Euphoria, realismo histérico y el discreto encanto del observador

La serie Euphoria sigue la vida de un grupo de adolescentes que sortean dilemas de identidad, drogas, familia, sexualidad, amistad y redes sociales. Y aunque es otra serie más sobre el campo minado que es la adolescencia, hay algo en su estética, ritmo y crudeza que atrapa. A mí me enganchó porque el tono en el que se acerca a las adicciones (al amor, a las drogas, a la atención) y al eterno problema de la violencia interpersonal me hizo recordar cierta sensibilidad de los 90s que fue parte primordial de mi educación sentimental. Películas como Kids (1995), Natural Born Killers (1994) o My Own Private Idaho (1991) dejaron una marca en mi mente adolescente y me advirtieron sobre el tortuoso tránsito a la adultez. Euphoria a ratos me recuerda ese vaivén entre lo irrisorio, la acidez y la desesperanza tan característica de la Generación X, la escritura de Alberto Fuguet, las películas de Denys Arcand y lo mejor del realismo histérico de David Foster Wallace.

Como suele suceder con las series televisivas, la segunda temporada de Euphoria ha tenido respuestas variopintas y un tanto extremas por parte del público. Algunos quedaron prendados de las nuevas líneas narrativas, mientras que otros rechazaron el giro dado de una temporada a otra. También ha habido quienes consideran que esta serie es dañina para la juventud dado que se acerca demasiado a la realidad e incita conductas negativas. Por ahora no me detendré en la recepción que ha tenido Euphoria y mejor me centraré en uno de los personajes que brilló esta temporada y cuyo papel es atractivo: Lexi Howard.

Lexi es la típica chica bonitilla y bien portada que vive a la sombra de su despampanante hermana Cassie, una diosa total que roba miradas y corazones con tan sólo respirar. Lexi está siempre un paso atrás y ha afrontado su drama familiar asumiendo el cuidado de los otros. Siempre se mueve en el fondo, rara vez se le presta atención, pero desde su lugar ella ha desarrollado la capacidad de mirar con distancia lo que la rodea, como si la vida fuera un teatro y ella una espectadora. Esta mirada panorámica de la vida le permite desentrañar la trama de las historias a su alrededor y sigue el hilo que conecta los conflictos. Pero su capacidad de observación viene acompañada de una difícil tarea: confrontar al mundo, ponerle un espejo de frente para que no tenga otra opción más que mirarse a sí mismo tal.

En estos tiempos en los que coqueteamos con la idea de ser protagonistas, de ser admirados en redes sociales, reinventarnos a cada instante y ser “exitosos”, sería interesante hablar de las ventajas que tiene perderse en el fondo, no destacar ni tener una presencia magnética. Quienes no poseemos el carácter y la buena estrella que se requiere para ser el centro de atención, jugamos roles secundarios y vivimos una existencia sin grandes sobresaltos. Nuestra vida, más que intensa, raya lo soso, pero tenemos al menos dos cosas a favor: tendemos a adquirir una aguda capacidad de observación y construimos un mundo interior vasto y emocionante.

Para observar más claramente cualquier cosa se requiere de distancia. Por ello, quienes son observadores y no tanto partícipes de las grandes aventuras de la vida, están lo suficientemente alejados de la acción como para poder descubrir las tramas que unen la vida de los otros y captar las vetas que se forjan en la superficie de la sociedad. Los observadores se alimentan del mundo, lo absorben e interpretan a través de la mirada constante y sagaz. A pesar de su aparente pasividad, el observador puede vivir muchas vidas al mismo tiempo, ser diversas personas y estar en múltiples lugares gracias a su imaginación y sensibilidad.

Yo soy miembro de ese club de observadores con vidas aburridas. Desde que tengo memoria recuerdo ese deseo de querer mimetizarme con el fondo, de que nadie me note ni perturbe mi espacio. Quizá de ahí viene mi gusto por las ciencias sociales, las cuales sinceramente estudié por error. El primer día que puse un pie en la facultad me sentí en desventaja frente a mis compañeros. No tenía su bagaje, no conocía lo que ellos y comprender la jerga me costaba el doble de trabajo. Pero, aun así, descubrir las ciencias sociales me emocionó y me cambió porque era una herramienta nueva para empaparme del mundo, descubrir conexiones entre las cosas, explicar patrones. A partir de entonces descubrí el valor que tenía la costumbre de mirarlo todo desde mi rincón.

Ser espectador y no protagonista de los magnos eventos tiene su encanto. El observador interpreta los conflictos y aprecia cómo en medio de clichés, imposturas y estereotipos se encuentra un ser humano en conflicto, existiendo simplemente. Aprecia la belleza, la fragilidad, lo intrincado de las personas. Ve sin filtros las mentiras, las poses, pero juzga con menos dureza porque sabe que todo es una estratagema del individuo para sobrellevar la existencia. Éste es para mí el discreto encanto de quienes jugamos un rol secundario y optamos por observar el mundo y habitar nuestro rincón privado.

¿Por qué letraherida?

Pronto fue un letraherido, enfermo de literatura,

poseído por la pasión de escribir como enfermedad

y locura sin otro remedio que la escritura misma.

Ángel Basanta

Hace unos años una persona muy querida me preguntó por mis planes a futuro. Recién acababa de cerrar un tortuoso ciclo académico y mi interlocutor se preocupaba porque estuviese harta de pasar mis días con la nariz enterrada entre libros. Respondí su pregunta con mi característico tono, entre eufórico y nervioso, y le hablé de mis lecturas, de cómo éstas generaban obsesiones e inspiraban proyectos. Cuando por fin hice una pausa para escuchar a quien estaba conmigo, éste sólo sonrió y me dijo: “eres una letraherida”. La palabreja me confundió. “¿Letraherida? ¿Qué es eso? Me han llamado de todo, pero nunca así”– pensé. Ante mi desconcierto, llegó la siguiente explicación:

“Letraherida” proviene de “lletraferit”, un antiguo catalanismo usado para referirse a una persona apasionada de los libros. Aunque esta palabra puede utilizarse despectivamente como símil de “sabiondo” o “esnob”, su connotación más generosa es la que hace pensar en un “enfermo de literatura” que no puede parar de leer o escribir.

Al llegar a casa me puse a investigar más sobre el significado de “letraherida”. Me emocionó descubrir que la palabra tiene un antecedente en los célebres ensayos de Montaigne. Para el padre del ensayo, un “letraherido” era un individuo al que las letras le habían asestado un martillazo. Descubrir esta imagen creada por Montaigne me sirvió para reconocer que, en efecto, la literatura, al igual que la música y el cine, ha sido para mí un martillazo en la cabeza. Y la fuerza contenida en ese golpe me ha servido de guardagujas para construir mi vida. Así pues, desde aquella tarde he atesorado el cariñoso mote de “letraherida”, a pesar de que últimamente he dejado de escribir por placer.

Se podría decir que mi reticencia a escribir por gusto tiene una larga historia. Se alimentó por primera vez del miedo adolescente de que mis pensamientos más íntimos quedaran expuestos a la mirada enjuiciadora de los otros. En mi adolescencia, como suele sucedernos a todos, cualquier escrito furibundo o melancólico descubierto por alguna figura de autoridad era una señal de alarma. Y este “foco rojo” ameritaba una larga y confusa charla sobre mi estado mental. No tardé en descubrir el poder de la palabra escrita; en este caso, de la mía. Simultáneamente, advertí la ingrata huella que deja el hecho de que tus palabras sean malinterpretadas. Por tanto, ante el riesgo que conllevaba plasmar en papel mis pensamientos, decidí ensayar textos en mi mente y así no dejar rastro alguno. Ya sé, suena raro eso de escribir en la mente, pero todas las personas lo hacemos. Es como cuando repasamos la lista del súper en nuestra cabeza o cuando imaginamos una conversación con alguien que no está ahí.

Con el tiempo me he vuelto muy hábil para esbozar textos en mi cabeza sin necesidad de papel o computadora. El proceso es algo así: imagino la estructura del texto en la regadera, defino el tema mientras me maquillo, descarto líneas al tomar café, reescribo durante mis caminatas y, cuando por fin estoy satisfecha, “archivo” el texto. Si lo “escrito” es de trabajo, llevo los párrafos al papel. Pero de no ser así, esos borradores mentales se unen a las obsesiones e imágenes que habitan mi cabeza.

Nunca me había molestado dejar de escribir por placer, pero recientemente los textos no escritos vuelven obsesivamente y se han transformado en un molesto zumbido que no da tregua. Por ello, en un esfuerzo de silenciar ese ruido, me daré el tiempo de agotar mis inquietudes, escribirlas y compartirlas. De paso, este ejercicio será una forma de honrar el bello epíteto de “letraherida”.

Sé que llego muy tarde al mundo del blog, pero no tengo problema con ser un tanto anacrónica. De hecho, creo que este espacio me ayudará a rebelarme un poco contra la inmediatez de WhatsApp, el hilo en Twitter o el post en Facebook. Opto por la romántica idea de que alguna persona por casualidad leerá lo que escribo y quizás le haga sentido.

Y por fin, ¿sobre qué va este blog? Básicamente compartiré mi mirada sobre lo que me apasiona: libros, películas, música, series y otras tantas cosas que hacen la vida un poquito más llevadera. Te invito, pues, a leer, comentar y acompañarme en esta especie de exorcismo en verso.

Paola V.A.

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