Pasiones reaccionarias

Las redes sociales son la principal fuente de información de la mayoría de la población mundial con acceso a internet. Éstas delinean la agenda pública, determinan el camino que deben seguir los periodistas y medios de comunicación tradicionales (televisión, radio, periódico). Son benditas como malditas. Catapultan y destruyen reputaciones. Sus contenidos, falsos o no, alimentan nuestros prejuicios y despiertan las pasiones reaccionarias que habitan en cada uno de nosotros. Sin embargo, satanizarlas no es una opción. En todo caso, si queremos ser críticos, toca pensar dos veces en el significado y motivaciones de lo que vemos ahí.

Uno de los fenómenos más llamativos es que las ideas conservadoras están ganando la batalla cultural y cotidiana. Las ultraderechas transnacionales han aprendido a movilizar afectiva y efectivamente a la ciudadanía a través de redes sociales. Para tratar de entender este ascenso acelerado del conservadurismo quiero compartirles algunas claves del más reciente artículo publicado por Paulo Ravecca, Marcela Schenck, Bruno Fonseca y Diego Forteza. Su investigación, centrada en los movimientos de extrema derecha y su presencia en redes sociales, sostiene que la potencia del discurso derechista radica básicamente en su carácter “interseccional” ¿Existe la interseccionalidad de derecha? ¡Sí!

Antes de hablar de “interseccionalidad” de derecha empecemos por lo básico. ¿Qué es la interseccionalidad originalmente? Bueno, este es un enfoque de las ciencias sociales que explora las relaciones de poder y observa cómo influye la raza, etnia, clase, sexualidad y género en los diversos tipos de desigualdad. Esta forma de desmenuzar el poder está en su origen ligado al pensamiento de izquierda, ha sido de las mejores armas de los feminismos negros y latinoamericanos.

La investigación que antes mencioné señala que esta mirada originalmente de izquierda ha sido adoptada por el conservadurismo, pero no para cuestionar las desigualdades, sino para justificar las jerarquías sociales. Este tipo de pensamiento existe, por ejemplo, en la cultura del coaching o en una extraña ética del trabajo que reafirma la idea de que la gente es pobre porque no se “mentaliza” o es floja. Es sorprendente cómo este discurso une mundos tan dispares como el de la socialité Kim Kardashian y el de un padre de familia de clase media baja con tres empleos en cualquier ciudad de América Latina. ¿Cómo pueden compartir la misma idea personas con historias y realidades tan contrastantes? Bueno, esa es justo la interseccionalidad de derecha. La capacidad de difundir un mensaje conservador al más amplio público sin barreras de edad, clase o género.

Ravecca, Schenck y demás autores analizaron los tweets de activistas y políticos en América Latina y comprobaron que en efecto existe una disputa en el terreno del sentido común, pero, sobre todo, en el de los afectos. La capacidad de provocar sentimientos en los usuarios de redes sociales rinde frutos fácilmente puesto que se transforma, no sólo en activismo digital y movilizaciones sociales, también deriva en política electoral. Es decir, influye en cómo votan las personas. En México este fenómeno se ha materializado en movimientos conservadores como el Frente Nacional Ciudadano FRENA, así como en las continuas críticas dentro del espacio público a los feminismos y a la agenda LGBT+. Este ambiente se replica en toda América Latina, obviamente en cada país con sus particularidades.

¿De dónde viene ese impulso de la derecha? El atractivo de las ideas conservadoras presentadas por las derechas consiste en apelar a las emociones, sus llamadas a la acción son simples, reproducen lugares comunes y reviven prejuicios arraigados, creando un entorno de valoraciones negativas y violencia aceptada. La derecha ha comprendido el papel clave de la cultura. Gracias a los algoritmos, segmentaciones y estudios de marketing, conocen y capitalizan nuestros miedos, odios, paranoias, fantasías y rencores. Con un golpe de efecto despiertan los monstruos que siempre han estado a nivel epidérmico en nuestras sociedades.

El logro cultural de las derechas es la polisemia y la vaguedad. Presentan ideas que van del cristianismo al cientificismo y la incoherencia no debilita su discurso, éste pretende abarcar todo y nada a la vez, aunque sus implicaciones políticas son claras. El conservadurismo contemporáneo le huye a la jerga complicada de la izquierda marxista, decolonial o feminista y prefiere ser directa y popular. Hoy la derecha dejó atrás el purismo, abraza cualquier causa con tal de ampliar su público y construir solidaridades fincadas en los resentimientos de la población, presentándose así como antielitista, democrática y defensora de la libertad frente a un Estado autoritario. En este momento la derecha es la que reclama para sí el poder radical y transformador de la política.

Desafortunadamente, la izquierda que se le podría oponer a este conservadurismo al alza sigue siendo una izquierda purista, fragmentada y que le sigue el juego a la ultraderecha en el terreno de los improperios y reduccionismos. Una estrategia claramente estéril. ¿Qué se hace frente el ascenso cultural de la derecha? ¿Despreciar las redes sociales por ser campo de cultivo de ideas reaccionarias? ¿Torturar a la ciudadanía con jerga izquierdista y de paso tirarle al neoliberalismo y la democracia liberal? Schenk, Ravecca y demás investigadores concluyen su artículo con algunas recomendaciones: 1) dejar el odio a la derecha, 2) aceptar que es en vano cualquier intento de educar o aleccionar a la gente y 3) pasar del atrincheramiento, generar solidaridades y empatía para después iniciar una ofensiva cultural.

Esta propuesta suena bien, pero ¿cómo ponerla en marcha? Para mí, un punto clave es suprimir temporalmente nuestros prejuicios y rencores de clase, raza y género entre las líneas de la izquierda. No porque no sean temas cardinales para democratizar a las propias izquierdas, sino porque no hay nada más contraproducente que convertir las diferencias en enemistades. Esta tregua temporal entre izquierdas serviría para recuperar espacios en el terreno cultural, pero no a través de las cada vez más choteadas pullas contra el imperialismo, neoliberalismo o demás adversarios ideológicos. Las peroratas sólo convencen a quienes ya lo están y espantan al resto. En cambio, se debe hablar de estos procesos que empequeñecen nuestras vidas, pero buscando una comunicación afectiva y efectiva.

Hoy en día lo social sólo tiene sentido para muchos de nuestros contemporáneos en referencia a sus propias experiencias personales. Por ello se debe de describir y traducir los fenómenos colectivos y estructurales a escala individual. Mostrando el sello que deja lo social en cada una de nuestras historias. Sólo así se ampliarán los horizontes de la práctica política y de la capacidad de acción de la ciudadanía. Pero si seguimos como vamos, ondulando entre la indiferencia y la indignación, el pensamiento conservador ganará más espacios un tweet o meme a la vez.


Dado que algunas personas me han escrito para consultarle por el artículo que menciono en el post, acá les dejo el link:

https://revistas.upb.edu.co/index.php/analecta/article/view/7364

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