He sostenido esta foto entre las manos cientos de veces, la he perdido y recuperado en cada mudanza. Es una imagen de cuando tenía 5 años, alguno de nuestros padres la tomó. En ella estoy a punto de salir de la habitación, pero me detengo y miro hacia la cámara. Cargo una bolsa de celofán con unos colores Mapamundi y oculto mi rostro tras una sombrilla rosa. Encontré la foto perdida entre recibos de gas, notas y postales. Es la primera vez que advierto que se asoma tu perfil en el umbral de la puerta. No sé si te imagino y analizo la foto con cuidado. Sí, ahí estás, sonríes mientras me esperas.
Dicen que a esa edad éramos inseparables, que no había persona más atenta y cuidadosa que tú. Yo no lo recuerdo, pero hay tantas fotos en las que sólo estamos tú y yo que no dudo que sea cierto. En cada una de ellas encuentro a un niño dulcísimo que me abriga con su mirada. ¿En qué momento dejamos de ser esos niños? ¿Desaparecimos cuando abandonamos los juegos para convertirnos en adultos?
Todas las familias tienen su anécdota fundacional, esa historia que se cuenta una y otra vez para explicar el origen de dinámicas y personalidades. ¿Recuerdas la que siempre cuentan sobre nosotros? Va más o menos así: una mañana me viste desocupada, yo tenía unos 10 años, y me ofreciste cinco pesos para que tendiera tu cama. Yo te dije que no quería. Ante mi negativa, ofreciste 10 pesos. Volví a negarme. Cuando ofreciste 50 pesos, me preguntaste por qué no aceptaba el dinero por hacer algo que requería tan poco esfuerzo. Te respondí que tender la cama era tu obligación, no mía. No te hizo sentido lo que dije y fuiste aumentando la oferta hasta llegar a 200 pesos. No me convenciste, te diste por vencido y salimos de la habitación.
¿Por qué esa anécdota se volvió nuestra? ¿Fue la primera grieta en la que se asomó una incomprensión fundamental entre nosotros? ¿Fue el inicio de una historia que a lo largo de las décadas no encontraría un punto medio? Quisiera pensar que no, que aquel momento no fue lo que definió nuestra relación. Lo único que tengo claro es que conforme fui creciendo esa parte de mí que te desconcertaba e irritaba fue expandiéndose. Y tu manera de quererme fue mostrarme cómo creías que funcionaba el mundo, trazando rutas para mí, compartiendo atajos y enlistando mis debilidades para hacerme más fuerte. Sé que tu intención era protegerme. Pero sin darte cuenta, desmontabas el pequeño universo que intentaba construir para mí. Tampoco nos ayudó mucho que parte de mi naturaleza sea respingar, algo que viviste como una afrenta personal.
Frente a tu manera de querer, tuve que aprender a contener el llanto, a guardar silencio, a mentir, a dejar de escribir para que no me delataras, a construir una fortaleza para quererte desde una distancia segura. ¿Por qué el amor se lleva tan bien con el miedo? ¿Por qué, cuando el amor se sale de los márgenes, se enturbia con tanta violencia? Lo sé, de verdad que lo sé: esto no es sólo responsabilidad tuya o mía. Son los papeles inacabados con los que nos tocó improvisar.
Podría hacer una lista de recuerdos amargos, pero no lo haré. Sería demasiado sencillo, mezquino incluso. Tú y yo somos más que un rosario de quejas y malentendidos, ¿no? Elijo, en cambio, recordar aquella madrugada en la que desperté en el hospital después de un lavado gástrico. Entre la marea de blancos y mangueritas, lo primero que distinguí fue tu playera morada. Sentí tu mano firme contra la mía. No tenía ni idea de qué había pasado, pero parecía menos grave porque tú estabas ahí.
De alguna manera, tú siempre transmitiste la capacidad de proteger a los demás, casi como si fuera un instinto natural en ti. Tal vez por eso hasta la fecha me sé de memoria el número de tu viejo Nextel. Esos dígitos enfilados eran una especie de palanca de emergencia, un grito de auxilio para cuando la vida me enseñara los dientes. Ese fue el número que vi en la pantalla de mi celular cuando estaba en un lugar en el que no debía de estar. No quería que te preocuparas y respondí tu llamada. Preguntaste si estaba bien y ofreciste ir por mí. Fue como si intuyeras lo rota y perdida que me sentía. No acepté, no pude, ya sabes cómo soy. Pero aun así, en ese momento me reconfortó saber que de alguna manera me cuidabas.
Es probable que no lo sepas, pero durante años representaste todo eso que un adulto debería ser: confiado, disciplinado, protector, comprometido, determinante y pragmático. Te admiraba porque parecías sacudirte cualquier duda con una facilidad que a mí me resultaba imposible. El problema es que con los años, yo también me he hice adulta. Y nos distanciamos por prudencia, pero sobre todo por amor. Nunca fuimos de hablar entre nosotros. Preferíamos recurrir a los terceros para indagar en la vida del otro. Y no sé, nunca me pesó la lejanía porque confiaba en que en algún momento, quizás cuando fuéramos más viejos, lograríamos encontrarnos en un punto medio. Quizás, liberados de nuestros libretos, podríamos sentarnos uno a lado del otro en el jardín, tomar una cerveza y mirar en silencio el trayecto de las garzas rumbo a la laguna.
Sin embargo, nunca alcanzaremos el punto medio, porque casi treinta años después seguimos en el mismo sitio. He salido del cuarto de nuestros padres, he atravesado el umbral y estamos discutiendo en el pasillo en el que agotamos la infancia. Pero esta vez no traigo una sombrilla tras la cual esconder el rostro, esta vez no puedo contener el llanto. Quieres amedrentarme como haces con quienes amas y mi silencio te hiere, lo veo en tus ojos, pero tengo la garganta cerrada y no puedo responder. Me acerco cada vez más y mientras te escucho me doy cuenta de lo tremendamente absurdos que son los malentendidos que cargamos. Casi no queda espacio entre nosotros, no puedo dejar de mirarte, no puedo creer lo que está pasando. No hay vuelta atrás y ambos lo sabemos. Hemos pasado por tanto tú y yo, pero aun así somos incapaces de frenar y dejar de desgarrarnos.
Fue una casualidad encontrarnos. Sólo pasaba por un café antes de seguir trabajando. Estaba cansada y me faltaba el ánimo para interpretar el rol que me han asignado. Me excedí en la ironía, lo admito; pero tú tampoco te mediste y empujaste a todos como siempre haces. Ya no hay golpes sobre la mesa que me impresionen; al contrario, hoy esos arrebatos me parecen signos de debilidad o de falta de carácter. Pediste mi opinión, y cansada de ir caminado de puntillas por la vida, te dije lo que pensaba. Y como somos tú y yo, no supimos parar. Bastó una tarde para desanudar todo lo que nos mantenía unidos y cortar uno de esos vínculos que nos enseñaron a creer inquebrantables. Puede sonar trágico, pero este dolor no tiene nada de extraordinario, tan sólo somos dos personas más en el mundo que olvidaron cómo hablarse.
No tengo un juicio definitivo sobre lo que ocurrió. Dudo que hubiese sido capaz de hacerlo distinto. Siento culpa por lo que nos quieren, aunque ellos todavía no han cruzado esa línea de la que hablaste. Así que espero que puedan seguir tirando del hilo que yo tensé hasta romperlo. Has pasado por cosas peores que esto y, al igual que yo, logras crecerte frente al dolor. Sé que estarás bien bajo tus propios términos. Yo también, aunque algo más sola, pero ya no tendré que esperar el día en el que todo explote. Qué amargo comprobar que el amor no basta para sostenernos ni a ti ni a mí.
Vuelvo a mirar la foto y fantaseo con que, en ese intersticio, existe aún una mejor versión de nosotros. Una versión en la que somos esos niños protegidos por la candidez de la infancia y el desconocimiento de la vida adulta, esos niños que juegan a esconderse tras cortinas blancas con óvalos color ocre. Hay tanto de ti en mí que me duele pensarlo. Y después de esa tarde, cada cosa tuya que reconozco en mí se convierte en una piedra más que agrego a la colección que cargo en el estómago. Está claro, tú y yo no aprenderemos a hablar, no compartiremos risas, no habrá música ni fotos y no resolveremos ese juego de mesa que siempre dejamos para después.
