No gracias, prefiero caminar

Flâneuse [flaneuse], un sustantivo. Forma femenina de flâneur [flâneur]: ociosa, observadora deambulante que suele encontrarse en las ciudades.

Lauren Elkin

I

Aunque no me gusta conducir tengo una licencia permanente desde los 18 años. No me reconozco en esa foto. No sólo me despistan las cejas criminalmente depiladas, también me sorprende esa chica que está tan segura de que manejar un auto será parte obligada de su vida adulta. Sus sueños incluyen un trabajo de oficina, uno o dos hijos, una casa con patio, un perro labrador y vacaciones en la playa.

No recuerdo haber aprendido a manejar, sólo empecé a usar el carro familiar con extática imprudencia. Disfrutaba encaminarme a mi destino hipnotizada por las canciones que había elegido escuchar ese día. Desafortunadamente, el encantamiento me duraba poco, se disipaba cuando sin darme cuenta me encontraba en medio de un embotellamiento. En ese instante apagaba la música y esperaba con terror el humo que solía salir del auto cuando se calentaba.

No tomé la decisión de dejar de manejar, fue un proceso que se dio naturalmente cuando llegó el momento de independizarme. Lo curioso es que mi abandono del volante poco a poco se transformó en renuencia a manejar y después en animadversión. De ser algo que no hacía, pasé a detestar la idea de hacerlo, me negaba ante cualquier oportunidad de conducir. “No sé manejar, no puedo manejar, no quiero manejar”, me repetía a mí misma y a todo aquel que me increpase.

Debo reconocer que hacer despliegue de mi enemistad con los autos me causaba placer. Era una confirmación de que había dejado atrás mis sueños adolescentes y optaba por otra vida. ¿Cuál? No lo sabía todavía, pero al menos tenía claro que sería distinta a la que había imaginado. De esta manera, algo tan absurdo como negarme a manejar se convirtió en una declaración de principios. Me enorgullecía fallar en esas cosas básicas que uno se supone que debe de hacer como adulto. Lo que a los demás les parecía ineptitud o inmadurez, para mí era una pequeña e íntima rebeldía que me acercaba a esa otra persona que todavía no era, pero que quería ser.

Así comenzó mi travesía como peatón permanente de una de las ciudades más caóticas y espléndidas del mundo.

II

Caminar por la ciudad es una de las actividades que define mi identidad. Salir de casa para afrontar el riesgo, el desorden, la violencia y lo impredecible de la experiencia urbana ha sido desde hace décadas mi estrategia para encontrar mi lugar, para expresarme, para soñar con otras vidas y para tejer nuevas redes de parentesco.

Si bien suena ridículo, siento que nadie me conoce como la ciudad. Sólo entre sus calles he experimentado la confianza de mostrarme sin esa sonrisa diseñada exclusivamente para reconfortar a quienes me rodean. Recorrerla me da perspectiva, apaga pensamientos obsesivos y me regala la extraña paz que brinda saberse una persona ordinaria con problemas ordinarios. La ciudad es ese terreno neutral que anestesia y a la vez da esperanza.

Después del golpe de realidad, llega la magia. La ciudad se compadece de mí y decide jugar a ser la narradora omnisciente en la novela costumbrista que es mi vida. En su rol de narradora, la ciudad me sorprende cada tanto con bondadosos paréntesis en los que puedo recobrar el aliento. Según se requiera, la ciudad pone en mi camino una cafetería en donde eludir mis problemas, una iglesia en donde descansar unos minutos, una biblioteca pública para refugiarme del frío, una marquesina que me guarece de la lluvia o algún parque ordinario en el que forjar afectos extraordinarios.

Es por esta mística complicidad entre la ciudad y yo que todas mis alegrías y tristezas primero las camino y sólo después las hablo.

III

A menudo me encuentro en la incómoda situación de rechazar el “aventón” en auto que me ofrece algún familiar, colega de trabajo o amistad. “No gracias, prefiero caminar”, repito dos o tres veces. Mi negativa no quiere decir que no desee pasar más tiempo con ellos o que me incomode alejarlos de su camino. Es simple y transparente: me gusta llegar a los lugares caminando. Y cuando se trata de volver a casa, ese recorrido es el que más atesoro.

Cuando me dirijo a casa, sin excepciones, me sumerjo en una especie de sueño. Observo la vida de los otros, paso a un lado de los adolescentes que he sido o de los adultos mayores que seré, cruzo los caminos que decidí no tomar y recuerdo las personas que ya no soy. La caminata al hogar es un tiempo que sólo existe para mí, un lapso diseñado para sentirme yo de nuevo.

IV

Cada tanto fantaseo con la idea de que conforme caminamos la ciudad vamos dejando un rastro como aquel que dejan las hormigas en la tierra. En un torpe intento de dejar constancia de nuestro tránsito por el mundo, trazamos un mapa invisible e ininteligible para cualquiera que no sea nosotros mismos. ¿Cómo sería mi mapa? ¿Mostraría con fidelidad mi vida? ¿Cómo se verían esas líneas enmarañadas que sólo yo podría traducir en amores, ilusiones, fracasos, trabajos, obsesiones o sueños?

V

Estoy en esa extraña edad en la que no eres ni viejo ni joven, ese limbo que hace que los desconocidos titubeen en hablarte de “tú” o “usted”. Es una etapa interesante, la vivo como una segunda adolescencia (con la ventaja de que ahora sí sé quién soy y qué quiero) y la aprovecho para flexibilizar mi carácter y variar costumbres. Me esfuerzo, pues, en ser menos cínica, más despreocupada y en deshacerme de esas pieles que ya no me definen.

En este intento de abrir mi propia cabeza he vuelto a manejar un auto. Conducir ha sido más agradable de lo que esperaba. He redescubierto la felicidad de escuchar música para silenciar a los conductores desesperados y, en un inconsciente guiño a mi yo adolescente, he repasado las “canciones para manejar” que escuchaba a mediados de los 2000s. Este recorrido musical al pasado también ha implicado un viaje a zonas de la ciudad que hace años visité en auto. Pese a los enormes cambios urbanos, reconozco los lugares, sólo basta mi memoria para desprender las capas más recientes y redescubrir los rincones donde habitan algunos de mis fantasmas, ilusiones y reveses. Me asalta la alegría de saberme tan lejos de ahí.

La mayor desventaja de conducir es que no te puedes lanzar de lleno al ensueño que ofrece un recorrido por la ciudad, el tráfico invita más al tedio que a la reflexión. Si voy en auto no puedo platicar con desconocidos, no puedo explorar los rostros de las personas como lo hago en el transporte público, no puedo detenerme a acariciar un perro ni cambiar de dirección sólo porque me apetece. Definitivamente no está en mis planes tener un coche, no he cambiado considerablemente en este aspecto, pero al menos he actualizado mi lema: “Sé manejar, puedo manejar, pero no quiero manejar”.

VI

Hay días en los que la ira, la tristeza y la decepción se desbordan. No importa si hemos aprendido a identificar las cosas que no podemos cambiar, cuando no hay solución posible es difícil saber dónde verter las emociones que nos provoca todo aquello que no tiene remedio. Hoy es uno de esos días.

Salgo a la calle e inmediatamente siento que tengo más aire para respirar. Una persona se me atraviesa sin aviso, no me exaspero, pero sí me veo obligada a caminar más despacio. ¿Es una primera advertencia? Todavía no abandono la pregunta cuando veo un disquete de 3½ abandonado en la banqueta. No parece basura, está prolijamente colocado en mi camino. ¿Quién tiene todavía disquetes en su casa? ¿Qué tiene escrito en la etiqueta? Este tipo de cosas son las que ineludiblemente llaman mi atención y la ciudad lo sabe. Esta nimiedad me hace fantasear con que ella me está diciendo: “Mira esto, pensé que te sacaría una sonrisa. Por cierto, no olvides que estás aquí, estás conmigo.”

Tengo la tentación de tomar una foto de mi descubrimiento, pero no quiero desperdiciar el impulso que me regaló la ciudad. Titubeo unos segundos, pero no me detengo, elijo seguir jugando el juego. Me parece improbable que en un par de horas alguien levante el disquete, esta calle es poco transitada y hoy es un día particularmente lluvioso. ¿Quién lo levantaría? ¿Qué sentido tendría recoger un objeto tan obsoleto?  ¿Habrá algún nostálgico del siglo pasado al que le interese?

Tardé menos de dos horas en volver al punto de mi hallazgo. Se confirma mi temor, el disquete desapareció. ¿Me lo habré imaginado? Mejor pensar que no, mejor seguir creyendo que la ciudad juega conmigo un juego del que desconozco las reglas, pero al que me abandono día a día con alegría y candidez.

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