Diciembre

I

Mi abuela falleció en diciembre de 2021. Me siento en paz con su muerte, con nuestra historia. Si acaso, sólo de vez en cuando me invaden imágenes vibrantes, pero confusas, de los últimos meses de su vida. Mi suéter rosa, el patrón floral de las sábanas, los calcetines de color pistache, algunas manchas de pintura de óleo, el olor a detergente, un florero azul.

Después de dos años, mi madre cerró una primera etapa de luto y decidió esparcir las cenizas de mi abuela al pie del rosal del jardín. Mis padres y yo hemos planeado un almuerzo para marcar discretamente la fecha. Me ofrecí a preparar una quiche de papa y poro, un platillo “neutral”, sin pasado para nosotros. Me levanto temprano para cocinar, pero la tentación de un segundo café es mayor. Necesito doble dosis de cafeína. Ayer pasé el día horneando galletas con mi mamá y me duele el cuerpo. Hacer galletas es nuestra tradición decembrina. Podríamos no hacerlo, pero cada año estamos ahí: pesando harina, extendiendo masa, buscando cortadores, y escuchando música mientras vigilamos el horno.

Antes de comenzar a picar las papas, pongo un audiolibro sobre literatura y locura. El tema me es indiferente; lo he elegido por su brevedad. A principios de año me autoimpuse un reto de lectura un tanto ridículo que cumpliré a marchas forzadas con ayuda de los audiolibros. Estoy por preparar la “masa quebrada” cuando una voz en español neutro anuncia el final del libro. Dejo lo que estoy haciendo y exploro los títulos que he guardado en el celular. La cantidad de minutos es mi único criterio y empiezo a reproducir un texto cortísimo de Annie Ernaux. Preferiría escuchar otra cosa. El impacto que me produjo la escritora cuando comencé a leerla va desapareciendo y comienza a fatigarme esa escrutadora mirada sociológica que la caracteriza.

El libro se llama No he salido de mi noche. Aunque sé que el tema central es la enfermedad de la madre de Ernaux, no le doy importancia a reproducirlo justo en el aniversario luctuoso de mi abuela. Me siento satisfecha ante mi ecuanimidad. ¿Por qué habría de afectarme una experiencia tan lejana a mí? Mi madre tiene algunos achaques, pero está sana. Y en cuanto a mi abuela, hicimos lo que pudimos. Lo tengo todo claro… ¿no?

No pasan ni diez minutos, y empiezo a incomodarme. El recuento de las visitas de Ernaux a su madre enferma es parco, pero devastador. No hay adornos literarios en sus descripciones, como tampoco los hay cuando nos enfrentamos al deterioro físico y mental de alguien cercano. La línea entrecortada con que Ernaux narra ese periodo, remueve escenas congeladas en mi mente. Sin aviso se me amontonan imágenes que por sí solas no tienen un significado, pero que unidas desprenden dolor, vergüenza y miedo.

No puedo creer que la experiencia de Ernaux se asemeje tanto a lo que pude presenciar como una de las cuidadoras de mi abuela. No puedo creer que los pensamientos más violentos y culposos de la autora se parezcan tanto a los que yo tuve. La vergüenza me marea.

Siento que llevo horas paralizada en la cocina, escuchando a Ernaux describir las manías de su madre y de otros ancianos que vivían en el sanatorio donde estaba internada. La obsesión por estirar las sábanas hasta dejarlas lisas, el regreso a las canciones infantiles, la necesidad de enumerar y acomodar, las visitas de niños imaginarios, los berrinches, el olor y peso de un cuerpo enfermo, el abandono del pudor, y la necesidad de tocarlo todo, incluso lo invisible. Me es tan familiar.

Me descolocan las estampas que da Ernaux. Son cosas que vivimos con mi abuela y me aterra escuchar sus pensamientos más sinceros sobre el cansancio que le provocaba cuidar a su madre. Ernaux enuncia cosas que yo jamás podría decir en voz alta; tengo la sensación de que alguien hubiera hurgado entre mis secretos, y expuso lo peor de mí.

Después de un golpe de culpa, vuelvo a mí. Pienso que el problema no radica en la incapacidad de manejar nuestras emociones cuando se cuida a alguien, sino en que apenas conversamos sobre las dimensiones más pedestres de la vejez. Quizás, por no hablar de la vejez, cuando la enfrentamos no tenemos ni idea de cómo sobrellevarla ni sobrevivirla sin desazón.

Son pocas las ocasiones en las que las mujeres nos desahogamos y expresamos la mella que provoca cuidar de los demás (escribo mujeres porque histórica e injustamente las tareas de cuidado recaen sobre nosotras). Y cuando lo hablamos, no tardan en asomarse los sentimientos de culpa, cansancio, incluso dolor que palpitan detrás de cada palabra que dejamos escapar. Por un lado, no queremos delatarnos y aceptar que cuidar a alguien a ratos resulta insoportable. Y por otro, buscamos proteger el recuerdo de nuestro ser querido, como si el periodo de enfermedad o degradación sólo hubiese sido un mal sueño que al que es mejor no volver.

En un punto del libro, Annie Ernaux se reprocha su incapacidad de conmoverse o llorar frente a las expresiones de deterioro más penosas de su madre. Admite que, cuando estaba con ella, no sentía nada. Sólo después de salir del sanatorio, al alejarse de su madre, era capaz de llorar, de “volver a estar”. Me parece tan transparente lo que dice la autora, y me pregunto: ¿por qué nadie nos advierte que habrá rachas en las que vivamos con una extrañísima desconexión el sufrimiento de nuestros seres queridos?

Pienso que dicha desconexión nada tiene que ver con ser insensible o egoísta. Se trata, más bien, de un instinto de preservación que permite no estar del todo en los instantes que más duelen. Porque sin esa parálisis de los sentidos, sin esa distancia, no soportaríamos el sufrimiento de ver cómo muere de a poco alguien que amamos. Simplemente no podríamos volver al día siguiente a cuidarla.

No hay gran misterio. De hecho, es bastante simple: nos da miedo la muerte (la propia y la ajena). Y cuando cuidas a alguien que está muriendo, es como caminar sobre arenas movedizas: o das pasos sigilosamente o andas a prisa para no hundirte. Nada tiene de mezquino o innoble entumecerse ante las señales de brutal degradación de una persona que queremos. A veces resulta más fácil fingir que todo estará bien, aunque en el fondo estemos conscientes del engaño.

II

Hoy me ha quedado claro que no tengo las cosas resueltas. En una bizarra cinta de Moebius, la relación con mi abuela es también la relación con mi madre, y ésta, a su vez, es la relación conmigo misma. Los pasados, presentes y futuros están conectados por una hebra de sentimientos y vivencias. Todas hechas de la misma materia, todas carne y huesos.

No puedo dejar de pensar en el tradicional vínculo madre-hija que comienza con la crianza y termina con la vejez, en esa complicidad inexplicable sobre la que se van tejiendo capas. Cariño, vergüenza, alegría, violencia, ternura, dolor, apego, miedo, necesidad, amor… todo enmarañado.

Me asusta pensar en la cuesta arriba que vendrá, tarde o temprano, con mis padres. ¿Seré capaz de encontrar un equilibrio? ¿Podré cuidar sin consumirme? ¿Podré evitar la desconexión? ¿Seré empática pese al agotamiento? ¿Me quebraré cuando se sientan perdidos y nada les dé consuelo?

No soy partidaria del amor incondicional hacia los familiares y creo que la familia que vamos construyendo con los años es tan importante como la de origen. En más de una ocasión he puesto en práctica con mi familia aquella máxima de Selva Almada de que la distancia es también una forma de querer. Curiosamente, esa misma distancia que me hace parecer lejana a sus ojos, me permite tener consciencia de lo que en unos años irremediablemente llegará y de la persona que quiero ser en ese momento.

Me doy cuenta de que necesito madurar, aprender a ser una hija adulta, sin apegos feroces ni amores infantiles. Aceptar que de un día a otro se tejerá una cortina invisible que me separará de mis padres, que estaremos en la misma habitación y seré incapaz de alcanzarlos porque, al igual que la madre de Ernaux, no podrán salir de la obscuridad y el aislamiento que conllevan la vejez o la enfermedad.

Debo dejar de querer a mis padres como una niña. Si no lo hago, me romperá el corazón si rechazan mis muestras de afecto o si son violentos conmigo. Si no aprendo a quererlos de otra forma, no tendré la templanza para ver sus capacidades menguar, ni la fuerza para cuidarlos con empatía cuando su identidad esté hecha trizas y no podamos reconocernos.

Me angustia no madurar lo suficientemente rápido. Quiero ser capaz de encontrar en mí la ternura que mis papás necesitarán en su obscuridad, y para ello debo evitar que un amor infantil me paralice y encierre en mi propio cuarto obscuro. Por muy bobo que suene, necesito aceptar que mis papás no cumplirán la promesa que me hicieron de niña: no podrán cuidarme siempre. Creo que sólo así los sostendré mejor cuando lo necesiten.

No me es fácil esto de aprender a ser hija y batallo para no dar pasos en falso. Hasta ahora sólo tengo claro que, por el momento, aprender a querer a mis padres de otra forma pasa por no empeñarme en hacerles notar sus despistes, no abrumarlos con cosas que no pueden resolver, escuchar con paciencia las mismas historias, recibir sin reparos las muestras de afecto y aprovechar que todavía no hay cortinas invisibles que nos impidan vernos. 

8 opiniones en “Diciembre”

  1. Gracias por compartir tu texto tan sentido, tan humano y esclarecedor de esos sentimientos encontrados que nos invaden casi toda la vida y que como nudos no sabemos y no podemos desatar.
    Felices fiestas decembrinas!

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  2. Es increíble como cada línea que leí me transportaba a una cama de hospital, nunca había reflexionado de está manera mis pensamientos y sentimientos. También llegué a juzgar mi insensibilidad y de vez en cuando me cae un aguacero de culpa, pero ahora entiendo mejor que detrás de esa brecha de desapego existe algo más fuerte.
    Saludos Pao y un fuerte abrazo:)

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    1. Hola Alejandrina, muchas gracias por leerme. Lo describes muy bien, es un «aguacero de culpa». Me ha costado mucho trabajo darme cuenta de que hay amor detrás de muchos sentimientos que no comprendo… como en el desapego. Pero bueno, ahí va uno aprendiendo. Te mando un abrazote y muchos saludos.

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      1. Casualmente mientras salí a correr hoy, dentro de mi playlist y a media carrera sonó «Monsters» de James Blunt y me traslado nuevamente a tu redacción, te recomiendo que la escuches si aún no tienes la oportunidad, es una canción muy dulce que toca el momento de la despedida, y desde la perspectiva de James Blunt es un cambio de roles que surge en el preciso instante en el que maduramos la idea de la partida. Te mando igual un abrazo. Gracias por compartirnos tus pensamientos de letraherida que tanto te ensordecen, es grato leerlos también.

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      2. Ufff… gracias por recomendarme “Monsters”, no la había escuchado. Lo del cambio de roles que mencionas me conmovió muchísimo. En especial la frase: “Don ´ t be afraid, it ´ s my turn to chase the monsters away”. Es una canción muy linda. Gracias por leerme y sobretodo por compartirme tu opinión y reflexiones. Me ayudas mucho a ampliar mi mirada y salirme un poco de mi cabeza. Va un fuerte abrazo.

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