Lecturas involuntarias, o la belleza de la biblioteca pública

I

Con la temporada de lluvias llegaron mis impulsivas visitas a la biblioteca pública. Una tarde de regreso de la oficina, tramitar mi credencial me pareció una necesidad inaplazable. Llamé, me dieron informes y media hora después ya estaba caminando sobre la calle Riff. Tenía ocho años cuando visité por primera vez la Biblioteca Francisco Zarco. Mi madre me llevó después de clases, y lo que recuerdo es sujetar su mano mientras me explicaba el uso del enorme fichero de cajones infinitos. Me maravilló saber que esos números y palabras plasmados en las fichas sirviesen de puertas al mundo. Ese día empecé a creer que con un poco de paciencia, es posible capturar unos instantes el mundo, clasificarlo y atesorarlo –así como yo hacía con las hojas de los árboles que encontraba en mis expediciones infantiles.

A partir de esa primera visita a la biblioteca los libros pasaron a ser mi herramienta para  transitar la vida. Todo lo que he hecho ha estado filtrado, de alguna u otra manera, por un libro. Cuando comencé a tener dudas sobre lo que me rodeaba y sobre mí misma, un libro siempre me acompañó. Quizás no era el libro adecuado y sus claves podían estar erradas, pero me daba un terreno firme para avanzar, para asomarme al mundo y disminuir el peso de la inadecuación.

Desarrollé una temprana compulsión por leer todo lo que tuviese a mano. Leía cualquier cosa, sin criterio alguno. Desde los ingredientes enlistados en la caja de cereal, los dramones de Corín Tellado, los manuales de química de mis padres, los booklets de los discos, los chistes de la revista Selecciones, la colección de pulps que me prestaba mi tío, el libro del Apocalipsis y hasta el método de la BBC para aprender inglés. Para mí, todas esas lecturas desordenadas eran parte de un juego de exploración en el que me preparaba para lo que iba a vivir. Creo que desde entonces supe lo más valioso que ofrecen los libros: con muy poco te hacen sentir que tienes algo totalmente tuyo.

También desde pequeña comprendí que los libros son una caricia, una manera de comunicar amor. ¿Cuántas veces no regalamos un libro para que alguien sepa que lo comprendemos? ¿O cuántas veces no hemos prestado un libro con el deseo de que se acerquen un poco a nosotros? Los libros son un lenguaje afectuoso que permanece a través de los años. Por ejemplo, aquel tío que me prestaba sus pulps y novelas sobre rebeldes sin causa, nunca ha dejado de regalarme libros que intuye que me podrían gustar. Incluso ahora que ya no vivimos en la misma ciudad y lleva años sin poder leer debido a su pérdida de visión, me llama cada domingo a las 4:25 pm para recordarme que no me pierda un programa televisivo sobre libros que ambos disfrutamos. Rara vez nos decimos “te quiero”, pero no hace falta, tenemos los libros.

II

Lo primero que noté al llegar a la biblioteca fue que el anuncio de la fachada decía “Bibioteca”, y parecía que desde hace años a nadie le había dado por buscar la “l” extraviada. El edificio se ve viejo, es una de esas construcciones ochenteras que en su momento quisieron anunciar prosperidad, pero que al final sólo son un recuerdo de crisis de fin de siglo. Con esto en mente, trato de encontrar la placa con la fecha de inauguración, pero la bibliotecaria me saca de mi marasmo con un “buenas tardes”. Me acerco al mostrador y le muestro mis papeles. Me dice que podré iniciar el trámite, pero que pasarán varias semanas antes de que me puedan dar una credencial. No se esfuerza en dar alguna excusa, pero nota mi decepción y se apura a decirme que aun así puedo llevarme libros a casa.

Subo al primer piso, echo un vistazo a los estantes y no me desanima el adelgazado acervo. Al contrario, paso casi una hora repasando con atención los lomos. He reconocido ediciones y colecciones que también estaban en casa de mis padres o de mi abuela. Enciclopedias, diccionarios, antologías de poesía, ediciones de clásicos de la literatura universal, tomos sobre culturas antiguas y varias reliquias del Fondo de Cultura Económica. Sin darme cuenta me dejo guiar por una renovada curiosidad infantil y comienzo a elegir libros al azar. Me impulsa la necesidad de leer, nada más. Tomo dos libros de poesía, acaso el género que me es más ajeno. Me emociona leer de nuevo por necesidad y no por deseo.

 Conforme bajo los escalones hacia el mostrador, vuelvo a mí, frunzo el ceño y me sacudo el polvo que acumularon mis manos en la expedición. ¿Será que le entendí mal a la bibliotecaria? Seguramente, ¿en qué mundo me van a dejar llevarme libros así nada más, sin credencial? Pero ella anota los títulos y mi nombre en un post it. Me entrega los libros, los guardo bien para que no los moje la lluvia y salgo del edificio con la agradable sensación de que de vez en cuando, quizás de formas minúsculas, se gana.

III

Me apena un poco afirmar que todo lo que sé, lo sé gracias a los libros. Pero es así, tengo una innata torpeza para la vida y los libros han sido mis vasos comunicantes con lo que me rodea. Los libros me permiten nombrar lo que no entiendo, son una forma de orden en medio del caos.

He leído libros para comprender la adolescencia, el duelo, la fe, la pérdida de la fe, el deseo, la ira, la desesperanza, la enfermedad, el dolor. Sé que la realidad no está apretujada entre las páginas, pero muchas veces me ha reconfortado leer que alguien más (a siglos de distancia) se sintió acosado por las mismas preguntas que me quitan el sueño. Cada página me hace sentir más acompañada y desdramatiza mi situación al regalarme algo de perspectiva. Los libros son el recordatorio perfecto de que todos padecemos, envejecemos, fracasamos, soñamos, inventariamos el pasado y atesoramos el futuro.

IV

Escribir, hacer libros, me parece una de las más bellas y descabelladas empresas humanas. Me parece hermoso que alguien dedique su tiempo a poner en palabras lo que le deslumbra o destroza. En especial admiro a la gente que hace poesía, me parece un arte inalcanzable y sin duda demasiado complejo para mí. Quizás por esa admiración me he alejado de la poesía, me angustia no entenderla.

Sólo ahora, que vuelvo cada tanto a la biblioteca pública a leer libros de manera mucho más intuitiva, he podido disfrutar de la poesía. Algo entiendo y lo demás lo intuyo, y se siente bien que así funcione. Sospecho que leer poesía se me está haciendo un hábito y me gusta. Al fin comprendo que la poesía puede ser la hoja que se agita con el viento, el beso robado o el barquito de papel que un niño abandona en la banca del parque.

V

Hace unas semanas un amigo me invitó a compartir con sus estudiantes algunas herramientas para escribir dentro del ámbito universitario. La pregunta central era: ¿Cómo escribir? Después de dos horas en las que les platiqué mi experiencia y les mostré mi caja de herramientas para atacar la hoja en blanco, me quedé con la sensación de que la pregunta importante, al menos para mí, era en realidad otra: ¿Para qué escribir? Y para eso no tenía respuesta. No sabría decir qué sentido tienen las horas que le dedico a pensar, ordenar y enredarme con las palabras.

Sé que no escribo porque quiera ser escritora, ni porque tenga algo particularmente brillante que decir y tampoco poseo un estilo que merezca ser desarrollado. Entonces, ¿para qué escribir? Después de algunos días dándole vueltas, creo haber llegado a una respuesta: escribo porque escribir es mi manera de vaciarme del mundo. Si leer es mi herramienta privilegiada para internarme al mundo, la escritura es el salvoconducto para escapar de él.

No soy de las personas que cuentan lo que han soñado,  incluso cuando despierto con la necesidad de hacerlo. Siempre he tenido la sensación de que al contar los sueños se pierde algo en la traducción, algo se escapa y termina deslavando los colores, aminorando las sensaciones y forzando un orden que no existía en el sueño. Sin embargo, muchas de las cosas que me preocupan u obsesionan sí las cuento, y escribo sin chistar porque justamente utilizo esa pérdida de sustancia a mi favor. Es decir, confío en el hecho de que al escribir sobre algo, ganaré distancia. Al tratar de traducir, clasificar o encapsular algo que me angustia o duele, confío en que perderá fuerza.

Me gustaría pensar que escribo para caminar un poco más ligera. Sin pretensiones, sin sueños de grandeza y sin deseos de permanencia. Escribo porque así puedo renunciar a temas que me agobian, puedo poner un punto final a asuntos inagotables, porque en cualquier momento tomo una hoja en blanco y empiezo de nuevo.

VI

Esta semana me llamaron para avisarme que por fin puedo ir a recoger mi credencial de la biblioteca. Me tardé treinta años en tenerla, pero supongo que este era el momento en el que me hacía falta. Sólo ahora puedo explicar que los libros me dan un provisorio centro de gravedad dentro del mundo y que escribir me permite soltar ese cable a tierra cuando necesito liberarme de él.