En los márgenes del descanso

The fact that the body is lying down is no reason for supposing that the mind is at peace. Rest is far from restful.

Séneca

Hace unos meses me comprometí a entregar un breve texto sobre el descanso. Pensé que, si lograba desmenuzar el significado de la palabra, aprendería a descansar. Pero no fue así, sólo gané consciencia de lo difícil que es parar.

Terminé el texto hace varias semanas pero me quedaron estas notas al margen escritas en momentos y estados de ánimo distintos.


Aceite de lavanda, melatonina, ruido blanco, CBD, tapones para los oídos, Lexotan, ejercicios de respiración, Clonazepam, meditación, té caliente, almohada nueva… estos son algunos de mis trucos fallidos para dormir. Nada me funciona.

Llevo veinte minutos acostada, no encuentro una posición cómoda. Mi almohada comienza a rebelarse, se irrita y desarrolla un chipote del lado derecho. Mis ojos se han acostumbrado a la obscuridad. Distingo a la perfección las líneas del clóset, la lámpara, la ventana, el bulto de ropa sin acomodar. Comienzan los murmullos.

 ¿Por qué no levanté la ropa antes de acostarme? ¿Apagué el gas? Otra vez olvidé llamar a B. El calor es insoportable ¿Y si tiembla? ¿Por qué me pareció buena idea vivir en un cuarto piso? ¿Y ese zumbido? No es el refri ni el regulador.

Me levanto sin prender la luz y paso 5 minutos dando vueltas hasta que descubro que el sonido viene de afuera. Me asomo a la calle y miro hacia la esquina que emite el ruido. Por unos instantes me relajo y observo las banquetas vacías. Mientras una polilla vuela en círculos bajo la luz de un poste, calculo cuántas horas faltan para que inicie el día.

El diagnóstico es claro, el trabajo precario reduce la calidad y esperanza de vida. Pero la solución es más difícil de centrar y en lugar de discutir la relación entre precariedad laboral y el sistema económico neoliberal, los esfuerzos se han decantado por la creación de nuevas tecnologías del descanso y del bienestar. Se han desarrollado apps para monitorear los hábitos de sueño, se han puesto en el mercado lámparas cuya luz promueve el descanso, se ha aconsejado reducir el tiempo en pantallas, se ha discutido sobre los mejores sonidos para conciliar el sueño y se han popularizado prácticas como la meditación o el napping.

Miguel Ángel Hernández ha escrito sobre la importancia de hacer de la siesta un hábito. No es un libro científico ni nada por el estilo; es un texto literario que ve en la pausa del trabajo una rebelión contra el tiempo productivo del capitalismo. El tipo me parece inteligente, así que intento incorporar la siesta en mi rutina.

Tengo quince minutos libres antes de entrar a una reunión de Zoom, así que cierro la computadora e intento tomar una siesta. No pasan ni treinta segundos y ya me llegó una notificación al celular. A la segunda vibración, lo levanto. Con el celular en la mano no puedo evitar abrir mis redes sociales.

El algoritmo sabe que llevo algún tiempo obsesionada con el descanso y satura mi pantalla con publicidad de tecnología del sueño. Me venden colchones, canales de meditación, el libro del “Club de las 5am”, el método para despertarse sin alarma, la técnica del sueño controlado y medicamentos naturistas. Intercalados entre los anuncios, veo reels de Keanu Reeves y publicaciones tanto de amigos como de desconocidos.

El tiempo de descanso se va agotando, así que deslizo más rápido como en busca de algo. Ante tantas sonrisas, frases motivacionales y certezas no puedo evitar pensar que los demás no sólo tienen el tiempo de vivir, también tienen el tiempo de disfrutarlo, reflexionarlo y publicarlo. Yo sé que no es del todo así, pero no importa. Ya me abrazó la sensación de estar al margen de mi propia vida. Lo peor de todo es que no estoy al margen por una razón admirable. No es que esté criando a alguien, ni se debe a un abrumador éxito profesional o a una vida de voluntariado. Estoy al margen porque tal parece que no puedo con la carga mínima de un adulto medianamente funcional.

Ya se consumieron mis quince minutos. Me levanto y dejo el celular a un lado de la computadora. Tomo los audífonos, me enderezo y abro el enlace para mi reunión.

No es de extrañar entonces que la Revolución Industrial provocase la reducción de los periodos de reposo y la intensificación de la fatiga en los obreros (hombres, mujeres y niños), quienes cumplía jornadas laborales cercanas a la esclavitud. En cambio, entre las clases acomodadas se popularizaron nuevas formas de descanso como los retiros y las estancias de reposo fuera de las urbes para convalecientes, melancólicos o víctimas del spleen. Tendrá que llegar el siglo XIX para que los movimientos obreros logren la reducción de las jornadas laborales y el descanso comience a formar parte del imaginario de la clase obrera. Para Corbin (2022), el gran siglo del descanso se extendió entre el último tercio del siglo XIX y la mitad del siglo XX, un periodo de alegorías y sueños con playas, paseos, balnearios y vacaciones que se plasmaron en las pinturas impresionistas.

Conforme avanzo en mi investigación, confirmo que la humanidad lleva siglos entre la autoflagelación y la búsqueda de una mejor relación con el descanso. Me sorprende encontrar lugares comunes y frases que hasta la fecha moldean nuestra forma de descansar. Hay una en particular que me es muy familiar: “Ya descansaré cuando me muera”. Cuántas mujeres no la han dicho en tono enfadado ante la insistente invitación al descanso. Yo me la he dicho a mí misma cuando ya no puedo más. La frase funciona como magia, me transporta a un estado que llamo “piloto automático”. Gracias a este mecanismo sobrevuelo rachas de mucho estrés. Quizás el único defecto de mi “piloto automático” es que recuerdo poco de esos periodos. Así me he perdido de juntas de trabajo, reuniones familiares o charla con amigos. Si bien estuve ahí, no estuve del todo presente.

Cuando estoy agotada tiendo a seguir un guión de lo que debería decir, hacer o sentir ante tal o cual situación. Gracias a esta interpretación de mí misma siempre salgo del paso. Sin embargo, en los últimos meses me he sentido tan cansada que los demás comienzan a notar mis ausencias y olvidos. Pregunto cosas que ya me han dicho. Noto su irritación, extrañamiento y confusión. Siento vergüenza, intento disimular lo mejor posible y me disculpo por el despiste. En el fondo sé que es algo mucho más grave. Mi piloto automático se ha averiado. Pero ante esta nueva situación de descontrol no opto por bajar el ritmo, más bien comienzo a exigirme más y a anotar todo obsesivamente para no olvidar ningún detalle.

Una constante perceptible desde la Antigüedad hasta antes de la Reforma, es que el descanso era exclusivo de los dioses y por ello, como plantea Alain Corbin (2022), durante casi dos milenios teólogos, predicadores, fieles y pastores compartieron una misma obsesión: el descanso eterno. Porque si el descanso terrenal era inaccesible, tendría que haber algo más que justificase el trabajo, el sacrificio y el sufrimiento. Y ese algo era el descanso eterno, lo único a lo que podían aspirar los mortales. De ahí que se planteara que la vida terrenal no era relevante y que la recompensa del sacrificio y dedicación a Dios era el descanso que sólo llegaría con la muerte. El descanso en esta época estaba desvinculado de lo material y del tiempo presente, como explicaba en el siglo XVII el célebre obispo francés Jacques-Bénigne Bossuet en su sermón sobre la muerte. Sin embargo, esta lógica temporal y la sobreestimación del tiempo eterno sobre el terrenal se trastocó en el siglo XVIII con la llegada de la Revolución Industrial. El tiempo presente y terrenal pasó entonces a ser tan importante como la eternidad.

Hoy entregué los proyectos que tenía pendientes. Es viernes por la tarde, cierro la computadora y me acuesto en la cama. Hay silencio y tengo todo para sentirme satisfecha. Aun así no puedo descansar. ¿Por qué no puedo descansar? ¿Esa es la pregunta correcta? ¿No será mejor preguntarme si en realidad quiero descansar? Qué tal si lo que necesito en realidad es trabajar más para algún día hacer el inemuri como los japoneses y presumir mi cansancio, lucirlo como una medalla. Y es que nunca he descansado tan bien como cuando he trabajado hasta el límite de lo que me es posible. Así que si no puedo descansar, debe ser porque todavía tengo energía para aprovechar. Es momento de sacar la lista de pendientes, asumir nuevas responsabilidades, planificar y afrontar nuevos retos.

Nada más pienso en trabajar más y me doy cuenta de que mi descanso queda muy lejos del inemuri. Sé lo que me pasa después de trabajar obsesivamente. Mi descanso se parece más a una depresión. Duermo mucho, no quiero salir de casa ni ver a nadie. Mi recuperación física siempre va acompañada de una pérdida de sentido. Después de haber logrado algo, me comienzo a preguntar qué propósito tuvo y no encuentro motivos para levantarme de la cama.

Descansar es enfrentarnos a nosotros mismos, aburrirnos de nuestras vidas, cuestionar nuestras decisiones. Durante el descanso algo nos carcome, en su silencio percibimos esa obscuridad y tristeza que siempre ha estado ahí. O al menos siempre ha estado ahí para mí. Recuerdo que de niña odiaba las tardes de domingo, porque anunciaban el regreso a una rutina sin sentido, eran la antesala del reinicio infinito de la semana. Ante ese sentimiento que todavía no lograba nombrar, lo único que se me ocurría hacer era asomarme a la ventana que daba a la calle y esperar a que algo pasara.

En estos días he leído un libro del historiador Alain Corbin en el que recupera a varios autores para reflexionar en torno a los domingos. Corbin escribe que por ahí de 1860, Jules Vallés sugería que el domingo siempre es aquel de nuestra infancia. Un día vacío, triste, pálido y tremendamente largo. Al menos así es para muchos niños y para aquellos individuos que se inclinan a la tristeza o a lo que Baudelaire llamó a veces ennui y otras spleen.

Me angustia la posibilidad de que mis tardes de domingo (y por tanto, mi descanso) siempre sean las de mi infancia. Esta idea me obliga a reconocer que pongo mucho empeño en forjar una armadura contra el vacío. Y la verdad es que ya no sé si estoy deprimida porque trabajo mucho o si trabajo mucho para olvidar que estoy deprimida.

Como se ha planteado hasta ahora, el trabajo no sólo es un elemento del sistema económico y productivo, también funciona como ideología. En su dimensión ideológica, el trabajo moldea las necesidades y deseos humanos, justifica el sufrimiento y el esfuerzo, contribuye a la construcción de la identidad individual y perfila la percepción que se tiene del mundo y su funcionamiento. Es decir, el trabajo no sólo produce bienes materiales, también crea subjetividades. El trabajo es un problema de producción y reproducción de la identidad individual. El peso de la vocación-profesión sigue presente en el siglo XXI. El dilema es que pese a las permanencias del discurso ideológico del trabajo, en términos concretos, éste ya no brinda lo mínimo para que la clase trabajadora viva dignamente y mucho menos para que acceda al descanso.

Hace semanas que me siento agotada. Estoy cruzando un nuevo límite. Ya no se trata de la conocida gastritis o colitis, ahora me siento mareada todo el tiempo y mi vista está cada vez peor. Es todo tan extraño que me pregunto si el estrés o el cansancio pueden provocar ceguera. No sé si esto es una neurosis o el asomo de un colapso nervioso. Cada película que veo siembra un pensamiento obsesivo, cada playlist que pongo me deprime y cada libro que leo me descoloca.

Decido dejar de trabajar y darme un tiempo para caminar e ir a un café a leer. Llevo un libro de Mariana Enríquez. Tomé ese libro en específico porque no tengo muchas ganas de leerlo. Creo que será una lectura “segura”. Leo los capítulos en desorden y sin estrategia alguna.

A los 15 minutos de lectura me topo con este párrafo:

“No sé decir que no porque tengo miedo de que no me llamen más, de ninguna parte. Porque tengo miedo a quedarme sin trabajo y que, luego por castigo cósmico (…) no vuelva a aparecer ningún trabajo. Ni lindo ni feo ni grato ni gozoso ni insoportable: ninguno…, eso es uno de mis terrores pánicos, la catástrofe, la miseria, la vida en una habitación de la casa de mis padres, el desprecio y la inutilidad, el castigo, por no haber gozado, por insatisfecha, por ingrata”.

No puedo contenerme, percibo cómo me desbordo sobre el libro, sobre la mesa, sobre todo lo que me rodea. Me da pánico ahogarme en ese sentimiento.

Trato de controlarme, al menos lo suficiente para pedir la cuenta. Me tomo de un trago el resto del café y salgo incapaz de ocultar mi turbación. Escucho a las meseras cuchichear a mis espaldas y camino más rápido. Me siento ridícula y cansada, pero decido volver a pie a casa aunque es de noche, hace frío y me tomará 40 minutos llegar. No es que me angustie tener que explicar mi turbación, es simplemente que no quiero estar en ningún lugar.

Pongo música en mi celular. Jeff Buckley me desliza una frase que me ofusca: “Too young to hold on and too old to just break free and run”. En el borde desde el que me encuentro no puedo evitar pensar que esa frase describe cómo me siento: atorada en una edad extraña.

De camino a casa, veo a un chico cerca de la parada del trolebús acomodando los cartones sobre los que dormirá esa noche. Esta imagen me hace recordar el artículo de periódico que decía que 12% de las personas en situación de calle en la Ciudad de México cuentan con estudios universitarios. Me pregunto por las circunstancias que los llevaron a esa situación e imagino cuántos sueños no cumplidos tendremos en común.

La clase trabajadora contemporánea no se encuentra muy lejos de esa autodestructiva relación con el trabajo. Byung-Chul Han (2024) advierte que en las sociedades del siglo XXI prima un apego al trabajo provocado por el miedo a quedar sin empleo. Dicho temor fomenta un ambiente altamente competitivo y de absolutización del rendimiento que quiebra el sentido de comunidad. Cada cual está concentrado en su propia batalla laboral y está dispuesto a aceptar peores condiciones pues sabe que alguien más estará dispuesto a tomar su lugar. El sistema neoliberal propaga el miedo para incrementar la productividad y sus ganancias. Miedo a fracasar, miedo a no seguir el ritmo, miedo a no cumplir las expectativas propias o ajenas, miedo a perder lo que se tiene y terminar en la calle.

Llevo más de dos meses sin tomar Clonazepam. A veces duermo, otras no. Está bien, me estoy acostumbrando. Si bien me siento cansada casi todos los días, al menos no siento la sutil cruda de los fármacos. He escrito mucho, pero llevo meses sin publicar. También me he distanciado de esas amistades que no resisten las ganas de decirme que debo hacer más porque me estoy “desperdiciando”.

 Estoy cansada de escuchar, de coleccionar problemas ajenos, de ofrecerme voluntariamente como soporte emocional, de dar respuestas que en realidad nadie quiere escuchar. Si alguien me necesita, aquí estoy. Simplemente ya no quiero que todo mi tiempo sea el tiempo de los demás.

No tengo nada resuelto, me sigo cargando de pendientes y a veces me dan ganas de llorar sin razón, pero al menos ya no me siento orgullosa de mi cansancio. Al menos sé que la vida que quiero tener es incompatible con el ritmo de trabajo que he llevado desde hace tiempo.

Vivir de otra manera es difícil porque es difícil pensar de otra manera y, a su vez, es difícil pensar de otra manera porque es difícil vivir de otra manera. Pero ante este hecho, se puede optar por al menos dos estrategias: 1) luchar por derechos sociales y laborales e 2) imaginar nuevos modos de vida. Esto último es clave, porque si la imaginación confina nuestras prácticas, necesitamos soñar otras temporalidades y realidades que resistan a las hegemónicas. Repensar la noción de descanso no se circunscribe a estilos de vida o ética laboral, el descanso agrupa, por ejemplo, reivindicaciones de género y raza. En este sentido, luchar porque el descanso sea un derecho promueve el cambio social y combate la precariedad.

2 opiniones en “En los márgenes del descanso”

  1. ¡Hola Pao! Cómo estás.

    Que texto estupendo este. Es el tipo de reflexión que me sacude porque revela que el fenómeno subjetivo y muy personal que describes contiene la perturbadora precisión de mi propia experiencia como insomne consuetudinario y especie de paria despojado del derecho al descanso. Es decir, en la identificación con tu experiencia cae la muralla del yo (aislado, arrinconado en el minúsculo espacio de la confusión mental) para abrirse el panorama del nosotros. Así, queda corroborada la idea de que los males individuales son en realidad males sociales que el sistema produce en los individuos como forma de sometimiento, con el agravante de que muchos a veces confundimos estos males con una improbable responsabilidad personal que arrastra su correspondiente dosis de culpabilidad. Si, como engranes del sistema, tenemos negado el descanso, pienso, la felicidad se convierte en una utopía irrealizable. Creo que una felicidad duradera es imposible en el agotamiento físico y mental. No hay goce en el cansancio, al menos yo no lo puedo tener. En este (el cansancio) solo puede existir el hartazgo, la neurosis, el resentimiento y, en general, un estado constante de pena y desilusión.

    Los ocasionales despertares con recuperación plena siempre vienen acompañados de sonrisas y buen humor. Esto significa, creo yo, que otra forma de vida es posible dentro de otro mundo también posible. Lo malo es que son tan eso, tan ocasionales, que a veces pienso en ellos como la zanahoria que el caballo de tiro lleva frente a la mirada sin poderla alcanzar jamás.

    Recuerdo mis años veinte, allá por los ochenta, cuando dormía a pierna suelta sin obstáculo alguno. ¿Qué ha cambiado de aquellos años en mí y en la sociedad y cómo se relacionan? No lo tengo claro, la verdad, pero en este periodo se gestó mi malestar. Tu periodo de incubación ha sido mucho más corto: ¿Hay alguna pista en esto? Quizás. Lo que sí te puedo asegurar, por experiencia, es que una buenas carcajadas entre amigos, sazonadas con licores y buena charla, te brindarán algunas noches de verdadero descanso. No es la solución total, es solución en modo paréntesis, pero es solución aunque sea breve, como los ratos de felicidad que aparecen de vez en vez.

    En fin, todo un tema para reflexionar mucho más.

    Te reitero mi admiración y te mando un abrazo enorme.

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    1. Hola Eduardo, qué alegría saber de ti. ¿Cómo va todo? Agradezco un montón tu lectura y sobre todo que te hayas tomado el tiempo de escribirme.

      Justo con ese propósito escribí el texto, quería hilar la experiencia personal con el problema social. Por mucho que en la teoría lo tengamos claro, en el día a día tendemos a olvidar que nuestros malestares nos rebasan y no son algo excepcional. Eso que vivimos como fracaso o dificultad personal tiene raíces más profundas y sólo dándonos cuenta de ello tenemos la oportunidad de resistirnos un poco ante tanta desigualdad, autoexplotación y precariedad.

      Me hace mucho sentido eso de que extrañas dormir a pierna suelta… recuerdo que en la infancia a veces dormía tan profundamente que cuando despertaba no sabía si habían pasado dos horas o un día completo. Qué goce dormir sin preocupación alguna, dormir hasta perder la noción del tiempo.

      Y sí, estoy de acuerdo contigo, la vida está en los paréntesis.

      Va un abrazo de vuelta… y gracias de nuevo, me ha hecho mucho bien leerte.

      Paola.

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