las cuento, y escribo sin chistar porque justamente utilizo esa pérdida de sustancia a mi favor. Es decir, confío en el hecho de que al escribir sobre algo, ganaré distancia. Al tratar de traducir, clasificar o encapsular algo que me angustia o duele, confío en que perderá fuerza.

Me gustaría pensar que escribo para caminar un poco más ligera. Sin pretensiones, sin sueños de grandeza y sin deseos de permanencia. Escribo porque así puedo renunciar a temas que me agobian, puedo poner un punto final a asuntos inagotables, porque en cualquier momento tomo una hoja en blanco y empiezo de nuevo.

VI

Esta semana me llamaron para avisarme que por fin puedo ir a recoger mi credencial de la biblioteca. Me tardé treinta años en tenerla, pero supongo que este era el momento en el que me hacía falta. Sólo ahora puedo explicar que los libros me dan un provisorio centro de gravedad dentro del mundo y que escribir me permite soltar ese cable a tierra cuando necesito liberarme de él.

Autorretrato

Nací el año del desastre de Chernóbil, del Mundial de Fútbol en México y del estreno de Blue Velvet. Tengo dos hermanos, ambos mayores que yo. Pese a nuestras máscaras adultas, nos queremos como antes. Mis abuelos ya fallecieron. Mis papás siguen vivos y no estoy lista para vivir en un mundo en el que no estén. Desde pequeña algunos de mis sueños transcurren en una ciudad que me inventé. Sus plazas, calles y límites poco han cambiado con las décadas. Mi primer refugio fue la ficción. Las películas y la literatura tienen mejores tramas que la realidad. Planté un árbol cuando era niña, alcanzó más de 6 metros de altura, pero hace unos años le cayó un rayo y se quemó. En la preprimaria me fracturé el brazo y no me di cuenta. Mi maestra gritó e improvisó un cabestrillo. A veces tengo la impresión de que camino las mismas líneas que mi abuela o que me envuelven las mismas tardes que a mi madre o que mis colecciones son las mismas que las de mi padre. No sé por qué me sorprende, todos estamos hechos de los demás. Antes odiaba el aguacate, ahora me gusta. Antes amaba el queso, hoy soy intolerante a la lactosa. Detestaba el color rosa, ahora lo uso porque me sienta bien. Soñaba con lanzarme de un paracaídas, hoy me da miedo la altura. Extraño la sensación de despertar sin saber qué día es. Me gustan más los perros que los gatos. Prefiero el café al té y el pan dulce al pastel. Me gusta trabajar en la cama, como Onetti. Me gusta la Navidad y el Día de Muertos. Disfruto más aprender que enseñar. No tengo película, libro o álbum musical favorito, es un despropósito forzarse a elegir. En las calles tranquilas, cierro los ojos unos segundos y sigo caminando. Es un riesgo placentero. Me da miedo ver mi reflejo en el espejo cuando las luces están apagadas. Le sonrío a la gente en la calle, es un gesto contra la penumbra. Soy individualista, pero creo en la comunidad. Tengo asuntos pendientes con varias personas. No los resolveré, ya no soy la misma que los dañó. Tengo pocos amigos, pero son los que necesito. Soy agnóstica pero cuando siento pánico viene a mi mente la oración que hacía de niña. Desde hace más de una década amo a la misma persona. Es la persona con la que habito y comento el mundo. Somos afortunados. Todavía no tengo canas, pero me han salido manchas y arrugas. Me fracturé tres dedos mientras jugaba con mi sobrino, me di cuenta tres meses después. Tengo los dientes incisivos inferiores chuecos, mi perrita Avellana también. Estoy haciendo cosas que debí haber hecho de niña o adolescente. No me da vergüenza. Me gustaría vivir en una ciudad de Bulgaria. Me conformo con vivir cerca de una calle que se llama Bulgaria. Todos los días tomo café en la misma taza. Todavía envío postales. Detesto los grupos de WhatsApp. Mido el tiempo en canciones. Tengo alta tolerancia al dolor, pero lloro fácilmente. Se me dificulta recordar el nombre de las personas. No me gustan las matemáticas. Me cuesta trabajo leer la hora y diferenciar la izquierda de la derecha (cuando no se trata de ideología). Echo de menos las monografías y el sarcasmo. Me gusta escribir, todas las personas deberían de escribir más. Bailo cuando estoy sola. Uso el mismo perfume desde la preparatoria. Prefiero el frío al calor. Me gusta el trabajo académico, pero no la academia. Publiqué un libro, llegó una pandemia. Investigo porque me gustan las novelas de crimen. Viajo por la alegría que me da volver. Recuerdo naderías y olvido lo importante. Durante dos años pensé que tenía 36 años. Este fin de semana cumplo 38.

En los márgenes del descanso

The fact that the body is lying down is no reason for supposing that the mind is at peace. Rest is far from restful.

Séneca

Hace unos meses me comprometí a entregar un breve texto sobre el descanso. Pensé que, si lograba desmenuzar el significado de la palabra, aprendería a descansar. Pero no fue así, sólo gané consciencia de lo difícil que es parar.

Terminé el texto hace varias semanas pero me quedaron estas notas al margen escritas en momentos y estados de ánimo distintos.


Aceite de lavanda, melatonina, ruido blanco, CBD, tapones para los oídos, Lexotan, ejercicios de respiración, Clonazepam, meditación, té caliente, almohada nueva… estos son algunos de mis trucos fallidos para dormir. Nada me funciona.

Llevo veinte minutos acostada, no encuentro una posición cómoda. Mi almohada comienza a rebelarse, se irrita y desarrolla un chipote del lado derecho. Mis ojos se han acostumbrado a la obscuridad. Distingo a la perfección las líneas del clóset, la lámpara, la ventana, el bulto de ropa sin acomodar. Comienzan los murmullos.

 ¿Por qué no levanté la ropa antes de acostarme? ¿Apagué el gas? Otra vez olvidé llamar a B. El calor es insoportable ¿Y si tiembla? ¿Por qué me pareció buena idea vivir en un cuarto piso? ¿Y ese zumbido? No es el refri ni el regulador.

Me levanto sin prender la luz y paso 5 minutos dando vueltas hasta que descubro que el sonido viene de afuera. Me asomo a la calle y miro hacia la esquina que emite el ruido. Por unos instantes me relajo y observo las banquetas vacías. Mientras una polilla vuela en círculos bajo la luz de un poste, calculo cuántas horas faltan para que inicie el día.

El diagnóstico es claro, el trabajo precario reduce la calidad y esperanza de vida. Pero la solución es más difícil de centrar y en lugar de discutir la relación entre precariedad laboral y el sistema económico neoliberal, los esfuerzos se han decantado por la creación de nuevas tecnologías del descanso y del bienestar. Se han desarrollado apps para monitorear los hábitos de sueño, se han puesto en el mercado lámparas cuya luz promueve el descanso, se ha aconsejado reducir el tiempo en pantallas, se ha discutido sobre los mejores sonidos para conciliar el sueño y se han popularizado prácticas como la meditación o el napping.

Miguel Ángel Hernández ha escrito sobre la importancia de hacer de la siesta un hábito. No es un libro científico ni nada por el estilo; es un texto literario que ve en la pausa del trabajo una rebelión contra el tiempo productivo del capitalismo. El tipo me parece inteligente, así que intento incorporar la siesta en mi rutina.

Tengo quince minutos libres antes de entrar a una reunión de Zoom, así que cierro la computadora e intento tomar una siesta. No pasan ni treinta segundos y ya me llegó una notificación al celular. A la segunda vibración, lo levanto. Con el celular en la mano no puedo evitar abrir mis redes sociales.

El algoritmo sabe que llevo algún tiempo obsesionada con el descanso y satura mi pantalla con publicidad de tecnología del sueño. Me venden colchones, canales de meditación, el libro del “Club de las 5am”, el método para despertarse sin alarma, la técnica del sueño controlado y medicamentos naturistas. Intercalados entre los anuncios, veo reels de Keanu Reeves y publicaciones tanto de amigos como de desconocidos.

El tiempo de descanso se va agotando, así que deslizo más rápido como en busca de algo. Ante tantas sonrisas, frases motivacionales y certezas no puedo evitar pensar que los demás no sólo tienen el tiempo de vivir, también tienen el tiempo de disfrutarlo, reflexionarlo y publicarlo. Yo sé que no es del todo así, pero no importa. Ya me abrazó la sensación de estar al margen de mi propia vida. Lo peor de todo es que no estoy al margen por una razón admirable. No es que esté criando a alguien, ni se debe a un abrumador éxito profesional o a una vida de voluntariado. Estoy al margen porque tal parece que no puedo con la carga mínima de un adulto medianamente funcional.

Ya se consumieron mis quince minutos. Me levanto y dejo el celular a un lado de la computadora. Tomo los audífonos, me enderezo y abro el enlace para mi reunión.

No es de extrañar entonces que la Revolución Industrial provocase la reducción de los periodos de reposo y la intensificación de la fatiga en los obreros (hombres, mujeres y niños), quienes cumplía jornadas laborales cercanas a la esclavitud. En cambio, entre las clases acomodadas se popularizaron nuevas formas de descanso como los retiros y las estancias de reposo fuera de las urbes para convalecientes, melancólicos o víctimas del spleen. Tendrá que llegar el siglo XIX para que los movimientos obreros logren la reducción de las jornadas laborales y el descanso comience a formar parte del imaginario de la clase obrera. Para Corbin (2022), el gran siglo del descanso se extendió entre el último tercio del siglo XIX y la mitad del siglo XX, un periodo de alegorías y sueños con playas, paseos, balnearios y vacaciones que se plasmaron en las pinturas impresionistas.

Conforme avanzo en mi investigación, confirmo que la humanidad lleva siglos entre la autoflagelación y la búsqueda de una mejor relación con el descanso. Me sorprende encontrar lugares comunes y frases que hasta la fecha moldean nuestra forma de descansar. Hay una en particular que me es muy familiar: “Ya descansaré cuando me muera”. Cuántas mujeres no la han dicho en tono enfadado ante la insistente invitación al descanso. Yo me la he dicho a mí misma cuando ya no puedo más. La frase funciona como magia, me transporta a un estado que llamo “piloto automático”. Gracias a este mecanismo sobrevuelo rachas de mucho estrés. Quizás el único defecto de mi “piloto automático” es que recuerdo poco de esos periodos. Así me he perdido de juntas de trabajo, reuniones familiares o charla con amigos. Si bien estuve ahí, no estuve del todo presente.

Cuando estoy agotada tiendo a seguir un guión de lo que debería decir, hacer o sentir ante tal o cual situación. Gracias a esta interpretación de mí misma siempre salgo del paso. Sin embargo, en los últimos meses me he sentido tan cansada que los demás comienzan a notar mis ausencias y olvidos. Pregunto cosas que ya me han dicho. Noto su irritación, extrañamiento y confusión. Siento vergüenza, intento disimular lo mejor posible y me disculpo por el despiste. En el fondo sé que es algo mucho más grave. Mi piloto automático se ha averiado. Pero ante esta nueva situación de descontrol no opto por bajar el ritmo, más bien comienzo a exigirme más y a anotar todo obsesivamente para no olvidar ningún detalle.

Una constante perceptible desde la Antigüedad hasta antes de la Reforma, es que el descanso era exclusivo de los dioses y por ello, como plantea Alain Corbin (2022), durante casi dos milenios teólogos, predicadores, fieles y pastores compartieron una misma obsesión: el descanso eterno. Porque si el descanso terrenal era inaccesible, tendría que haber algo más que justificase el trabajo, el sacrificio y el sufrimiento. Y ese algo era el descanso eterno, lo único a lo que podían aspirar los mortales. De ahí que se planteara que la vida terrenal no era relevante y que la recompensa del sacrificio y dedicación a Dios era el descanso que sólo llegaría con la muerte. El descanso en esta época estaba desvinculado de lo material y del tiempo presente, como explicaba en el siglo XVII el célebre obispo francés Jacques-Bénigne Bossuet en su sermón sobre la muerte. Sin embargo, esta lógica temporal y la sobreestimación del tiempo eterno sobre el terrenal se trastocó en el siglo XVIII con la llegada de la Revolución Industrial. El tiempo presente y terrenal pasó entonces a ser tan importante como la eternidad.

Hoy entregué los proyectos que tenía pendientes. Es viernes por la tarde, cierro la computadora y me acuesto en la cama. Hay silencio y tengo todo para sentirme satisfecha. Aun así no puedo descansar. ¿Por qué no puedo descansar? ¿Esa es la pregunta correcta? ¿No será mejor preguntarme si en realidad quiero descansar? Qué tal si lo que necesito en realidad es trabajar más para algún día hacer el inemuri como los japoneses y presumir mi cansancio, lucirlo como una medalla. Y es que nunca he descansado tan bien como cuando he trabajado hasta el límite de lo que me es posible. Así que si no puedo descansar, debe ser porque todavía tengo energía para aprovechar. Es momento de sacar la lista de pendientes, asumir nuevas responsabilidades, planificar y afrontar nuevos retos.

Nada más pienso en trabajar más y me doy cuenta de que mi descanso queda muy lejos del inemuri. Sé lo que me pasa después de trabajar obsesivamente. Mi descanso se parece más a una depresión. Duermo mucho, no quiero salir de casa ni ver a nadie. Mi recuperación física siempre va acompañada de una pérdida de sentido. Después de haber logrado algo, me comienzo a preguntar qué propósito tuvo y no encuentro motivos para levantarme de la cama.

Descansar es enfrentarnos a nosotros mismos, aburrirnos de nuestras vidas, cuestionar nuestras decisiones. Durante el descanso algo nos carcome, en su silencio percibimos esa obscuridad y tristeza que siempre ha estado ahí. O al menos siempre ha estado ahí para mí. Recuerdo que de niña odiaba las tardes de domingo, porque anunciaban el regreso a una rutina sin sentido, eran la antesala del reinicio infinito de la semana. Ante ese sentimiento que todavía no lograba nombrar, lo único que se me ocurría hacer era asomarme a la ventana que daba a la calle y esperar a que algo pasara.

En estos días he leído un libro del historiador Alain Corbin en el que recupera a varios autores para reflexionar en torno a los domingos. Corbin escribe que por ahí de 1860, Jules Vallés sugería que el domingo siempre es aquel de nuestra infancia. Un día vacío, triste, pálido y tremendamente largo. Al menos así es para muchos niños y para aquellos individuos que se inclinan a la tristeza o a lo que Baudelaire llamó a veces ennui y otras spleen.

Me angustia la posibilidad de que mis tardes de domingo (y por tanto, mi descanso) siempre sean las de mi infancia. Esta idea me obliga a reconocer que pongo mucho empeño en forjar una armadura contra el vacío. Y la verdad es que ya no sé si estoy deprimida porque trabajo mucho o si trabajo mucho para olvidar que estoy deprimida.

Como se ha planteado hasta ahora, el trabajo no sólo es un elemento del sistema económico y productivo, también funciona como ideología. En su dimensión ideológica, el trabajo moldea las necesidades y deseos humanos, justifica el sufrimiento y el esfuerzo, contribuye a la construcción de la identidad individual y perfila la percepción que se tiene del mundo y su funcionamiento. Es decir, el trabajo no sólo produce bienes materiales, también crea subjetividades. El trabajo es un problema de producción y reproducción de la identidad individual. El peso de la vocación-profesión sigue presente en el siglo XXI. El dilema es que pese a las permanencias del discurso ideológico del trabajo, en términos concretos, éste ya no brinda lo mínimo para que la clase trabajadora viva dignamente y mucho menos para que acceda al descanso.

Hace semanas que me siento agotada. Estoy cruzando un nuevo límite. Ya no se trata de la conocida gastritis o colitis, ahora me siento mareada todo el tiempo y mi vista está cada vez peor. Es todo tan extraño que me pregunto si el estrés o el cansancio pueden provocar ceguera. No sé si esto es una neurosis o el asomo de un colapso nervioso. Cada película que veo siembra un pensamiento obsesivo, cada playlist que pongo me deprime y cada libro que leo me descoloca.

Decido dejar de trabajar y darme un tiempo para caminar e ir a un café a leer. Llevo un libro de Mariana Enríquez. Tomé ese libro en específico porque no tengo muchas ganas de leerlo. Creo que será una lectura “segura”. Leo los capítulos en desorden y sin estrategia alguna.

A los 15 minutos de lectura me topo con este párrafo:

“No sé decir que no porque tengo miedo de que no me llamen más, de ninguna parte. Porque tengo miedo a quedarme sin trabajo y que, luego por castigo cósmico (…) no vuelva a aparecer ningún trabajo. Ni lindo ni feo ni grato ni gozoso ni insoportable: ninguno…, eso es uno de mis terrores pánicos, la catástrofe, la miseria, la vida en una habitación de la casa de mis padres, el desprecio y la inutilidad, el castigo, por no haber gozado, por insatisfecha, por ingrata”.

No puedo contenerme, percibo cómo me desbordo sobre el libro, sobre la mesa, sobre todo lo que me rodea. Me da pánico ahogarme en ese sentimiento.

Trato de controlarme, al menos lo suficiente para pedir la cuenta. Me tomo de un trago el resto del café y salgo incapaz de ocultar mi turbación. Escucho a las meseras cuchichear a mis espaldas y camino más rápido. Me siento ridícula y cansada, pero decido volver a pie a casa aunque es de noche, hace frío y me tomará 40 minutos llegar. No es que me angustie tener que explicar mi turbación, es simplemente que no quiero estar en ningún lugar.

Pongo música en mi celular. Jeff Buckley me desliza una frase que me ofusca: “Too young to hold on and too old to just break free and run”. En el borde desde el que me encuentro no puedo evitar pensar que esa frase describe cómo me siento: atorada en una edad extraña.

De camino a casa, veo a un chico cerca de la parada del trolebús acomodando los cartones sobre los que dormirá esa noche. Esta imagen me hace recordar el artículo de periódico que decía que 12% de las personas en situación de calle en la Ciudad de México cuentan con estudios universitarios. Me pregunto por las circunstancias que los llevaron a esa situación e imagino cuántos sueños no cumplidos tendremos en común.

La clase trabajadora contemporánea no se encuentra muy lejos de esa autodestructiva relación con el trabajo. Byung-Chul Han (2024) advierte que en las sociedades del siglo XXI prima un apego al trabajo provocado por el miedo a quedar sin empleo. Dicho temor fomenta un ambiente altamente competitivo y de absolutización del rendimiento que quiebra el sentido de comunidad. Cada cual está concentrado en su propia batalla laboral y está dispuesto a aceptar peores condiciones pues sabe que alguien más estará dispuesto a tomar su lugar. El sistema neoliberal propaga el miedo para incrementar la productividad y sus ganancias. Miedo a fracasar, miedo a no seguir el ritmo, miedo a no cumplir las expectativas propias o ajenas, miedo a perder lo que se tiene y terminar en la calle.

Llevo más de dos meses sin tomar Clonazepam. A veces duermo, otras no. Está bien, me estoy acostumbrando. Si bien me siento cansada casi todos los días, al menos no siento la sutil cruda de los fármacos. He escrito mucho, pero llevo meses sin publicar. También me he distanciado de esas amistades que no resisten las ganas de decirme que debo hacer más porque me estoy “desperdiciando”.

 Estoy cansada de escuchar, de coleccionar problemas ajenos, de ofrecerme voluntariamente como soporte emocional, de dar respuestas que en realidad nadie quiere escuchar. Si alguien me necesita, aquí estoy. Simplemente ya no quiero que todo mi tiempo sea el tiempo de los demás.

No tengo nada resuelto, me sigo cargando de pendientes y a veces me dan ganas de llorar sin razón, pero al menos ya no me siento orgullosa de mi cansancio. Al menos sé que la vida que quiero tener es incompatible con el ritmo de trabajo que he llevado desde hace tiempo.

Vivir de otra manera es difícil porque es difícil pensar de otra manera y, a su vez, es difícil pensar de otra manera porque es difícil vivir de otra manera. Pero ante este hecho, se puede optar por al menos dos estrategias: 1) luchar por derechos sociales y laborales e 2) imaginar nuevos modos de vida. Esto último es clave, porque si la imaginación confina nuestras prácticas, necesitamos soñar otras temporalidades y realidades que resistan a las hegemónicas. Repensar la noción de descanso no se circunscribe a estilos de vida o ética laboral, el descanso agrupa, por ejemplo, reivindicaciones de género y raza. En este sentido, luchar porque el descanso sea un derecho promueve el cambio social y combate la precariedad.

Confesiones de una amante inconstante o las razones por las que dejé de ser fan

“You are the party that makes me feel my age”, Pulp.

Hace unos días se realizó uno de los festivales de música más emblemáticos de mi ciudad. No tenía planeado ver la transmisión en vivo, pero la curiosidad me ganó. A lo mucho vi una hora. Como en cualquier festival, la calidad entre bandas varió bastante. Pero lo que no me esperaba era ver resucitadas a agrupaciones cuya celebridad se extinguió, como mínimo, hace una década.

Observar a varios representantes de la música de mi generación tan envejecidos, reafirmó mi percepción de que como fanática me he convertido en una amante inconstante. Antes iba a todos los conciertos que podía, aceptaba cualquier invitación o boleto gratis. Ahora rara vez voy.

Mis razones son varias:

  • El precio excesivo de los boletos, incluso los de gayola, me hacen sentir estafada.
  • Las bandas no necesariamente suenan mejor en vivo.
  • Es una lata llegar y salir de los recintos.
  • Hay una alta probabilidad de que ir al concierto me haga sentir de mi edad y/o fuera de mi clase social.
  • Van en aumento los individuos que se dedican a bloquear la vista con sus celulares porque están grabando algo para sus redes.

Ni por las bandas que marcaron mi juventud asisto a un concierto. Y es que nadie te advierte el potente daño a la autoestima que te puede provocar ver a tus héroes de la adolescencia, todos panzones y sin aliento en el escenario. Son poquísimos quienes llevan la vejez con elegancia y sin perder un ápice de vitalidad. Pero no todos pueden ser Patti Smith, Stevie Nicks, David Byrne o Caetano Veloso.

Sólo una agrupación me hace flaquear: Depeche Mode. Si bien está lejos de ser mi banda favorita, sí es la que me ha acompañado en cada una de mis etapas. Se ha adaptado a mi vida y yo a su trayectoria. Y cuando los escucho en vivo, reconquisto la capacidad de cantar y sonreír como una niña sin miedo a ser vista.

En mi experiencia, Depeche Mode reúne en sus shows a personas muy distintas entre sí. Clases sociales, edades, tendencias políticas y orígenes se diluyen durante un par de horas bajo el encantamiento de esta agrupación inglesa. Estamos ahí congregados porque amamos al menos una de las facetas de Depeche. Ya sea la joven banda de sonido industrial, la del look de vaqueros salidos de un comercial de Pepsi, la compuesta por brillantes tóxicodependientes, la de los tipos con crisis de mediana edad o aquella que nos recuerda que algún día disputaremos un juego de ajedrez con la muerte. Depeche Mode tiene el mérito de cruzar transversalmente la sociedad, así como lo hicieron los Beatles o los Doors.

“Help me believe in anyhing / ‘Cause I wanna be someone who believe”, Counting Crows.

La palabra fan viene del latín fanaticus y se refiere a un templo u hogar sagrado. Y desde hace tiempo, una de las encargadas de crear santos populares ha sido la industria musical. Esta industria fabrica ídolos que nos ayudan a sobrellevar la apabullante experiencia de estar vivos. Su música nos consuela, permite que revivamos emociones pasadas y sacia nuestra sed de ser más de lo que somos, aunque sea durante unos minutos. Tal vez sea por esa función sagrada de la música popular que tendemos a atribuir cualidades extraordinarias a nuestros intérpretes predilectos. Los convertimos en santos seculares y nos transformamos en creyentes. Y como tales, nuestro diezmo no se limita a lo monetario. Damos también nuestro tiempo y dedicación. Coleccionismo, fetichismo, obsesión, sacrificio… nada de esto le es ajeno a un fan.

Ser fan, me parece, es más fácil durante la pubertad y adolescencia porque estamos descubriendo el mundo y luchamos por un lugar dentro de él. Durante estas fases, nos enfrentamos al dilema de convertirnos en alguien. Y la música es el artilugio que tenemos a mano para afirmarnos y gritarle al universo que estamos aquí.

Yo también quise creer en algo, ser alguien. Pero rápidamente me di cuenta de que mi salvaje sueño de estar en un escenario, interpretando el solo de guitarra más poderoso de la historia, nunca sería realidad. Mis talentos y habilidades musicales fueron nulas desde la infancia. Pero si no era capaz de convertirme en una “estrella”, al menos podría ser fan y mi doctrina elegida fue el brit pop.

Como buena fan tapicé mi cuarto con posters, atesoré recortes de revistas, llené disquetes de fotos con pésima resolución, imité la estética del brit pop, me apropié la computadora familiar para entrar en foros sobre música y pasé tardes enteras descifrando las letras de las canciones. Sobre esto último, reconozco que en ese entonces mi escaso conocimiento del inglés y la falta de referencias culturales me llevaron a interpretaciones bastante erradas. Sin embargo, mis limitaciones no impidieron que creara significados personales. Logré que las canciones fueran mías y para nadie más.

“Please don´t put your life in the hands of a rock and roll band/ Who´ll throw it all away”, Oasis.

Pese a la espléndida sensación de pertenencia, ser fan no es fácil. El esnobismo es un padecimiento común entre la comunidad. Siempre hay alguien que sabe más o que puede gastar más dinero, transformándolo todo en una competencia. Otra pesadilla de los fans es que, más seguido de lo deseable, las bandas que veneramos suenan terrible en directo o, peor aún, los integrantes son unos cretinos consumados. Estas dos últimas decepciones se materializaron cuando vi por primera y última vez a mi banda de la adolescencia. Sonaban como amateurs y los miembros de la banda actuaban como idiotas.

Con ese fatídico concierto comenzó mi desintoxicación del fanatismo, un proceso que se aceleró gracias a mi primera decepción amorosa. Acá una síntesis de la patética experiencia: era una adolescente solitaria cegada por el amor a la música y dirigí ese amor hacia un chico cuyo único mérito era que escuchaba a Depeche Mode y que un día descifró en mi dirección de correo electrónico el tributo que le rendía al brit pop. No tardé mucho en comprender que mis razones para enamorarme de este chico eran bastante cuestionables, en especial porque ni siquiera me resultaba simpático.

Dejé de ser fan por completo gracias al empujón que me dio mi fallido amor platónico. Abandoné la lectura de biografías de los artistas que me gustaban, no vi más documentales de VH1 sobre música, ya no me obsesioné con tener todos los cd´s, ni me estudié religiosamente las letras de las canciones. A partir de entonces, consumo desordenadamente la música que me gusta, no busco datos para adivinar sentidos ocultos, ya no me importa si entiendo o no. Me empeño en escapar del fanatismo, así tengo todo por aprender y me sorprendo fácilmente. No impongo mi gusto musical ni alecciono a nadie.

 “Nunca conozcas a tus ídolos” se convirtió para mí en regla de vida y la he seguido puntualmente. Hace unos años, en las calles de Zacatecas, en el marco de un festival literario, me crucé con Bob Geldof. Sí, el protagonista de “The Wall” de Pink Floyd, el organizador del Live Aid y el vocalista de The Boomtown Rats. No quise abordarlo. Acercarme sólo hubiese roto la mística que lo rodea. En un instante hubiese dejado de ser un ente mitológico para convertirse en alguien como yo. Me concentré en el púrpura de sus zapatos de gamuza y seguí adelante.

Si bien dejé de ser fan, nunca he dejado de reconocer ese halo especial que tienen los artistas que admiro. De hecho, en mi forma de ver las cosas, sólo dejando de ser fan puedes mantener intacta esa pátina mítica que los envuelve. Tanta pasión, demasiado involucramiento, fractura la magia.

“There´s a pain / A famine in your heart/ An aching to be free”, Depeche Mode

La reciente lectura del libro Porque demasiado no es suficiente en el que Mariana Enríquez relata su “historia de amor” con la banda Suede, me ha hecho preguntarme si uno puede llegar a ser rocker siendo una persona introvertida y con una vida anodina. Los bien portados miembros de The Killers me dirían que sí, pero no estoy tan segura de qué opinarían los rudos integrantes de Led Zeppelin.

Estoy lejos de ser una rocker girl como la gran Mariana Enríquez. Nunca he estado en el lugar correcto para vivir en descontrol. Siempre se ha interpuesto algo. O las fiestas fueron un fracaso o los bares estaban desiertos. Siempre demasiado tarde o demasiado temprano. Supongo que no todos podemos tener experiencias dignas de ser incluidas en una novela de Hunter S. Thompson.

Viviendo mis tardíos 30, tengo la sospecha de que en el fondo nunca quise ser una rocker girl o una fan cool. Mi sueño último no era sólo admirar a las bandas que me gustaban. Quería tomar de ellos ciertas cualidades que deseaba para mí. En especial, quería confiar en mí misma y en algún sentido eso me lo dio Depeche.

La faceta de Depeche Mode que me marcó fue la del disco Ultra. Todo alrededor de ese disco me impresionó: la noticia de la sobredosis de Dave Gahan, la estética que rompía con su burbujeante imagen de los ochenta y los videoclips que traducían majestuosamente las ambivalentes emociones que figuraban en las letras.

Ira, deseo, aburrimiento, altanería, cinismo y desesperación eran cosas que yo misma comenzaba a descubrir y que entendía mejor a través de esta propuesta musical y estética. Depeche Mode miraba de frente, e incluso fetichizaba, la ruina, la desesperanza y lo incómodo. Abrazar esta faceta de su trayectoria, me hizo la vida más fácil y comencé a combatir lo que me dañaba con una actitud desparpajada, humor ácido e inmensas cantidades de delineador negro.

El Depeche Mode de finales de los noventa también enriqueció mi percepción de la belleza e incluso fracturó el binomio feminidad/masculinidad. Antes de ellos, me atraía la estética grunge, pero era tal la cantidad de testosterona que implicaba que nunca pude hacerla realmente mía. No sucedió lo mismo con Dave Gahan, el vocalista de Depeche. Ya fuera ataviado con un abrigo de peluche o vestido todo de negro, invariablemente me transmitía una sensualidad andrógina inusual para una década que se cerraba bajo la dominación de las boy bands y el gangsta rap.

No obstante, mi fascinación con Dave Gahan no me llamaba a la fila del fanatismo, no quería ser una rocker girl en el sentido que plantea Mariana Enríquez en su libro. No soñaba con él en un sentido romántico, más bien fantaseaba con parecerme a él. Deseaba estar en su piel y conducirme con la fuerza que le daba esa mixtura de feminidad y masculinidad.

Hasta la fecha, cada vez que me siento insegura o perdida, pienso en el flaco Gahan del Ultra e imito su manera de andar. De repente ya no soy sólo yo, llevo conmigo algo de su magia a mi existencia. Cuando más feliz estoy y bailo en la sala de mi casa, también pienso en Gahan y me siento tan libre como él cuando está sobre un escenario. Al final parece que logré mi cometido, he logrado incorporar algo de lo que más amo de Depeche Mode a mi vida.

Como fan soy una amante inconstante, pero esa distancia me hace rendirles tributo de una forma, no más profunda, pero sí más mía. 

De chácharas, Kaurismäki y la esperanza en lo obsoleto

I.

Un prendedor roto, una piedrita pintada, un casete con lecciones de inglés, una brújula destartalada, viejas entradas de cine atadas con un listón, monedas sin valor y una tarjeta para hacer llamadas desde cabinas que no existen más. Estas son algunas de mis chácharas favoritas. Me reconforta sacarlas cada tanto de su caja, tenerlas en mis manos, acomodarlas en el tocador y perder algunos minutos observándolas. No sé bien por qué lo hago, son objetos obsoletos que no cargan historias secretas. Simplemente disfruto saber que los he conservado desde hace años, algunos incluso desde la infancia.

Estoy lejos de ser una acumuladora de recuerdos u objetos. De hecho, en los últimos años me he empeñado en tener menos cosas y regalo lo que no uso o lo intercambio por algo que necesite. Esta práctica incluso la pienso como un gesto de cortesía para el futuro pues cuando muera tendrán mucho menos cosas mías que tirar. Eso sí, lo que no me he atrevido a depurar es mi ínfima colección de objetos inservibles.

Aunque me esfuerzo, no logro tasar el valor que tienen estos objetos para mí. En su mayoría no eran originalmente de mi propiedad, algunos incluso los encontré tirados en la calle durante alguna caminata. Tal vez sea que me gusta imaginar historias alrededor de objetos inservibles como la de aquel famoso soldadito de plomo de la literatura infantil. No estoy segura, pero forzando un poco la reflexión, tal vez mi fascinación por estas cosas también tenga que ver con haber crecido en un momento histórico en el que pude experimentar el mundo antes y durante la globalización. Poniéndolo en pocas palabras, digamos que conocí lo “Hecho en México” y viví el tránsito hacia el “Made in China”.

En una primera parte de mi infancia noventera, la cotidianidad estaba adornada por colores pastel, muebles de laca que sobrevivieron los ochenta, fotografías en sepia que transmitían falsa nostalgia y otros artefactos decorativos que artificiosamente rendían tributo a los “dorados” años cincuenta. Después, en algún momento entre los avistamientos del chupacabras y crisis económicas, los objetos conocidos fueron desplazados por novedades que prometían ser “lo último de la línea”, que al mismo tiempo prometían que algo mejor estaba por venir.

Fuera en el tianguis, el mercado o la plaza comercial, todos queríamos un trozo de esa idea de futuro materializado en consolas de juego, prendedores para el cabello o ralladores de verdura. Supongo que fue esta infancia la que me hizo tener una fascinación por los objetos obsoletos. En un tiempo en el que todos querían lo mismo, yo me enorgullecía secretamente por tener lo que nadie más: una brújula de cobre con la aguja rota, por ejemplo.

¿Pero por qué todavía conservo estas cosas que no sirven? La respuesta es bastante obvia: me aferro al pasado. Y lo hago porque me sirve para trasladarme a un momento en el que no sabía lo que sé ahora, en el que no veía los márgenes de mi existencia, en el que ser feliz era mucho más fácil y en el que pensaba que las derrotas a la larga servirían de trampolines hacia los sueños. Paradójicamente, este pasado no me hunde en la nostalgia, todo lo contrario, me da esperanza en el futuro porque recuerdo que está en mis manos desmontar y transformar las ventanas a través de las que observo el mundo.

II.

Amo el cine del director finlandés Aki Kaurismäki y desde la víscera sostengo que todas y cada una de sus películas son un bellísimo cuento de hadas para quienes habitamos este mundo precarizado. Además, este director comparte mi fascinación por los objetos obsoletos, los utiliza en sus películas para subrayar la importancia que tiene lo material en los procesos de identificación y de construcción de identidad, algo que desafortunadamente ha sabido explotar muy bien el neoliberalismo.

Kaurismäki, como otros cineastas, ha creado su propio universo estético. Es fácil reconocer sus películas con sólo mirar unos segundos. Los colores, ambientes y objetos lo delatan. Y si bien coquetea con lo kitsch y el pastiche, nunca llega al atiborre sin sentido de un Almodóvar. Al contrario, Kaurismäki recupera objetos y personas olvidadas por la sociedad para dignificarlas, brindarles una segunda oportunidad e iluminar su belleza.

Si algo caracteriza a Kaurismäki es su capacidad de tejer historias simples cuyos protagonistas son todas aquellas personas que no solemos ver en primer plano y con vidas mucho más cercanas a las nuestras (monótonas, grises, solitarias, inciertas). Sus películas cuentan el día a día de cajeras de supermercado, obreros, cocineros, desempleados, personal de limpieza y otras personas “ordinarias” que pasan desapercibidas o se suelen invisibilizar. Y aunque sus personajes son marginales, su existencia pasada de moda escapa a cualquier tipo de mercantilización o fetichización, como sucede bajo la mirada de cineastas como Jim Jarmusch o Wes Anderson. Los paraísos artificiales de Kaurismäki han sido descartados por el capitalismo y la ideología del éxito, pero tienen alma y dignidad. 

Como todos los cuentos de hadas, en las películas de este cineasta no faltan las dosis de violencia, injusticia, desesperanza o traición, pero al final siempre sobrevive la esperanza gracias a la estrategia de desdramatizarlo todo a través de un humor fino e irónico que remeda lo mejor del cine mudo. Kaurismäki siempre nos da un final feliz, no el de la abundancia y el éxito, pero sí brinda algo en que creer, ya sea en la amistad, en una felicidad que no dependa del consumo o en ese tipo de bondad anónima y desinteresada que no requiere ser compartida en redes sociales.

Kaurismäki está lejos de hacer cine político, no es Mike Leigh o Ken Loach, pero pone el reflector sobre los perdedores del sistema capitalista y con el paso de los años aborda más explícitamente el efecto cotidiano e individual que tienen fenómenos globales como la migración, la guerra, las crisis económicas, la deslocalización, la especulación financiera, el crimen organizado, la gentrificación y el tráfico de personas. Por ello considero que su singular trágico-cómica forma de ver el mundo, pese a no ser un manifiesto, sí puede ser un impulso libertario.

Puede sonar exagerado pero las películas de Aki Kaurismäki restauran mi fe en la humanidad. Su cine me hace creer en un mundo en el que no es necesario seguir los mandatos del éxito, un mundo en el que no existe brújula que dicte cómo debemos vivir. Después de ver sus películas, vuelvo a la realidad con esperanza renovada y con el deseo de encontrar felicidad en lo mínimo y no en la acumulación (de cosas, de nostalgia, de rencores, de angustias, de frustraciones). Gracias a Kaurismäki perdura mi voluntad de aprender a vivir sin joder a los demás, de gozar la dosis de buena suerte que me toca, de ser feliz con un par de amigos, algo de música, uno que otro vicio, alguien que me quiera y una mascota que apapachar.



Diciembre

I

Mi abuela falleció en diciembre de 2021. Me siento en paz con su muerte, con nuestra historia. Si acaso, sólo de vez en cuando me invaden imágenes vibrantes, pero confusas, de los últimos meses de su vida. Mi suéter rosa, el patrón floral de las sábanas, los calcetines de color pistache, algunas manchas de pintura de óleo, el olor a detergente, un florero azul.

Después de dos años, mi madre cerró una primera etapa de luto y decidió esparcir las cenizas de mi abuela al pie del rosal del jardín. Mis padres y yo hemos planeado un almuerzo para marcar discretamente la fecha. Me ofrecí a preparar una quiche de papa y poro, un platillo “neutral”, sin pasado para nosotros. Me levanto temprano para cocinar, pero la tentación de un segundo café es mayor. Necesito doble dosis de cafeína. Ayer pasé el día horneando galletas con mi mamá y me duele el cuerpo. Hacer galletas es nuestra tradición decembrina. Podríamos no hacerlo, pero cada año estamos ahí: pesando harina, extendiendo masa, buscando cortadores, y escuchando música mientras vigilamos el horno.

Antes de comenzar a picar las papas, pongo un audiolibro sobre literatura y locura. El tema me es indiferente; lo he elegido por su brevedad. A principios de año me autoimpuse un reto de lectura un tanto ridículo que cumpliré a marchas forzadas con ayuda de los audiolibros. Estoy por preparar la “masa quebrada” cuando una voz en español neutro anuncia el final del libro. Dejo lo que estoy haciendo y exploro los títulos que he guardado en el celular. La cantidad de minutos es mi único criterio y empiezo a reproducir un texto cortísimo de Annie Ernaux. Preferiría escuchar otra cosa. El impacto que me produjo la escritora cuando comencé a leerla va desapareciendo y comienza a fatigarme esa escrutadora mirada sociológica que la caracteriza.

El libro se llama No he salido de mi noche. Aunque sé que el tema central es la enfermedad de la madre de Ernaux, no le doy importancia a reproducirlo justo en el aniversario luctuoso de mi abuela. Me siento satisfecha ante mi ecuanimidad. ¿Por qué habría de afectarme una experiencia tan lejana a mí? Mi madre tiene algunos achaques, pero está sana. Y en cuanto a mi abuela, hicimos lo que pudimos. Lo tengo todo claro… ¿no?

No pasan ni diez minutos, y empiezo a incomodarme. El recuento de las visitas de Ernaux a su madre enferma es parco, pero devastador. No hay adornos literarios en sus descripciones, como tampoco los hay cuando nos enfrentamos al deterioro físico y mental de alguien cercano. La línea entrecortada con que Ernaux narra ese periodo, remueve escenas congeladas en mi mente. Sin aviso se me amontonan imágenes que por sí solas no tienen un significado, pero que unidas desprenden dolor, vergüenza y miedo.

No puedo creer que la experiencia de Ernaux se asemeje tanto a lo que pude presenciar como una de las cuidadoras de mi abuela. No puedo creer que los pensamientos más violentos y culposos de la autora se parezcan tanto a los que yo tuve. La vergüenza me marea.

Siento que llevo horas paralizada en la cocina, escuchando a Ernaux describir las manías de su madre y de otros ancianos que vivían en el sanatorio donde estaba internada. La obsesión por estirar las sábanas hasta dejarlas lisas, el regreso a las canciones infantiles, la necesidad de enumerar y acomodar, las visitas de niños imaginarios, los berrinches, el olor y peso de un cuerpo enfermo, el abandono del pudor, y la necesidad de tocarlo todo, incluso lo invisible. Me es tan familiar.

Me descolocan las estampas que da Ernaux. Son cosas que vivimos con mi abuela y me aterra escuchar sus pensamientos más sinceros sobre el cansancio que le provocaba cuidar a su madre. Ernaux enuncia cosas que yo jamás podría decir en voz alta; tengo la sensación de que alguien hubiera hurgado entre mis secretos, y expuso lo peor de mí.

Después de un golpe de culpa, vuelvo a mí. Pienso que el problema no radica en la incapacidad de manejar nuestras emociones cuando se cuida a alguien, sino en que apenas conversamos sobre las dimensiones más pedestres de la vejez. Quizás, por no hablar de la vejez, cuando la enfrentamos no tenemos ni idea de cómo sobrellevarla ni sobrevivirla sin desazón.

Son pocas las ocasiones en las que las mujeres nos desahogamos y expresamos la mella que provoca cuidar de los demás (escribo mujeres porque histórica e injustamente las tareas de cuidado recaen sobre nosotras). Y cuando lo hablamos, no tardan en asomarse los sentimientos de culpa, cansancio, incluso dolor que palpitan detrás de cada palabra que dejamos escapar. Por un lado, no queremos delatarnos y aceptar que cuidar a alguien a ratos resulta insoportable. Y por otro, buscamos proteger el recuerdo de nuestro ser querido, como si el periodo de enfermedad o degradación sólo hubiese sido un mal sueño que al que es mejor no volver.

En un punto del libro, Annie Ernaux se reprocha su incapacidad de conmoverse o llorar frente a las expresiones de deterioro más penosas de su madre. Admite que, cuando estaba con ella, no sentía nada. Sólo después de salir del sanatorio, al alejarse de su madre, era capaz de llorar, de “volver a estar”. Me parece tan transparente lo que dice la autora, y me pregunto: ¿por qué nadie nos advierte que habrá rachas en las que vivamos con una extrañísima desconexión el sufrimiento de nuestros seres queridos?

Pienso que dicha desconexión nada tiene que ver con ser insensible o egoísta. Se trata, más bien, de un instinto de preservación que permite no estar del todo en los instantes que más duelen. Porque sin esa parálisis de los sentidos, sin esa distancia, no soportaríamos el sufrimiento de ver cómo muere de a poco alguien que amamos. Simplemente no podríamos volver al día siguiente a cuidarla.

No hay gran misterio. De hecho, es bastante simple: nos da miedo la muerte (la propia y la ajena). Y cuando cuidas a alguien que está muriendo, es como caminar sobre arenas movedizas: o das pasos sigilosamente o andas a prisa para no hundirte. Nada tiene de mezquino o innoble entumecerse ante las señales de brutal degradación de una persona que queremos. A veces resulta más fácil fingir que todo estará bien, aunque en el fondo estemos conscientes del engaño.

II

Hoy me ha quedado claro que no tengo las cosas resueltas. En una bizarra cinta de Moebius, la relación con mi abuela es también la relación con mi madre, y ésta, a su vez, es la relación conmigo misma. Los pasados, presentes y futuros están conectados por una hebra de sentimientos y vivencias. Todas hechas de la misma materia, todas carne y huesos.

No puedo dejar de pensar en el tradicional vínculo madre-hija que comienza con la crianza y termina con la vejez, en esa complicidad inexplicable sobre la que se van tejiendo capas. Cariño, vergüenza, alegría, violencia, ternura, dolor, apego, miedo, necesidad, amor… todo enmarañado.

Me asusta pensar en la cuesta arriba que vendrá, tarde o temprano, con mis padres. ¿Seré capaz de encontrar un equilibrio? ¿Podré cuidar sin consumirme? ¿Podré evitar la desconexión? ¿Seré empática pese al agotamiento? ¿Me quebraré cuando se sientan perdidos y nada les dé consuelo?

No soy partidaria del amor incondicional hacia los familiares y creo que la familia que vamos construyendo con los años es tan importante como la de origen. En más de una ocasión he puesto en práctica con mi familia aquella máxima de Selva Almada de que la distancia es también una forma de querer. Curiosamente, esa misma distancia que me hace parecer lejana a sus ojos, me permite tener consciencia de lo que en unos años irremediablemente llegará y de la persona que quiero ser en ese momento.

Me doy cuenta de que necesito madurar, aprender a ser una hija adulta, sin apegos feroces ni amores infantiles. Aceptar que de un día a otro se tejerá una cortina invisible que me separará de mis padres, que estaremos en la misma habitación y seré incapaz de alcanzarlos porque, al igual que la madre de Ernaux, no podrán salir de la obscuridad y el aislamiento que conllevan la vejez o la enfermedad.

Debo dejar de querer a mis padres como una niña. Si no lo hago, me romperá el corazón si rechazan mis muestras de afecto o si son violentos conmigo. Si no aprendo a quererlos de otra forma, no tendré la templanza para ver sus capacidades menguar, ni la fuerza para cuidarlos con empatía cuando su identidad esté hecha trizas y no podamos reconocernos.

Me angustia no madurar lo suficientemente rápido. Quiero ser capaz de encontrar en mí la ternura que mis papás necesitarán en su obscuridad, y para ello debo evitar que un amor infantil me paralice y encierre en mi propio cuarto obscuro. Por muy bobo que suene, necesito aceptar que mis papás no cumplirán la promesa que me hicieron de niña: no podrán cuidarme siempre. Creo que sólo así los sostendré mejor cuando lo necesiten.

No me es fácil esto de aprender a ser hija y batallo para no dar pasos en falso. Hasta ahora sólo tengo claro que, por el momento, aprender a querer a mis padres de otra forma pasa por no empeñarme en hacerles notar sus despistes, no abrumarlos con cosas que no pueden resolver, escuchar con paciencia las mismas historias, recibir sin reparos las muestras de afecto y aprovechar que todavía no hay cortinas invisibles que nos impidan vernos. 

Cicatrices

I

Hay etapas y sucesos que dejan cicatrices. Existe un antes y un después de “aquello” que nos pasó, o al menos eso nos gusta pensar. Desde la Antigüedad los seres humanos desarrollamos el gusto de contar historias: amor, aventura, venganza, deseo, terror o dolor eran, y son hasta el día de hoy, algunos de los temas que entretenían a nuestros antepasados.

Entre estas historias que son mezcla de ficción y realidad, se encuentra el relato que contamos de nosotros mismos. No importa si nuestra memoria no es exacta o si exageramos ciertos aspectos del pasado, lo primordial de estos relatos del “yo” es que la sucesión de momentos vividos se teja de una manera más o menos coherente y se confeccione una imagen de lo que creemos que somos, de nuestra identidad.

El relato que elaboramos sobre nosotros mismos puede permanecer inalterable durante décadas. Podemos explicar nuestro origen, presente y futuro a partir de episodios que nos cambiaron la vida. Esos “sucesos” que nos marcan no tienen una naturaleza determinada, todo se vale, desde una ruptura amorosa, la pérdida de un trabajo, la muerte de un ser querido o sobrevivir cualquier tipo de violencia. Son innumerables las cosas que nos pueden transformar o quebrar.

Yo llevo casi dos décadas contándome la misma historia sobre mi tránsito a la adultez. Un relato que me suena cada vez más desgastado. A continuación, lo simplifico y exagero un poco:

“Siempre fui solitaria, nunca me sentí parte de algo, me rompieron, tuve miedo, estaba llena de ira, la pasé mal, decepcioné a quienes me querían y me decepcionaron de vuelta, fue mi rabia lo que me permitió hacerme de un lugar en el mundo.”

Sé que algo de ese relato es cierto, lo experimenté así y es parte de mi historia. Una travesía nada excepcional, casi todo ser humano ha vivido cosas similares. Pero mi dilema actual con este recuento de mi juventud es que ya no encuentro en esa historia alguna singularidad con la que me identifique. Muchos años pensé que esa combinación de experiencias me había convertido en la adulta que soy; y sí, pero hoy es sólo un fragmento de una historia mucho más extensa.

La brecha que separa el relato que confeccioné sobre mí misma y quién creo ser hoy, me parece más notable cada día. Siento que ha pasado mucha vida desde que ciertas cosas me “marcaron”. Sin embargo, me he aferrado inconscientemente al recuento de ese primer proceso de construcción/destrucción de mi identidad. No creo ser la única que ha caído en esta trampa del pasado, por algo florece tanta nostalgia por la infancia, adolescencia o primera juventud.

Hace unas semanas, entre pizzas y cerveza, el tema de conversación se centró unos instantes en aquellos “acontecimientos” que nos habían cambiado la vida. Al llegar mi turno de responder, dudé un instante, y antes de articular algo, mi mejor amiga se adelantó a mencionar el par de cosas que suelo decir que me trastocaron. Quizás fue el hecho de escucharlo en otra voz lo que hizo más punzante esa incomodidad que me provoca hace tiempo mi historia de “tránsito a la adultez”. Eso que hace años fue una herida inocultable, ese resentimiento y furia, hoy no habitan más en mí. Tal vez era el momento de dejar de rumiar sobre esa chica perdida y triste que ya no soy. Su historia no me pertenece más.

II

La ficción que construí sobre mí misma la traduje en algo bien palpable. A los pocos días de recibir la credencial de mayoría de edad, fui al local de tatuajes que me quedaba camino a la universidad. Esa fue mi primera decisión adulta, una no muy sabia, es cierto; pero llena de significado para una joven desesperada por encontrarse. Fui sola y el chico que me atendió tuvo el bondadoso gesto de advertirme más de una vez sobre el estigma que en ese entonces pesaba sobre las personas tatuadas. Me recomendó que me tatuara en un lugar menos visible, no en la muñeca, porque eso limitaría mis posibilidades de trabajar en un banco u oficina. Ante mi negativa, no le quedó más que pasarme el catálogo de tatuajes. Sabía lo que quería: un copo de nieve. Ya sé, una cursilería.

No obstante, para esa chica con un profundo sentimiento de inadecuación y soledad, ese copo albergaba un significado esperanzador: “visto bajo un microscopio se aprecia que cada copo de nieve tiene una estructura distinta al de cualquier otro, todos son distintos entre sí. A pesar de ello, cada uno es simétrico, matemáticamente perfecto”. Durante años miré ese tatuaje para no desesperar; era mi recordatorio de que no había nada malo en mí por no encajar. Y así, un día, sin advertirlo, ya no estaba perdida.

Con el tiempo las líneas del tatuaje se difuminaron tanto que bien podría servir de caracterización para un personaje secundario de alguna película de Robert Rodríguez. Resignada ante esto, desde hace años cuando me preguntan por el copo, hago un chiste sobre mi ficticio pasado criminal. Ya para mis treintas, el copo de nieve se derritió y quedó un manchón de verdosa tinta. Consideré muchas veces borrarlo con láser, pero además del gasto y el dolor innecesario me parecía un equivocado intento de arrancarme algo de lo que fui.

19 años después de que me hiciera un tatuaje al cumplir los 18 años, descubrí que abrirían un estudio de tatuajes en mi colonia. Investigué un poco sobre las tatuadoras y me enganchó su trabajo. Les escribí y conté lo que quería, pasaron días, agendé un espacio y elegí uno de los diseños que idearon para cubrir mi copo de nieve. Como hace 19 años, no le avisé a nadie que me iba a tatuar, ni cruzó por mi mente pedir opiniones. Una vez más hacía algo cuyo significado era sólo mío. Así, con un tatuaje sobre otro tatuaje, me liberé de un relato de mí misma que ya no envuelve mi vida.

Mi nuevo tatuaje no tiene un significado oculto o trascendente, es simplemente algo lindo. En estos 19 años he aprendido que no hay grandes sentidos en la vida, sólo fragmentos de belleza.

* Mientras pensaba en escribir este texto rescaté la música que escuchaba cuando me hice mi primer tatuaje. Me es evidente que las canciones engarzaban con mis búsquedas y sentimientos. Dejo acá una playlist con lo que esa chica de 18 años escuchaba.

El arte de renunciar

I

En una caminata me topé con un cartel que mostraba a una chica notablemente feliz. Su sonrisa satisfecha me obligó a leer la frase que estaba a un lado de su fotografía: “La zona de confort es un premio de consolación”. De inmediato me desagradó que el slogan tuviese la intención de hacer sentir a quien lo leyese que no hace lo suficiente. Me desconcierta que el imperativo del “más” invada todos los aspectos de nuestras vidas; sin importar si somos ambientalistas, religiosos, veganos o empresarios todos debemos querer “más”. La tecnología más novedosa, la comida más sana, el nivel más alto de conciencia, el puesto más alto, más ganancias.

¿Será acaso un rasgo de la raza humana esta permanente búsqueda de algo “más”? ¿Es la mezcla de curiosidad, ambición y falta de sentido existencial la que nos diferencia de las demás especies? Todo esto me hace pensar que de una forma muy esencial seguimos siendo como esos primeros seres humanos que, al tener resueltas sus necesidades básicas, dedicaron el resto de su tiempo a buscar piedras y materiales “más” brillantes, “más” grandes, “más” inusuales o “más” valiosos, tan sólo para hacer crecer su colección.

Hoy nuestras ambiciones pasan por estar más sanos, más felices, experimentar más, sentir más intensamente, dormir más, hacer más, ser más creativos, respirar más profundamente, más exclusividad, más amor, más información, más juventud, más opciones para llevarlo todo al máximo y explotar nuestro potencial. Y, obviamente, rara vez alcanzamos ese “más” y nos (des)vivimos en estado de frustración e insatisfacción.

¿Pero cuándo es suficiente? ¿Sabemos reconocer la saciedad o hemos perdido esa capacidad? ¿Cuándo podemos sentirnos tranquilos con dejar de perseguir sueños? ¿Cuándo es válido soltar el peso de nuestras metas? ¿Cuándo vivir con lo que hay? ¿Debemos aspirar a más? ¿Nos estamos engañando a nosotros mismos y debemos reinventarnos? ¿Está mal pensar que somos lo SUFICIENTEMENTE felices?

Tengo la impresión de que nos enseñan a perseguir la felicidad, pero pocas veces aprendemos a reconocerla. Y es por esta intuición por la que necesito buscar una respuesta a estas interrogantes, hacer las paces con mi biografía, aferrarme de cualquier momento de alegría y renunciar a sueños, aspiraciones y versiones mejoradas de mí misma que me causan más desconsuelos que alegrías.

Así que renuncio a buscar un mejor lugar para vivir, un mejor trabajo, un mejor cuerpo o una mejor versión de mí misma. También renuncio a reparar lo irreparable, a pensar en lo que no hice, a castigarme por lo que no acabé o lamentarme por no ser más ambiciosa. Me basta lo que soy/tengo y mi meta más alta es ser lo menos cretina que pueda; joder lo menos posible a los demás.

Renunciar sabiendo que podría tener y ser más, ¿me hace mediocre, débil o conformista? Supongo que mi actitud sería un problema si quisiese otras cosas pero no las buscase por miedo. Al final, depende de cada uno. Renunciar no tiene que ser una elección atractiva o deseable para nadie más. Y la ambición no es mala, así como tampoco lo es no tenerla. Igual de admirable es la persona que no se cansa de correr hacia “su cima” como aquella que toma la decisión de no llegar.

Evidentemente, el hecho de que renuncie a ceñirme al mandato del “más” no significa que no tenga proyectos o que no me esfuerce día a día o que no trabaje con empeño. Renunciar a “más”, para mí se traduce en tener sueños pequeños (casi insignificantes), cuyo cumplimiento no me define como persona ni está atado a mi felicidad. Renuncio al impulso de seguir “adelante” sólo por seguir un mandato no deseado.

II

“El confort es el premio de consolación”. Pese a mis esfuerzos, la frase me persigue por varios días y me hace dudar de mi armoniosa relación con la comodidad y la medianía. Percibo mi cambio de ánimo, recuerdo la adrenalina de la lucha por destacar, por ser valorada por los demás. Me invaden las dudas: ¿estaré estancada en mi zona de confort y ni me doy cuenta? ¿Me hace falta arriesgar? ¿Renunciar a tener/ser más es una forma de huida? ¿Soltar ilusiones es sinónimo de darse por vencido?

El vértigo que me provocan las dudas no dura mucho y se disipa por completo cuando me pregunto: ¿acaso el confort no es algo bueno? Salvo excepciones, nadie disfruta estar sentado en una silla incómoda; ¿acaso no aplica lo mismo para la vida? ¿Cuándo ganó tan mala fama la comodidad? ¿No es positivo estar cómodos con lo que somos y hacemos?

Nadie como Albert Camus ha analizado con tanta belleza y sagacidad el mito de Sísifo, un relato que habla de la esencia humana y la búsqueda de sentido. La historia es harto conocida: Sísifo hace enojar a los dioses, éstos lo castigan y lo obligan a empujar una piedra hacia la cima de una montaña. Antes de llegar a la cima, la piedra siempre rueda cuesta abajo forzando a Sísifo a empezar de nuevo. Día tras día, Sísifo se consume en este trabajo absurdo y frustrante. ¿Y qué significa esta historia? Hay múltiples interpretaciones, pero yo me quedo con la de quien ve en el mito de Sísifo la búsqueda del sentido de la vida y la frustración que implica no aprender a convivir con lo absurdo de la existencia.

En estos términos, mi renuncia no la pienso como si la solución al martirio de Sísifo fuese que éste pateara la piedra hasta desahogar su frustración o que eligiese recostarse para siempre sobre ella. Mi renuncia va más por el lado de elegir una piedra más ligera que cargar a la cima. En subir cada día sin grandes expectativas, buscando cierta alegría en la monotonía, el tedio y el absurdo. Mi renuncia no la vivo como una derrota, sino como la aceptación de lo que hay y el descubrimiento de que es suficiente.

* Cada que me asalta la preocupación por mi falta de “ambición” pongo algunas canciones que me reconfortan y que acá comparto. En especial, me gusta Watching the Wheels de Lennon, porque refleja que sin importar quiénes seamos o qué hayamos hecho, siempre habrá alguien que nos diga que deberíamos aspirar a más; ya está en nosotros prestarle atención o no.