I
Hay etapas y sucesos que dejan cicatrices. Existe un antes y un después de “aquello” que nos pasó, o al menos eso nos gusta pensar. Desde la Antigüedad los seres humanos desarrollamos el gusto de contar historias: amor, aventura, venganza, deseo, terror o dolor eran, y son hasta el día de hoy, algunos de los temas que entretenían a nuestros antepasados.
Entre estas historias que son mezcla de ficción y realidad, se encuentra el relato que contamos de nosotros mismos. No importa si nuestra memoria no es exacta o si exageramos ciertos aspectos del pasado, lo primordial de estos relatos del “yo” es que la sucesión de momentos vividos se teja de una manera más o menos coherente y se confeccione una imagen de lo que creemos que somos, de nuestra identidad.
El relato que elaboramos sobre nosotros mismos puede permanecer inalterable durante décadas. Podemos explicar nuestro origen, presente y futuro a partir de episodios que nos cambiaron la vida. Esos “sucesos” que nos marcan no tienen una naturaleza determinada, todo se vale, desde una ruptura amorosa, la pérdida de un trabajo, la muerte de un ser querido o sobrevivir cualquier tipo de violencia. Son innumerables las cosas que nos pueden transformar o quebrar.
Yo llevo casi dos décadas contándome la misma historia sobre mi tránsito a la adultez. Un relato que me suena cada vez más desgastado. A continuación, lo simplifico y exagero un poco:
“Siempre fui solitaria, nunca me sentí parte de algo, me rompieron, tuve miedo, estaba llena de ira, la pasé mal, decepcioné a quienes me querían y me decepcionaron de vuelta, fue mi rabia lo que me permitió hacerme de un lugar en el mundo.”
Sé que algo de ese relato es cierto, lo experimenté así y es parte de mi historia. Una travesía nada excepcional, casi todo ser humano ha vivido cosas similares. Pero mi dilema actual con este recuento de mi juventud es que ya no encuentro en esa historia alguna singularidad con la que me identifique. Muchos años pensé que esa combinación de experiencias me había convertido en la adulta que soy; y sí, pero hoy es sólo un fragmento de una historia mucho más extensa.
La brecha que separa el relato que confeccioné sobre mí misma y quién creo ser hoy, me parece más notable cada día. Siento que ha pasado mucha vida desde que ciertas cosas me “marcaron”. Sin embargo, me he aferrado inconscientemente al recuento de ese primer proceso de construcción/destrucción de mi identidad. No creo ser la única que ha caído en esta trampa del pasado, por algo florece tanta nostalgia por la infancia, adolescencia o primera juventud.
Hace unas semanas, entre pizzas y cerveza, el tema de conversación se centró unos instantes en aquellos “acontecimientos” que nos habían cambiado la vida. Al llegar mi turno de responder, dudé un instante, y antes de articular algo, mi mejor amiga se adelantó a mencionar el par de cosas que suelo decir que me trastocaron. Quizás fue el hecho de escucharlo en otra voz lo que hizo más punzante esa incomodidad que me provoca hace tiempo mi historia de “tránsito a la adultez”. Eso que hace años fue una herida inocultable, ese resentimiento y furia, hoy no habitan más en mí. Tal vez era el momento de dejar de rumiar sobre esa chica perdida y triste que ya no soy. Su historia no me pertenece más.
II
La ficción que construí sobre mí misma la traduje en algo bien palpable. A los pocos días de recibir la credencial de mayoría de edad, fui al local de tatuajes que me quedaba camino a la universidad. Esa fue mi primera decisión adulta, una no muy sabia, es cierto; pero llena de significado para una joven desesperada por encontrarse. Fui sola y el chico que me atendió tuvo el bondadoso gesto de advertirme más de una vez sobre el estigma que en ese entonces pesaba sobre las personas tatuadas. Me recomendó que me tatuara en un lugar menos visible, no en la muñeca, porque eso limitaría mis posibilidades de trabajar en un banco u oficina. Ante mi negativa, no le quedó más que pasarme el catálogo de tatuajes. Sabía lo que quería: un copo de nieve. Ya sé, una cursilería.
No obstante, para esa chica con un profundo sentimiento de inadecuación y soledad, ese copo albergaba un significado esperanzador: “visto bajo un microscopio se aprecia que cada copo de nieve tiene una estructura distinta al de cualquier otro, todos son distintos entre sí. A pesar de ello, cada uno es simétrico, matemáticamente perfecto”. Durante años miré ese tatuaje para no desesperar; era mi recordatorio de que no había nada malo en mí por no encajar. Y así, un día, sin advertirlo, ya no estaba perdida.
Con el tiempo las líneas del tatuaje se difuminaron tanto que bien podría servir de caracterización para un personaje secundario de alguna película de Robert Rodríguez. Resignada ante esto, desde hace años cuando me preguntan por el copo, hago un chiste sobre mi ficticio pasado criminal. Ya para mis treintas, el copo de nieve se derritió y quedó un manchón de verdosa tinta. Consideré muchas veces borrarlo con láser, pero además del gasto y el dolor innecesario me parecía un equivocado intento de arrancarme algo de lo que fui.
19 años después de que me hiciera un tatuaje al cumplir los 18 años, descubrí que abrirían un estudio de tatuajes en mi colonia. Investigué un poco sobre las tatuadoras y me enganchó su trabajo. Les escribí y conté lo que quería, pasaron días, agendé un espacio y elegí uno de los diseños que idearon para cubrir mi copo de nieve. Como hace 19 años, no le avisé a nadie que me iba a tatuar, ni cruzó por mi mente pedir opiniones. Una vez más hacía algo cuyo significado era sólo mío. Así, con un tatuaje sobre otro tatuaje, me liberé de un relato de mí misma que ya no envuelve mi vida.
Mi nuevo tatuaje no tiene un significado oculto o trascendente, es simplemente algo lindo. En estos 19 años he aprendido que no hay grandes sentidos en la vida, sólo fragmentos de belleza.
* Mientras pensaba en escribir este texto rescaté la música que escuchaba cuando me hice mi primer tatuaje. Me es evidente que las canciones engarzaban con mis búsquedas y sentimientos. Dejo acá una playlist con lo que esa chica de 18 años escuchaba.
