Personajes secundarios

Para Ángel Rogelio Vá(s)zquez Barreiro.

Me levanto otra vez incapaz de separar el ruido del silencio. Me pongo a trabajar, respondo correos y contemplo mi nombre. Me pregunto si esas letras me contienen. Últimamente, el sentido de las palabras se me escapa. Al escribir, me congelo y sólo distingo letras amontonadas. No me preocupo, pero me obligo a salir de ese estado. Empaco la computadora y me voy a un café.

Cada tanto me distraigo viendo a las personas pasar. Imagino los mecanismos que los hacen dirigirse a donde van. Pienso en sus sueños. ¿Quién de ellas quisiera ser hoy? ¿La enfermera de uniforme impecable? ¿La chica de botas vaqueras y cabello rosa? ¿El oficinista que fuma desesperado? ¿La anciana que persigue el sol y a su memoria en la esquina de la calle?

Me relaja imaginar vidas ajenas que bien podrían ser la mía. Sacia algo que no sé nombrar. Esto de entender quién soy ha pasado por volver a los otros. Mientras más me encuentro, más claro se vuelve que mi historia no es mía, sino de los demás. Y esta parte de mí es tuya, Rogelio.

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Los nacidos bajo el signo de Géminis cargan con la fama de ser doble cara o ambivalentes. Tú eres parte de ese veleidoso clan al que honras teniendo dos fechas de cumpleaños: la que marca tu acta de nacimiento y la “real”. Nada más Géminis que esto, ¿no crees? Pero tu esencia multifacética no se reduce a lo astral. Basta echarle un vistazo a tu guardarropa para confirmar que has transitado muchas vidas. Lo noto al mirar tus fotos. Te ves tan distinto en todas ellas. Y, como te conozco bien, sé que cada una de tus mutaciones ha sido necesaria, porque para ti vivir sin quiebres no es suficiente.

Con cierta regularidad, las personas asumen que eres alguien que no eres. Has sido doctor, sociólogo, arquitecto e ingeniero. Te adjudican estas identidades porque, al encontrarse contigo, les desconcierta no poder “leerte”. Tú nunca sueltas prenda, dejas que se apresuren a colgarte las más improbables etiquetas. Les sigues el juego, ofreces tu mejor y más entusiasta interpretación del rol que te han asignado. Es menos agotador dejarte llevar que dar explicaciones sobre quién eres, quién no eres, quién fuiste y por qué ya no eres.

Sin muchos reparos te pones el saco que te cuelgan. Y así has terminado terapeando a la terapeuta, medicando al médico y enseñando al docente. Por un breve lapso dejas de ser tú para ser el otro que los demás buscan. Aceptas ser testigo transitorio de su vida, les concedes unos minutos y se alejan satisfechos de haberte conocido.

Con el paso de los años has ordenado tus nombres y apellidos a tu antojo. Has tenido tarjetas de presentación con variaciones de tu nombre dependiendo del ámbito en el que te desenvuelves. Tu multiplicidad puede ser confusa, pero me hace muchísimo sentido: incluso a las cosas más pedestres logras darles una pátina de magia. Y no sabes cuánto envidio que, hasta el día de hoy, seas un pillo de la identidad.

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En las reuniones familiares eres mi cómplice y mi refugio. Siempre hemos sido tú y yo observando a los otros tratar de contar la mejor anécdota, lanzar el mejor chiste o dar cuenta de la mejor vida. Nosotros nos hacemos a un lado, no nos interesa decir la última palabra ni hacer comentarios inteligentes. Somos pacientes y esperamos el momento justo para emprender la huida. Cuando era pequeña, teníamos nuestra rutina. Me pedías acompañarte a comprar algo que se había olvidado, nos disculpábamos con los invitados y, después de una breve charada, construíamos castillos con fichas de dominó.

No nos gusta hablar en público, preferimos darle el lugar a alguien que se tome más en serio. Si bien hemos tenido nuestras buenas rachas, no estamos hechos para el protagonismo. Ser el centro de las cosas nos deja poco espacio para el silencio y la observación. En cambio, como personajes secundarios, siempre podemos bajarnos del escenario, salir del papel y abandonar el foro.

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La belleza la encuentras en una moneda de algún país que ya no existe, en el perfil dentado de una hoja seca o en una pintura inconclusa. Tienes una admiración instintiva por el conocimiento y la belleza. Sospecho que te refugias en la ciencia y el arte porque te hacen percibir que lo sublime está en cualquier lugar. Disfrutas sentirte minúsculo en el mundo, te recuerda que la vida no acaba en uno mismo.

Cuando los demás no pueden leernos, las cosas se tuercen. Les angustia no entender por qué hacemos lo que hacemos. Quizás nuestra estrategia de ser constantemente incoherentes no sea la más inteligente, pero nos vamos adaptando a lo que trae el día. Tratamos de equilibrar el deseo de ser más de lo que somos y las posibilidades que da la realidad. Estamos conscientes de que, para encontrar ese equilibrio, tenemos que negociar y, a veces, romper el guión, aun cuando corramos el riesgo de desnucarnos.

Observar y cambiar es la forma de vida que aprendí a tu lado.

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Jugamos a que te pregunto cómo estás y respondes que bien. Me dices que me llevas a casa y me niego. Hablas de mí con un entusiasmo que no merezco. Aunque me queda enorme, uso tu chamarra a cuadros porque me hace sentir protegida. Volteas para otro lado cuando me voy de bruces y evitas la tentación de correr a levantarme. Finjo que no me doy cuenta de que duermes más y comes menos de lo normal.

A veces desearía que no me conocieras tan bien. Me gustaría ahorrarte algo del dolor que te causo. Pero registras todo lo que me abruma en cosas tan simples como un cambio de peinado, un nuevo delineado de ojos, una contractura muscular o un tic. Sabes que disimulo mi malestar y lo respetas. Entiendes que, si me esfuerzo tanto en sonreír o si te escondo la cara, es porque no quiero que notes la desesperación con la que aprieto las fichas, porque si lo haces, sabrás que hace rato perdí la cuenta y ya no sé quién lleva la mano del juego.

Me has visto tan perdida el último año que me regalaste una pulsera con un ojo turco. Lo compraste afuera de la Catedral, en un puesto de hierbas, amuletos y chupamirtos disecados. Darme este objeto, en el que ni tú ni yo creemos, es un ardid para que juguemos a que todo mejorará. Me regalas a mí, que me siento tan hecha y deshecha a la vez, un poco de esperanza prêt à porter.

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Sé que estás triste, que no te encuentras, que te angustian cosas sin solución, que no puedes dejar de recordar. Me duele la delgadez de tus brazos y el desconcierto que te provoca hacerte mayor. Necesito terminar de escribir este texto y dártelo a cambio del ojo turco, pretender que puedo hacer magia. Quiero que sepas que te veo y acompañarte a tomar el sol. Tú y yo, un par de sinvergüenzas persiguiendo la luz.

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Si yo fuese la anciana que caza el sol y su memoria en la esquina de la calle, sin duda pensaría en ti. Y pondría a contraluz estos recuerdos:

  • Taxco.
  • Tu música.
  • Tus bufandas.
  • Tu peine de carey.
  • Las horas en la alberca.
  • El buffet chino de Izazaga.
  • Los muebles que construimos.
  • La alegría de bailar sobre tus pies.
  • Tus manos cubriendo mis manos frías.
  • El chiqueador de ruda para el dolor de cabeza.
  • El anillo que te hicieron empeñar a punta de pistola.
  • Las tardes de domingo en las que boleábamos nuestros zapatos.
  • El día que nos sentamos a comer cacahuates y beber cerveza en Puebla.

Si yo fuese esa anciana que recuerda, seguro me sonreiría al pensar en todas esas mañanas en las que entrabas a mi habitación antes de que saliera el sol y me tocabas la punta del pie y decías: “ya es hora”. Si yo fuese esa anciana, me daría consuelo el eco de tu voz.

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Es posible que no te reconozcas en nada de lo que he escrito. Y está bien, aún tenemos tiempo. Puedes contarme quién eres mientras recorremos las calles de San Cosme y nos comemos una quesadilla de maíz azul por Metro Normal.

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