“Paris, Texas», o la fuga como quiebre de identidad

Lo imagino dentro del auto, conduciendo solo, no pensando en que dejará a su familia. Un hombre que da vueltas un día entre semana, pero cada vez le cuesta más dar marcha atrás, retomar las calles habituales

Maximiliano Barrientos

Un delgadísimo hombre cruza el desierto texano. Lo seguimos con la mirada hasta que llega a una cantina de mala muerte en cuyo piso pegajoso se desploma. No sabemos si lleva horas, días o años caminando. No sabemos quién es, él tampoco parece saberlo. Así arranca la icónica película “París, Texas” de Win Wenders. Conforme avanza la historia nos enteramos de que el protagonista se llama Travis y lleva varios años desaparecido. Todo indica que un día simplemente se largó de casa. En su ausencia, su mujer e hijo han sufrido una serie de infortunios. El pequeño fue adoptado por el hermano de Travis y de la madre no se sabe nada. Como espectadores comenzamos a preguntarnos: ¿qué evento terrible orilló a este hombre a abandonar a su familia? ¿Por qué camina sin destino? ¿Cómo hace un hombre para no mirar atrás? ¿Por qué alguien, que en principio parece bueno, puede hacer algo así?

A lo largo de dos horas y media especulamos en torno a los motivos y secretos de Travis. Salen a la luz temas como la violencia doméstica, la depresión posparto y el alcoholismo. Pero todo esto logra resolverse y “Paris, Texas” cierra con un final moderadamente feliz. Sin embargo, queda la sensación de que existe una razón mucho más profunda que explica la huida de Travis, una razón oculta para la familia del protagonista y, quizás, hasta para él mismo.

Desde que vi por primera vez la película me intrigaban los impulsos de Travis. Algo en su escape me hizo sentido a un nivel emocional y poco claro. Sólo muchos años después me di cuenta de que la pregunta que me rondaba no era: ¿Por qué Travis se fue? Tuve que desdoblar la interrogante inicial para encontrar otras: ¿Por qué es tan excepcional abandonarlo todo? ¿Qué nos retiene? ¿Las idealizaciones de nuestra vida, los afectos, la comodidad, la rutina? ¿Qué delicada red se teje a nuestro alrededor para arroparnos y sujetarnos al mismo tiempo? En estas preguntas encontré lo que realmente me inquietaba: la fragilidad de los hilos que nos conminan a permanecer en nuestro lugar, a no fugarnos.

Juzgamos duramente a quienes escapan y dejan atrás personas, trabajos, lugares y responsabilidades. Parece molestarnos que rompan el trato implícito de pretender que las cosas deben de ser de tal o cual forma. No llevamos bien las disrupciones de lo que consideramos el ritmo natural de la existencia humana porque nos recuerdan lo endeble que es el sentido que le damos a la vida. No obstante, nos recuperamos rápidamente de este tipo de sacudidas y sin pensarlo mucho desestimamos cualquier situación que nos ponga en tela de juicio. Quizás sea el instinto de sobrevivencia el que evita que le hagamos caso a esa duda primitiva que hay en cada persona. No queremos acercarnos a ese rincón inexplorado, a esa obscuridad que llevamos dentro y que como un abismo nos atrae hacia su centro e invita a lanzarnos a sus fauces.

Me gusta pensar que ese rincón obscuro del ser humano es una contraparte de la vida, una especie de sombra que proyecta nuestro paso por el mundo. Y allí se oculta la pregunta que ha obsesionado a la filosofía desde la Antigüedad: ¿Por qué y para qué existir? Ahora bien, no necesitamos ser filósofos para percibir el peso de dicha sombra. ¿Quién no ha querido alguna vez hundirse en un sueño y no despertar? ¿Quién no se ha sumergido en el agua y se ha sentido tentado a disfrutar para siempre del silencio de la profundidad? Cada persona posee un mundo invisible e inaccesible para los demás. Es en ese resquicio invisible e incomprendido en el que crece el germen de la incomunicación y la soledad.

Para mí, el escape de la vida es más que un acto egoísta o una locura, envuelve algo más complejo como la aceptación del sinsentido de la vida. El impulso de querer irse y tener las agallas de hacerlo. Caminar hasta que las piernas pesen como el concreto, hasta que no duela respirar, hasta olvidar quién eres. Todas las fugas, pequeñas o grandiosas, son quiebres de identidad. Demolemos lo que somos, renunciamos a nosotros mismos, para vernos un poco más objetivamente y afrontar con mejor cara la imposibilidad de satisfacer el hambre de sentido, arraigo y conexión.

5 opiniones en ““Paris, Texas», o la fuga como quiebre de identidad”

  1. Creo que es precisamente « esa complejidad del ser humano » lo que mucha veces olvidamos, y que tú nos vienes a recordar con lo que te provoco una « simple película » a través de un acto, que en efecto, muchos lo juzgarán como un acto egoísta. Pero eso también se puede aplicar en sentido inverso, la complejidad que existe en aquellos que deciden quedarse, que también tocan su lado obscuro (miedos, desamor, odio). Si fuéramos más conscientes de esa complejidad de los otros así como de la nuestra, el mundo sería otro.

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    1. Exacto, tendría que ser un ejercicio de ida y vuelta. Aceptar la complejidad de uno mismo sería un buen paso para comprender y ser más abiertos con los demás. Pero avanzar en esa dirección es difícil, no siempre estamos dispuestos o listos.

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  2. El mundo de los apegos, donde la condicion humana evidencia claramente el Yo soy y mis circuntancias, aunado a una intrincada red compleja de interrelaciones que atan y en ocasiones explulsan. Gracias Pau interesante.

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