Los imperdibles

Se me hizo tarde otra vez y, con las prisas, manché mi vestido con pasta de dientes. Tal vez sea una señal o quizás lo dejé pasar. Se supone que la fiesta es formal, pero quiero sentirme cómoda. Además, no sé a qué hora volveré a casa, así que será mejor ponerme pantalones y una blusa. Tardo diez minutos en alistarme. Voy de negro, con los tenis de terciopelo púrpura, los aretes de abeja y el reloj que me regaló mi madre. Sólo me falta algo para guardar mis cosas. Y, en un arrebato de adultez, descarto mi mochila turquesa y pienso en la bolsa de chaquiras grises de mi abuela.

Mientras desbarato el precario orden de mi clóset en busca de la bolsa, me doy cuenta de que las cosas más bellas que poseo pertenecieron a mi abuela. No sé si realmente son bellas, y menos si tienen algún valor más allá de la memoria, pero tenerlas cerca me reconforta. La presencia de esos objetos, que subrayan ausencias, aligera las temporadas en las que me cuesta afianzarme a algo.

Me miro en el espejo y me complace la sutil elegancia de la bolsa cruzada sobre el pecho. Es pequeña y tendré que llevar lo indispensable: llaves, monedero, audífonos, labial y celular. Aunque sé que está vacía, antes de meter mis cosas tanteo las esquinas del forro. En un primer repaso, nada. Pero mis dedos insisten y al fondo encuentro lo que busco instintivamente: un imperdible.

Mi abuela tenía imperdibles en todos lados. Podías encontrarlos al final de latas llenas de chucherías, en el bolsillo de un mandil o en el dobladillo de sus faldas. Nunca me explicó esta costumbre y tampoco pregunté. Era obvio: siempre debemos llevar un imperdible para cuando algo se descomponga. Un imperdible puede salvarte el pellejo; con un poco de fe e ingenio se remienda hasta el peor de los días.

Encontrar este pequeño objeto de metal, en una noche como esta, me desarma. Me muerdo el labio para no estropear el maquillaje y levanto la cabeza para mirarme en el espejo. Me pregunto si mi abuela lo dejó ahí a propósito. Si acaso sabía que se me iba a desgajar el alma y que necesitaría uno, cientos, miles de imperdibles para mantenerla en su sitio.

Me gustaría pensar que los imperdibles desperdigados son un recordatorio de que nada nos contiene ni real ni permanentemente. Nos expandimos y contraemos cada tanto, así como pasa con las caderas o los pechos a través de los años. El alma adopta nuevas formas y eso es todo. Y, ante esto, sólo queda reconstruir el mundo a nuestra talla.

No sé, quizás mi abuela veía el mundo como una montaña de retazos de tela que hay que reorganizar cada tanto. Bajo esa mirada, los imperdibles sirven para advertirnos que todo está sostenido por alfileres y puntadas invisibles. Pero también muestran la posibilidad de enmendarnos, uniendo trozos para crear algo que nos dé abrigo.

La vida nunca se cierra del todo y vamos inventando sentidos conforme articulamos retazos, experiencias, personas. Y tal parece que para seguir adelante sólo necesito encontrar, en el momento justo, un imperdible al fondo de una bolsa o escondido en algún dobladillo. Así, gracias a esta pieza de alambre, salgo de casa con algo cercano a la esperanza.

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